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AGENDA CULTURAL
AÑO XI - N° 105
JULIO 2009
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431
Dirección
Sonia Otamendi |
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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer
cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la
zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e
historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales
en el extranjero.
Con una tirada de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma
gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui,
está en la calle los días primero de cada mes.
Se ruega citar la fuente de los textos
que se reproduzcan.
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Tengo recelo del Gobierno y desconfío de los políticos; pero como es preciso tener un gobierno prefiero que sea democrático. Bertrand Russell |
«ex libris»
Nació como lo que es, una mínima locución latina, y no tardó en sustantivarse. Leí en alguna parte que hace un siglo, poco más o menos, había perdido popularidad. Sin embargo, basta darse una vuelta por Internet para comprobar que si la perdió la ha recobrado con creces. Su traducción literal, "de los libros de", es una clara instancia a que se especifique el nombre de la persona o entidad a la que pertenezca el libro en cuestión; es decir, a quien quiera dejar constancia del paso por su biblioteca del ejemplar marcado por el "ex libris".
Por supuesto, la mayoría de la gente suele limitarse a poner su nombre o su firma en la contraportada, en la guarda, en la primera página del libro o en cualquier otra, lo cual a veces se hace para ─en caso de "pérdida"─ poder identificarlo en la biblioteca de un amigo o de un pariente. De ese modo el nombre, con o sin rúbrica, se convierte en la respuesta simple a la incitación que supuso la locución latina, aunque un ex libris sin sello no sea en realidad tal cosa.
Contrario sensu, la respuesta de pleno sentido fue la aparición del sello sin libro. La conversión en sustantivo materializó literalmente la locución original la cual, para empezar, pudo universalizarse gracias a que se dictó en latín, la lengua que pocos siglos antes era el idioma de media Europa. Los "entendidos" dan el año 1516 como fecha de aparición del primero, y otorgan la autoría a Albrecht Dürer, pintor y grabador alemán que entonces tenía 45 años. El incalculable valor que hoy tiene un libro portador del sello de Durero, no está muy lejos de alguna de las obras de su ingente colección de pintura. Sin llegar a ese extremo, lo mismo sucede con los ex libris de Cranach, el áncora y delfín de los Manuzio, Hans Holbein, Victor Hugo (en la imagen) y de centenares de personajes célebres o nobles. La razón es obvia: los sellos materiales de ex libris, acompañados o no por una leyenda, funcionan como piezas de una heráldica menor y son buscados afanosamente por coleccionistas y marchantes de arte.
Pero el apogeo del sello sin libro se produce cuando un escritor recurre al ex libris como metáfora o como metonimia. Así, Francisco Umbral escribía sobre el furor de-constructivo desatado en Madrid en 1996: «Esta Plaza [de Oriente] era el ex libris de Madrid. Han arrancado el ex libris para vender Madrid a precio de saldo».
Tampoco sorprende hoy la identificación institucional: «las Portas do Sol, ex libris de la ciudad de Santarem, capital del gótico en Portugal»... al igual que la Torre Eiffel es el (tópico inevitable) de la ciudad de París... la estatua de la diosa Cibeles (más allá de Umbral) de la ciudad de Madrid...
La exposición que antecede, por chocante que parezca, surgió motivada por la noticia que leí en la prensa argentina a mediados de junio pasado:
«La UNESCO elige a Buenos Aires como capital mundial del Libro para 2011».
Suscribo por completo la razón que dio el periódico LA NACIÓN para que esa elección se produjese: "...que en Buenos Aires no hay que salir a buscar los libros, porque los libros lo encuentran a uno". Por grata experiencia, puedo dar fe de ello y, entretanto discurren los días hasta el 2011, esperaré a saber si Buenos Aires se decide por un ex libris determinado. No lo tiene fácil: son demasiados sus lugares hermosos y monumentos significativos. Sin embargo, aunque mi voto no cuente, me atrevo a nombrar el más nítido y sencillo, el contrapunto de la columna romana de Trajano, la brújula que reconforta al viandante desorientado, la aguja que apunta al espacio infinito... ...
No parece necesario que escriba el nombre de mi elección.
Fernando Anguita B.
ARGUMENTOS II
Borges me llama por teléfono. Tengo un problema, me dice. Usted vio que estoy escribiendo un libro de argumentos. Sí, le digo, ya imaginando que me iba a manguear algo. ¿Para qué me iba a llamar un viejo ciego un domingo a las tres de la tarde? Bueno, me he quedado sin argumentos. Me falta el último para terminar el libro. Lo tengo que entregar la semana próxima. Resulta que la llamé a mi amiga Cecilia Ingenieros; ella es muy ingeniosa, pero no se encuentra en Buenos Aires, vuelve de Europa recién dentro de diez días. Y yo estoy desesperado, bueno, usted vio cómo soy yo, ¿no? Sí, Borges, vi. Pero usted es nuestro escritor nacional, ¿cómo se va a quedar sin argumentos? No me joda, che. Ésas son patrañas, nuestro escritor nacional es Hernández, que imaginó el argumento más argentino: el de un gaucho vago, pendenciero y bárbaro. Borges, usted es un escritor del S. XIX pero estamos en el S. XXI. No hubo todavía un escritor más importante que usted… Otro error de la estadística, dice con pesar. Déme un argumento. A ver… veamos… ¿quiere uno de cuchilleros? Un cuchillero, que todas las mañanas en su piecita de Barracas lee sin demasiada pasión el Martín Fierro y la Biblia. Lo visitan dos mujeres, una por la tarde; otra por la noche. La primera es joven, morocha y algo melancólica; la otra es mayor, altiva. Un día, el dueño de la pensión encuentra al tipo muerto, degollado sobre la cama, boca abajo; en la espalda tiene una esvástica dibujada torpemente con trazos pequeños pero firmes. Interesante, dice Borges, pensativo. Interesante, sugiere un crimen político, no exento de pasión, una pasión que, tal vez, sólo conozcan las mujeres. Borges, las mujeres son animales, en el mejor caso, vacas, como afirmó Nieztche. Pero su argumento, Cabrera, deja la puerta abierta para un delito ideológico. Hay ahí una encerrona, un laberinto. ¿Lo mató una de las mujeres? ¿O hay un tercer (hombre), que no conocemos? ¿El crimen pasional esconde un asesinato más atroz? Bueno, digo yo, si al hombre no le falta nada… ¿Qué podría faltarle a ese hombre, responde, que no fuera su propia muerte? ¿Qué podría faltarle sino lo que encontró? En Kafka, el hommo domesticus no alcanza nunca el punto final, porque los puntos son infinitos, no llega. El del checo es el relato de la postergación; yo he escrito hace años un prólogo sobre este tema. Nombro una paradoja de Zenón de Elea. Sí, respondo, el griego no enumera todos los puntos… ¿por qué Kafka tendría que enumerarlos? Sí, sí, veo que lo recuerda, pero además quiero afirmar que el héroe, mejor, el antihéroe kafkiano no llega a destino porque en el camino se encuentra con infinitos obstáculos, como los puntos de Zenón. El movimiento es imposible, concluyo. Claro, pero vea… Borges, usemos otro verbo… Sí, sí, claro. Borges… Sí, otro adjetivo. Su héroe fue asesinado, es decir: encontró el final, llegó. La historia tiene un desenlace. O fue una de las mujeres o hubo otro. Tal vez el marido de una de ellas, acoto. No, eso vuelve a su historia muy trivial, casi un melodrama. ¿Usted leyó Los adioses, de Onetti? No. Yo tampoco, pero me dicen que ahí también hay dos mujