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AGENDA CULTURAL
AÑO XIV
MAYO 2012
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431
Dirección
Sonia Otamendi |
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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer
cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la
zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e
historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales
en el extranjero.
Con una tirada de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma
gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui,
está en la calle los días primero de cada mes.
Se ruega citar la fuente de los textos
que se reproduzcan.
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2012 Año de homenaje al doctor Don Manuel Belgrano
YA NO
Mirabas a través de la ventana el verde de los árboles, sabiendo que pronto el otoño iba a cambiar los colores. Pero el otoño ha comenzado tímidamente este año y aunque falta poco para que las calles y las plazas y los muros muestren la gama que va del amarillo de los arces al morado oscuro de las enredaderas, de la parra loca, no lo verás.
Ya no caminarás infatigable sobre las hojas secas que cubren las veredas ni bajo la lluvia ni sobre la arena firme de la playa mirando el río ni amasarás el barro ni cantarás en francés ni reirás hasta las lágrimas ni bailarás porque sí ni llorarás ni desearás ver ese rayito de sol a través de la ventana, porque te has ido.
La vida que tanto amaste y honraste, continúa, como seguirán viviendo en nosotros mil anécdotas, tu recuerdo entre todos los que te quisimos.
El martes 10 de abril murió Martha Policicchio.
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UN RESPIRO
La nota que escribí el mes pasado trataba de las encuestas que preceden a confrontaciones electorales importantes. Por razones que no hacen al caso, se quedó fuera de la edición en papel, pero sí tuvo su sitio en la edición digital de estas páginas, y también en fazolantelespejo.es donde habitará mientras sus 'bytes' aguanten. Nada se ha perdido por tanto.
La accidental ausencia –después de noventa y nueve presencias ininterrumpidas en «delSUR» (papel), más otra docena de 'notas' en los números de 'verano' de la WEB– se produce cuando llevo varias semanas pensando en lo que figurativamente se llama 'tomarse un respiro'.
No tenía claro como explicarme. Es muy corriente hacerlo tomándose las de Villadiego, forma de expresión que imagino tendrá en Argentina su equivalente castizo autóctono. Sea éste cual fuere, esta brevísima nota compone su reverso; es cierto que ayudada (¿empujada?) por la despedida expresa que le ha brindado el enfrentamiento institucional de 'nuestros' gobiernos.
Hace casi medio siglo, en un curso internacional celebrado en España, la convivencia con los participantes argentinos forjó una amistad y conocimiento mutuo que desde entonces no han hecho más que crecer. Esa amistad, hoy, está muy por encima de las veleidades de la política, aquel infierno que –según Sloterdijk– se cierne sobre nosotros debido a la existencia de otros capaces de poder.
Esperar, tomarse un respiro, es la única alternativa para los escribidores de a pie: ¡esperemos, pues!
Fernando Anguita B.
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CONJUROS
Conjuro I
(Para Mariana)
Rodearlos de babas, ungüentos pegajosos,
mucosidades,
líquidos amnióticos,
seminales.
Amasarlos,
cubrirlos de humedades.
Sellarlos al calor de los cuidados.
Armarles un nido,
capullo cerrado,
caparazón.
Y esperar la lluvia de luz dorada.
Partículas que erosionan,
abrillantan,
pulen y
liman la roca
hasta convertirla
en perla.
Conjuro II
(Para Federico)
Cuerpo entregado, en caída libre.
Confianza aérea en los brazos graves de la tierra.
(Amor lima mi incertidumbre).
Salto sin red: despliegue de alas recién nacidas.
Vuelo apareado, figuras en sincronía.
(Amor anestesia mi angustia).
Ensamble, compañía armoniosa.
El otro es un suave deslizamiento en mi conciencia.
(Amor desmiente el desgarro).
Amor rojo,
impulso ilusionado
del salto.
Conjuro III
(Para Gustavo)
El ciclo parece cerrarse.
Quizás inicio y final se unan.
Atrapados en una rueda sin fin
tal vez sólo quede correr
hasta que otro nos releve
al agotarse nuestras fuerzas…
Pero no hay círculo,
ni movimiento continuo.
Hay una espiral
que caracolea y se reproduce.
Líneas entrecruzadas,
laberintos que se abren ante unos ojos
siempre inexpertos
siempre vírgenes.
Patricia Galeazzi
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TRIBUTO
Con uno, el catalán, somos amigos desde siempre. Bueno, no sé si lo que se dice amigos, pero recuerdo que allá cuando la adolescencia alborotaba la sangre, el tipo acudía en mi auxilio para echarme una mano. Suyos fueron los versos que recité por primera vez en el oído de una mujer (“Vuela esta canción / para ti, Lucía…”) y suyas, también, las notas que se desparramaban sobre la pista cuando el amor se convertía en un festival para los sentidos, cuando uno creía las cosas eran endemoniadamente eternas (“La mujer que yo quiero no necesita / bañarse cada noche en agua bendita…”).
Con el otro, el andaluz, recién me topé unos años más tarde. Ocurrió que justo cuando yo tomaba el subte en Buenos Aires para ir a ganarme el pan, él lo hacía cantando pero en los de Londres o París. Y que cuando a mí no me faltaban ganas de arrojarles una molotov a los usureros de turno, pero sí el coraje, él en cambio lo tenía y la que terminaba incendiada era la sucursal en Granada del Banco de Bilbao. Y de ahí al exilio con pasaporte prestado, a la casa “okupada” y compartida con Mezo Bigarrena y Sid Vicius nada menos, a aquella triquiñuela de que en España lo esperaba la pena de muerte para poder oficializar un exilio político londinense, al consumo, los excesos, la locura de vivir cada día como si fuese el último (“Hablaban siempre de dinero / y planeaban asaltar un banco...”).
Crecimos juntos. O yo crecí con ellos, para decirlo mejor. Con Joan Manuel Serrat porque compartimos los mismos enemigos: aquellos tipos con los cuales uno ha tenido algo personal. Con Joaquín Sabina, porque es imposible no mirar con admiración (admiración y envidia) al atorrante del barrio que se animó a beberse la vida de un trago y a reírse con descaro, como lo definió tan bien el otro.
Anoche volvimos a reunirnos. Ellos, yo y otros doce mil amigos que colmaron el Luna Park. Fueron casi tres horas y media a puro show. ¿Qué Serrat arrancó medio bajo y recién a mitad de la función engranó como Dios manda? ¿Qué a Sabina su nueva vida le ha hecho perder esa cuota de cinismo que lo distinguía? ¿Qué la nostalgia le ha ganado a lo política? Es cierto, muy cierto. Pero no fue eso lo que fuimos a buscar al Luna: fuimos a participar de una ceremonia, una comunión, un aquelarre. Fuimos a renovar votos. Ellos, los artistas de la barra, a contarnos que todavía están vigentes y con ganas de seguir haciendo de las suyas. Nosotros, los amigos de los artistas, para hacerles saber que todavía nos siguen emocionando las mismas cosas. Aún cuando por el camino hayan quedado algunas de esas pequeñas cosas que hacen que uno llore cuando nadie lo ve.
Miguel Ángel Morelli
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DE LA MEMORIA
Estoy releyendo La escritura o la vida, la magnífica novela de Jorge Semprún. Me faltan pocas páginas, treinta o cuarenta, y me demoro, no quiero llegar al final. Es la historia de una elección, de la elección por la que él, Semprún, debió optar: escribir o vivir.
El 11 de abril de 1987, el mismo día en que cuarenta y dos años antes había sido liberado del campo de concentración de Buchenwald toma la decisión de escribir este libro. También ese mismo día Primo Levi decide quitarse la vida. Como si todo estuviera encadenado recibo un mail de Alicia Silva Rey con este fragmento de Muñoz Molina, que transcribo.
“Mañana leemos en clase Los hundidos y los salvados de Primo Levi, así que estos días he estado revisando el libro, que es la culminación de la trilogía de los campos, y también una recapitulación y casi un testamento. Primo Levi murió muy poco después de publicarlo. Esta mañana, en la biblioteca pública de la calle 100 y Amsterdam, lo leía despacio, con el cuaderno abierto y el lápiz, sumergido en la lectura y en la luz cambiante del día, junto a un ventanal en el que a ratos hacía sol y era abril y luego se nublaba y parecía invierno.
Los hundidos y los salvados es una meditación muy lúcida y muy amarga sobre los límites de lo que puede recordarse y lo que puede contarse; de lo que puede ser imaginado si no se ha vivido. En Si esto es un hombre, en La tregua, la narración de los hechos, por espantosos que fueran, tiene un impulso enérgico hacia adelante, y por lo tanto afirma de manera implícita la victoria de sobrevivir, la potestad de contar. En Los hundidos y los salvados sólo hay reflexión y tristeza, una conciencia muy clara de que recordar y contar no es suficiente. El recuerdo se gasta y se vuelve impreciso. Los testigos que han vuelto no son los más fieles, porque si volvieron es que no llegaron al fondo. El que llegó al fondo no tuvo la oportunidad de contar. Y las cosas que hay que contar son literalmente increíbles, inauditas. Los verdugos contaban con eso. También contaban con la incomodidad que acaban siempre despertando las víctimas.
Copio en el cuaderno este párrafo: Lo repito, no somos nosotros, los supervivientes, los verdaderos testigos(…) Los supervivientes somos una minoría anómala además de exigua: somos aquellos que por sus prevaricaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo. Son ellos, los hundidos, los verdaderos testigos, aquellos cuya declaración habría podido tener un significado general. Ellos son la regla, nosotros la excepción.”
Antonio Muñoz Molina. http://antoniomuñozmolina.es/
Leí, no recuerdo dónde, que Semprún dijo una vez que no era necesario haber pasado por un campo de concentración para comprender, y que la literatura debía apropiarse de esa memoria, que los jóvenes novelistas sensibles reconstruyeran esas historias para que entraran a formar parte de la memoria colectiva. Porque afirmó que el poder de la literatura puede salvar esta memoria de la muerte, con más eficacia que los propios libros de historia.
Sonia Otamendi
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LA PESCA
Mañana de madrugada me embarco en el Burlesque, un queche al que el turco Bey le metió encima un motorcito Lauson de 2 HP que, chiquito y todo, es más que suficiente para salir al río abierto.
Primero iremos un poco más allá de la Isla Santiago, la del faro.
Desde la primavera en adelante la corvina sale a unos 1.500 metros de la costa, sobre el canaletón de piedras que se extiende hacia el sur.
Por si hay correntada fuerte me llevo una línea con plomo corredizo para que las dos carnadas estén contra el fondo. Digo dos carnadas por que yo uso dos anzuelos. Más me parece robo, ventaja a favor del que pesca. Dos anzuelos. Encarno con camarón de mar, como se debe.
Esto de la corvina lo aprendí de aquellos cuatro viejos pescadores de “La Discutida”, un botecito que flotaba apenas, que descubrieron la corvina a la altura de La Balandra a fines del '70. Cuando saque una, una sola, levantamos el ancla y seguimos para el canal 9, en el Salado. A buscar unas lisas.
La lisa es otra cosa. Impredecible, esquiva. Un animalito por fuera de la estadística.
Fondearemos lo más cerca de la costa que podamos, porque hay que bajarse y caminar con el agua al cuello hasta la orilla llevando las cañas, la carnada…
Una vez en la orilla hay que buscar un lugar lejos del camino, silencioso. La lisa se asusta de nada, de un estornudo, de una voz, del escape de un Mercedes sobre la ruta.
Ahí, en ese punto, el sol, debe darte en la cara, encandilarte entre las 11 y las dos de la tarde. Ves el agua como un espejo amarillo y cuando levantás la vista, primero no ves nada y después, la otra orilla empieza a emerger como de un desierto. Primero ves aparecer lo más oscuro, el tronco de los árboles, los manchones de tierra pelada, como si estuvieras en otoño. Al rato recién aparecen las copas verdes, el yuyaral, algún perro que asoma la cabeza entre los pastos.
La línea puede ser de más, pero yo uso dos anzuelos para estar más parejos, el pez y yo, el río y yo, y hasta más parejo con el perro que mira desde las cortaderas sin entender qué carajo pasa esta mañana en la que unos tipos salieron del río chorreando agua como latas agujereadas y se pusieron a fumar al otro lado del canal.
Se encarna con lombriz o corazón en tiritas. Yo uso corazón, y un secreto. Un secreto que les digo a ustedes porque al final, algún día, vamos a ir de pesca juntos al Salado. Aunque si vamos juntos seguro que no pescamos porque nos ponemos a hablar y la lisa se espanta. Pero no importa, yo prefiero hablar con ustedes a pescar lisas. El secreto, es que antes de encarnar, froto las tiritas de corazón con purpurina. Las froto fuerte y las aprieto sobre una montañita de purpurina para que quede prendida en la carne y no se desprenda al tocar el agua. Que quede algo brillante engarzado en el corazón. Y ojo que parece una metáfora del enamoramiento, pero no, acá es otra cosa.
Al pique, la lisa lo acusa en forma diferente al resto de los peces. Primero se ve movimiento alrededor de la boya, como borbotones que sacuden la boya. Ahí, en ese momento, si damos el tirón, estamos perdidos. Si tiramos ahí, ganaron la lisa y el río, porque la lisa todavía no mordió la carnada, la está estudiando, gira alrededor de lo que cree su presa con desconfianza, con inteligencia. Justamente para contrarrestar esta acción de la lisa yo uso la purpurina. Esto la confunde. No reconoce al conjunto como a una presa habitual, pero se distrae con esos puntitos brillantes y ya no ve ni la brazolada, ni el anzuelo, ni la delgada sombra de la línea flotando arriba. Está perdida y se juega la vida.
La pierde. Muerde el anzuelo y ahora sí, la boya empieza a temblar, como si tiritara. Es el momento de clavarla. Si esperamos demasiado, si nos falta la confianza, perdemos nosotros. La lisa es sensible de boca, cuando siente que el anzuelo la hiere, deja de morder y escapa.
No sé cuánto tiempo deberé esperar por un par de lisas de un kilo y medio, dos. Más chicas no nos sirven y volverán al río. Desconfiadas e inteligentes como son, jamás volverán a ser pescadas. Terminarán su vida de viejas, o intoxicadas por algún veneno que arrojen las fábricas, o un pesticida, un plaguicida, alguna peste de esas.
Con suerte, y si el Lauson aguanta sin atorarse, tal vez a la una y media estemos pegando la vuelta.
A esa hora tendremos el sol a babor y el río se verá del color del cielo, azul o gris, como si fuera otro, sin memoria del fondo barroso que mueve, de un lado a otro, incansablemente.
Claudio L. Pérez
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SIGA LA IMPUNIDAD
Hemos conseguido justicia para nuestros desaparecidos. Hemos vencido gran parte de esa impunidad que nos obstaculizaba el ejercicio de la memoria y la posibilidad de seguir construyendo un futuro auténtico. Pero resulta paradójico e imperdonable que, después de tanta lucha, tanto dolor, tanta frustración, tengamos que soportar desaparecidos e impunidad en democracia.
Es verdad que en las redes del poder siguen operando personas que formaron parte de la coyuntura que posibilitó y sostuvo la última dictadura militar del 76. Pero, aparentemente, el vacío generacional que el terrorismo de Estado nos legó, se traduce, en la actualidad, en un desprecio por la vida, una falta total de respeto y consideración por el otro y hacia el otro, y no hablar de las acciones que seguimos ejerciendo sobre el planeta, como si todavía no se hubiera comprendido que somos parte de la naturaleza que destruimos día a día.
El deterioro de los valores morales y humanos básicos va en detrimento de una política de Estado que brega por los derechos humanos y denuncia su violación. Además, muchas asociaciones, instituciones y ONGs, que hasta hace diez años permanecían aún en el grupo de las “minorías”, tomaron protagonismo y trabajan para que estos derechos se conozcan, se respeten y se hagan respetar.
Sin embargo, creo que nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más violenta, donde, además de profundizarse la brecha que divide a las personas en términos socio-económicos, la impunidad se ha instalado como un dispositivo necesario para la destrucción y la disolución de los pactos y contratos sociales necesarios pata la convivencia y supervivencia de un pueblo.
Justo cuando volvía a creer en la justicia y a sentirse respaldada por las instituciones, la sociedad vuelve a sentir desaliento, frustración e impotencia ante los estragos que produce la impunidad en las redes que la conforman y enquistan, nuevamente, el miedo, la desconfianza y la falta de compromiso.
De todas maneras, como creo en la humanidad, abrigo la esperanza de que todos y cada uno de los argentinos, nos hagamos responsables de lo que hacemos y de las consecuencias que esto produce, pero que tengamos en cuenta que, como seres sociales que somos, los cambios deseados se hagan en grupo, en masa, en sociedad. Tengamos en cuenta lo que hace el otro, pero primero, prestemos atención a nuestras propias prácticas.
El individualismo es una mentira conveniente para reproducir la apatía, la falta de compromiso, el egoísmo y la desigualdad en una sociedad. Pero es responsabilidad de todos y de cada uno restituir y reconfigurar las redes y pactos sociales para que sigamos creciendo en democracia como sociedad, como país y como cultura.
Empecemos por casa.
Jéssica Priano
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INSTRUCCIONES PARA MENTIR MEJOR
Hace unos años, en un pueblo de Estados Unidos, una mujer llamada Susan Smith ahogó a sus dos hijos, encerrándolos en su coche y tirando el coche a un lago. Lo hizo porque su novio no quería casarse con ella, a causa de los niños. Durante unos días, la vi varias veces por televisión, contando cómo un hombre negro le había robado el coche con los chicos, y pidiéndole de un modo desgarrador que le devolviera sus hijitos. Pero los detectives de la policía se dieron cuenta de que la mujer mentía. Lo que echó perder su historia fueron rasgos puramente lingüísticos: los verbos que usaba y ciertas características de la narración del rapto.
Smith cometió el error de hablar de sus hijos, por momentos, en tiempo pasado, ya que sabía bien que estaban muertos y se le escapaba la verdad. En cuanto a la historia del rapto, sonaba poco convincente porque era muy esquemática, le faltaban detalles. Las mentiras suelen ser más vagas que los relatos sinceros. Hay que saber contar una mentira. En los últimos años se han hecho análisis de textos computarizados que muestran con sorprendente acierto cómo el lenguaje revela la personalidad del hablante, los grupos a que pertenece, su simpatía y hostilidad a otros, y también su comportamiento cuando miente. Aunque ningún estudio ni ningún aparato detecta con total certeza una mentira, se han hecho grandes adelantos, que podemos aprovechar para descubrir mentiras pero también para mentir mejor. Ofrezco a continuación algunas instrucciones:
1. No se deje conectar a ningún aparato que mida la presión, ritmo cardiaco, tensión muscular y conductibilidad de la piel. Aunque usted no se dé cuenta, su cuerpo muestra señales del esfuerzo mental y del estrés de mentir.
2. Use el pronombre de primera persona, yo, o los verbos en primera persona singular: vi, miré, sentí, yo estaba, yo decía. Los mentirosos usan la primera persona menos que los que dicen la verdad, porque por supuesto ni tienen experiencia directa del embuste ni tampoco interés en mostrarse, sino en esconderse. Se refieren, en cambio, a otras personas y usan los demás pronombres (vos, tú, ella, etc.), ya sea para que otras voces refuercen los engaños o para desparramar culpabilidad, si mienten para defenderse.
3. Cuente con detalles, todo tipo de detalles: lo que usted, primera persona del relato, vio, o hizo, o sospechó, y dónde estaba usted, exactamente, y cuándo, y cómo. Otros detalles interesantes son los sentimientos anteriores y posteriores al suceso central, las consecuencias que tuvo o no tuvo en la vida del que narra, alguna descripción muy específica de alguna persona u objeto, como si los hubiera visto “de verdad”.
4. Regla final: si quiere mentir bien, diga qué pasó y qué no pasó, qué pudo haber pasado y no pasó, qué dijo y qué no dijo. Quien sea capaz de añadir a su relato lo no sucedido, las alternativas, las posibilidades no cumplidas, es un mentiroso de primera. Los análisis de texto computarizados prestan atención al lenguaje que parece más común e inofensivo, a palabras como no, pero, sin embargo, aunque, además, por encima, aquí, etc., que reflejan cómo ve el hablante la realidad y cómo distingue unas cosas de otras. También se analizan en estos estudios los tiempos y modos verbales, como en el caso de “mis hijos eran” en lugar de “mis hijos son”, y las construcciones que no indican quién es el sujeto, como, por ejemplo, decir “la golpearon” en lugar de “la golpeé”, “Juan la golpeaba”, etc.
No, no es fácil mentir bien. Es una actividad que requiere imaginación, facundia y capacidad para adivinar el efecto que se causa en los destinatarios o víctimas del engaño, lo que a su vez exige saber cómo piensan, en qué creen, qué expectativas tienen. Mentir exige, además, buena memoria, rapidez de reacción, sangre fría y habilidad para seducir a otros. Lo que yo no veo muy claro es dónde termina la verdad y comienza la mentira. La verdad de Susan Smith es que había matado a sus hijos y que nos estaba engañando a todos con la historia del rapto, pero yo creo que su desesperación era también auténtica, que lloraba por sus hijos y por sí misma. Otros mienten con mayor eficiencia y triunfan, otros mienten para ser aceptados, otros por escapar, otros por reservarse un espacio propio, otros por amor, otros por odio, y otros mienten porque a veces lo más difícil es contar la verdad.
Graciela Reyes
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EL BAFICI NUESTRO DE CADA AÑO
Terminado el 14º Bafici, mi sensación es que ha sido el menos estimulante que he visto. Y los he visto todos. No ha sido malo, por cierto, y valoro su existencia como uno de los bastiones donde se refugia el cine imposible de ver en las salas comerciales, y lo más nuevo del cine independiente. Se me podrá decir que si no vimos películas excelentes la culpa no es del Bafici sino del estado del cine actual, y sobre todo del estado del cine argentino hoy, y eso también es cierto. Los programadores del Bafici eligen entre lo que hay, no son ellos productores de cine, pero sus criterios de elección determinan estéticas, incluso ideologías.
En general, la propuesta actual del cine argentino no tiene el nivel de años anteriores. Da la impresión de que está agotándose la creatividad que había llegado a su pico hace unos pocos años, con la aparición de nuevos realizadores. Si bien las películas presentadas están muy bien filmadas, con excelentes resultados técnicos, la falta de ideas es general, los guiones son pobres y casi siempre su pretensión supera los resultados.
En ese panorama, rescato algunas realizaciones. Este año la película de apertura no fue un film independiente, sino El último Elvis de Armando Bo (nieto), una buena sorpresa: retrato de un perdedor, un émulo de Elvis que canta en boliches de mala muerte pero que vive para su arte. Un buen elenco, una cámara apropiada, y sobre todo una dirección de arte impecable, adelantan el éxito de este film de próximo estreno.
Si no comparto la elección de la película israelí Policeman, de Nadav Lapid como la mejor película de la Competencia Internacional (sin haber visto todas, prefiero Tomboy y Nana), aplaudo el premio a Papirosen como la mejor de la Competencia Argentina. Gastón Solnicki me había dicho hace tiempo que estaba filmando a su familia para hacer un documental. El talentoso Solnicki realiza un extraordinario trabajo de montaje con filmaciones captadas durante diez años con distintos soportes, además de viejas películas caseras familiares, filmadas por otros miembros de su familia.
La historia de su familia judía desde la huída de Polonia atraviesa la del siglo XX, se trata también de un retrato de un grupo social muy característico, por lo menos en Buenos Aires. El retrato familiar es íntimo, y por momentos implacable, y coloca al espectador en una posición incómoda, aunque no carece de humor. Es una pena que no avance a fondo en tantos de los temas propuestos: hay más ideas en Papirosen que en todo el resto de la competencia argentina. Tampoco se parece a nada de lo habitual en el nuevo cine argentino. Solnicki y su amigo Gonzalo Castro, quien mostró su último Dioramas, un estudio sobre los cuerpos en la danza y en el amor, están haciendo un camino personalísimo, al margen de modas y tendencias, sin querer conformar a nadie.
Vi otras películas argentinas interesantes, sin que ninguna me rompiera la cabeza: Germania, de Maximiliano Schonfeld, premio Especial del Jurado y La araña vampiro de Gabriel Medina, Mejor película argentina, ambas en la Competencia Internacional; La chica del sur, de José Luis García, La casa, de Gustavo Fontán, El etnógrafo, de Ulises Rosell, y Las pibas, de Raúl Perrone. Pero éstas podrán ser tema de otra nota.
Josefina Sartora
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UN FUTURO CON LIBROS
Este año la Feria del libro nos trajo a dos grandes escritores, grandes sobre todo como seres humanos. Uno es Carlos Fuentes y el otro Eduardo Galeano. Basta ver sus fotografías, basta verlos en televisión o en carne y hueso para advertir que estamos ante personas amables, que practican el arte del diálogo fraterno e iluminador.
Quizás por eso este año no hubo estridencias como las del año pasado, cuando se invitó al gran injuriador que sigue derramando sus diatribas desde la prensa, ahora con motivo del conflicto con Repsol. Basta mirar las fotos, digo, para advertir la distancia que separa a estos escritores.
Fuentes y Galeano son, como decía Machado, buenos en el buen sentido de la palabra bueno.
Unos tres mil jóvenes fueron a ver y a escuchar con fervor a Galeano, que presentó su libro “Los hijos de los días”. Sabían que el autor de “Las venas abiertas de América Latina” tenía algo que decirles: "Deberían poner carteles de se busca a los secuestradores de países, a los violadores de la tierra, a los traficantes de miedo (...). Las catástrofes se llaman naturales como si la naturaleza fuera el verdugo y no la víctima (...). Si la naturaleza fuera un banco, ya la habrían salvado". “Y los días se echaron a caminar. Y ellos, los días, nos hicieron. Y así fuimos nacidos nosotros, los hijos de los días, los averiguadores, los buscadores de la vida”. Es así, Galeano habla de la vida de una manera que hace pensar que la vida merece vivirse y que tenemos la posibilidad de mejorar la nuestra y la de los demás.
El mexicano Carlos Fuentes es tan lúcido americanista como Galeano. Y un gran escritor. Le bastaría haber escrito la novela corta “Aura” y la gran novela “La muerte de Artemio Cruz” para pasar a la historia. Claro que ha escrito más de veinte, sin contar los libros de relatos y ensayos. Entre los ensayos, hay que destacar “El espejo enterrado”, sobre América y España, al cumplirse los 500 años de esta difícil relación.
En los años del boom latinoamericano, leer “La muerte de Artemio Cruz” en 1962 fue una experiencia iluminadora. Prácticamente toda la gracia y desgracia de México se deslizan por sus páginas, sin excluir a España y su guerra civil, ya que el hijo de Artemio muere luchando con los republicanos. Todo se narra desde el punto de vista de un moribundo que recuerda su vida, sus penas y sus glorias desde su infancia, la revolución, sus amores y traiciones. El idealismo del hijo contrasta con el oportunismo y corrupción del padre, que funciona como metáfora de las clases dominantes posrevolucionarias mexicanas.
Caballeros de fina estampa los invitados de este año. Buenas y santas noticias de vez en cuando aparecen en los medios de comunicación para iluminarnos la vida.
Leda Schiavo
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LA PARED (Fragmento)
Como la plebeya que era, había comenzado a alejarse. Le dijo claramente “cuando corte esta comunicación, habré comenzado a alejarme”; y había cortado; inmarcesible su alejamiento ya era una distancia palpable como una esfera de platino diminuta, un piercing en la punta de la lengua; y era oxígeno vital para su vida en aquel momento en el que los pilares más seguros se habían desmoronado y la imaginación balbuceaba.
Y ahora llamaba, y cuando le reconocía la voz, se quedaba escuchando “hola, hola” durante unos cuantos minutos, al cabo de los cuales, cortaba. “Qué contendrá para ella mi voz. Porque mi voz es mi persona de este lado del teléfono. Mi voz es mi palabra y mi palabra es mi lengua. Mi lengua, hace tiempo que le ha retirado su palabra. Probablemente, ahora mejor que nunca, al yo callar, esté escuchando de mí aquello que no digo.”
Cada uno a un lado de sí mismo. Al ensañarse de ese modo el silencio, el lenguaje conocido había empezado a comportarse como un residuo, una cloaca luminosa que podía ser mirada al trasluz. Y se paró cerca de una ventana, cruzó los brazos por detrás de sí misma, debajo de los omóplatos, sintió el calor del sol de noviembre, pensó lo fácil, lo obvio, lo inicuo. Abandonar el cuerpo, considerarlo más allá y por afuera del cuerpo mismo, atravesar con el cuerpo el espacio geométrico de la ventana. Se pondría un pañuelo opaco entre los dientes, mordería la opacidad con una boca en cuya lengua había sido arrullada.
Alicia Silva Rey
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PERO SI VIVE ACÁ AL LADO Y ES TAN AMABLE
La poesía, es un acto de expresión estética, hecho con misterio de palabras, al que, desde hace bastante, se le diagnostica su franca desaparición.
Mientras tanto, si a Usted no le molesta leer al alguien que duda de sí mismo con respecto a ser un buen poeta, o por lo menos ser un gran poeta, que encima lo que predominantemente hace es hablar, decir y vincularse con su situación de existencia, de una manera a todas luces poco o nada optimista, en razón de lo que le depara el camino hacia el fondo de la vida y sus antesalas; o que se aferra a dar un muy sincero testimonio de observaciones filosófico-poéticas de crónica, mirando y pensando quieto, sin demasiadas pretensiones líricas tradicionales, y dejarse vivir por las cosas y los objetos de todos los días, comunes a todos como la historia, su contemporaneidad, una taza azul, una dalia, un principio de lluvia mojando a una mariposa, la música, los artistas, fotos personales y/o familiares, los cambios ostensibles de su cuerpo, y cantar simple y hasta afablemente, a veces hasta con crudeza nada escandalosa, entonces le ofrezco conocer a un tal Joaquín Giannuzzi.
En un bello relato de contratapa del diario Página/12, Juan Forn cuenta que Picasso le pide a su peluquero que por favor se apure. El peluquero le responde que él no tiene apuro y que su manera de trabajar responsablemente, es hacerlo con cuidado. Entonces Picasso le dice que no, que hay que trabajar más rápido que la belleza, porque si no, lo que se logra es hacer algo que ya estaba hecho.
¿Y si Giannuzzi, adentro de su quietismo, haciendo lo inversamente proporcional a lo que afirmaba Picasso, logró eso; digo, lo de trabajar de manera más genuina, tratando de no moverse más rápido que su sensibilidad, para no molestar sin sentido lo observado?Jorge Santiago Perednik, con gran precisión didáctica, desglosa los terrenos poéticos que exploró el poeta William Carlos Williams. Entre ellos, el poema fotográfico, en el que el poeta-testigo, fija y rememora un instante, anulando el transcurso del tiempo, y también el poema cinematográfico, en el cual se busca exaltar lo anulado en el otro proceder.
O sea destacar la presencia dinámica de algo visto y sorprendido en su situación efímera.
Pienso que Giannuzzi, no anduvo muy lejos de este barrio de trabajo con la imagen detonadora de expresión.
Como dije, Giannuzzi se basaba en la quietud de la contemplación. En la apreciación detenida de las cosas que servían como comienzos de su viaje lírico.
Giannuzzi fue el eje, la palanca de lo observado, de lo obsesionante.
El contemplador que mira y canta, para ser mirado y cantado.
Conversaciones elegíacas con escritores, o comentarios líricos de pinturas y artistas.
Giannuzzzi asiduo cronista de un hecho urbano o casero.
De ahí que lo más familiar y desafiante fueran los sucesos de todos los días.
Desechos acumulados detrás de una estación de servicio. Un accidente callejero. Música en un departamento. Sirenas. Disparos. Una sopa. El espejo. Un hueso de gaviota semienterrado en una playa.
Su registro poético y su estilo, son llanos; a veces con muchas rimas involuntarias o interiores.
Ironía, anti-ironía. Mirar, mirar, mirar.
Pensamiento. Memoria. Afirmaciones.
Sus poemas son tan nada ampulosos que rayan aparentemente y solo aparentemente, lo no poético.
¿Poesía resignada? No. Poeta demasiado conciente de los pocos intersticios en que la historia y el devenir nos dejan acercarnos a la sucesión natural de la vida.
Giannuzzi hijo de inmigrantes y padre testigo de la evolución y los cambios de sus hijos.
Ácido, complejo, desafiado por cuestiones de apariencia mínima, que a veces para un artista son la entrada a los temas más grandes.
El futuro, el presente, el pasado. Las modificaciones o las dudas moviéndose en consonancia con el humo de una taza de café, adentro de una manzana, en el arqueo pendular de una flor de su jardín, o impregnando la oscuridad de su habitación.
Giannuzzi movimientos musculares, corazón, padecimientos físicos. Cambios asumidos de su aspecto.
El nudo de una corbata, la cotidianeidad y el desapego a lo exagerado.
Giannuzzi reiteración de ritos hogareños, porque los cambios de la existencia, también se expresan en las reiteraciones.
Giannuzzi y sus dos lugares de presencia. Su casa y su país.
Su época y una ventana que da a un jardín rodeado de violencia estatal y mundial.
De miedo, de indiferencia y de prejuicios.
Palabras-puerta. Palabras-apoyatura de obsesiones infinitas.
Fechas. Hechos. Personas. Tiempos perdidos.
Giannuzzi se me ocurre como tratando de parecerse lo más posible a lo que descubría.
Un hombre atraído y atrapado por el desplazamiento de todo lo que apenas si deja pronunciar parecido a como ya no es.
Giannuzzi vecino incansable de su propio silencio, y de lo que la poesía en sí misma, nunca cuenta dos veces.
Néstor Tellechea
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CARLOS FUENTES HABLA DE JULIO CORTÁZAR
"El espíritu humano tiene miedo de sí mismo", leímos con Cortázar en Bataille : las entradas y salidas del universo cortazariano, sus galerías comerciales que empiezan en París y terminan en Buenos Aires; sus ciudades combinatorias de Viena, Milán, Londres; sus tablones entre dos ventanas de un manicomio porteño; sus largas casas ocupadas implacable y minuciosamente por lo desconocido; sus escenarios teatrales invadidos por el entusiasmo de los espectadores o por la soledad de uno solo de ellos, John Howells, incorporado a otra historia que no es la suya.
Para Cortázar, la realidad era mítica en este sentido : estaba también en el otro rostro de las cosas, el mínimo más allá de los sentidos, la ubicación invisible sólo porque no supimos alargar la mano a tiempo para tocar la presencia que contiene.
Por eso eran tan largos los ojos de Cortázar: miraban la realidad paralela, a la vuelta de la esquina; el vasto universo latente y sus pacientes tesoros, la contigüidad de los seres, la inminencia de formas que esperan ser convocadas por una palabra, un trazo de pincel, una melodía tarareada, un sueño.
El afuera y el adentro. Toda esta realidad en vísperas de manifestarse era la realidad revolucionaria de Cortázar. Sus posturas políticas y su arte poético se configuraban en una convicción, y ésta es que
la imaginación, el arte, la forma estética, son revolucionarias, destruyen las convenciones muertas, nos enseñan a mirar, pensar o sentir de nuevo.
Cortázar era un surrealista en su intento tenaz de mantener unidas lo que él llamaba "La revolución de afuera y la revolución de adentro".
Si a veces se equivocó en la búsqueda de esta fraternidad incansable, peor hubiera sido que la abandonara. Como un nuevo Tomás Moro en la ola de un renacimiento oscuro que podía conducirnos a la destrucción de la naturaleza o al triunfo de una utopía macabra y sonriente, Cortázar vivió un conflicto al que pocos escaparon en nuestro tiempo: el conflicto entre el afuera y el adentro de todas las realidades, incluyendo la política. Coincidimos políticamente en mucho, pero no en todo.
Nuestras diferencias, sin embargo, aumentaron nuestra amistad y nuestro mutuo respeto, como debe ser en el trato inteligente entre amigos, que no admite ambición, intolerancia o mezquindad. No puede, realmente, haber amistad cuando estos defectos arrebatan al que se dice nuestro amigo.
Todo lo contrario sucedía con Cortázar: sus sinónimos de la amistad se llamaban modestia, imaginación y generosidad. Este hombre era una alegría porque su cultura era alegre. Gabriel García Márquez y yo lo recordamos siempre agotando los conocimientos sobre novela policiaca en un largo viaje de París a Praga en 1968, con la buena intención de salvar lo insalvable : la primavera del socialismo con rostro humano. Sentados en el bar del tren, comiendo salchichas con mostaza y bebiendo cerveza, oyéndole recordar la progenie del misterio en los trenes, de Sherlock Holmes a Agatha Christie a Graham Greene a Alfred Hitchcock... lo recuerdo.
Carlos Fuentes
Fragmento de un artículo publicado en el suplemento Cultural del diario La Nación
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LAS ESTACIONES
El lunes había llegado plenamente la primavera, después de este raro invierno en el que casi ningún día llegó a sentirse de verdad el frío, y en el que apenas ha nevado. Daba algo de mareo el espectáculo de los cerezos y los almendros florecidos, las aceras y las terrazas llenas de gente, los vestidos ligeros, las piernas y los hombros desnudos, la efervescencia en las voces más altas y en la suavidad del aire.
El lunes había llegado la primavera y de pronto se aceleró el tiempo y el miércoles era verano. A las diez de la mañana, cruzando Central Park, había ya una bruma de jungla en el aire. Por la tarde, en la orilla del río, familias dominicanas tomaban el fresco y encendían barbacoas, como si fuera ya Memorial Day, a finales de mayo, el comienzo oficioso de la temporada de verano. La brisa cálida traía músicas de salsa y de raggetón y olores de carne y grasa a la parrilla.
Cada día era un viaje anticipado en el tiempo. Pero ayer por la noche había niebla, hacía frío, gotas de llovizna helada pinchaban la cara y las manos.
En el silencio hondo de la noche del sábado daba la impresión de que los días pudieran avanzar igual hacia el pasado que hacia el futuro.
Antonio Muñoz Molina
En: http://antoniomuñozmolina.es/
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NUESTRA PROPIA CANCIÓN
Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del niño. Saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito.
Las mujeres entonan la canción y la cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás. Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le cantan su canción. Luego, cuando el niño comienza su educación, el pueblo se junta y le canta su canción. Cuando se inicia como adulto, la gente se junta nuevamente y canta.
Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción.
Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama e igual que para su nacimiento, le cantan su canción para acompañarlo en la transición.
En esta tribu de África hay otra ocasión en la cual los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se lo lleva al centro del poblado y la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces le cantan su canción. La tribu reconoce que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo; es el amor y el recuerdo de su verdadera identidad.
"Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otros.
Tus amigos conocen tu canción y te la cantan cuando la olvidaste. Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que cometes o las oscuras imágenes que muestras a los demás."
"Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo; tu totalidad cuando estás quebrado; tu inocencia cuando te sentís culpable y tu propósito cuando estás confundido."
"No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla en mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado"
Tolba Phanem
(poeta afrikana y luchadora por los derechos civiles de las mujeres)
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EL LARGO VIAJE (fragmento)
" Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad.
–No te canses –dice el chico.
En el torbellino de la subida, en Compiègne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo brevemente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las aberturas, atrancada con alambre de púas. «Respirar es lo más importante, entiendes, poder respirar».
(...)
Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno. "
Jorge Semprún
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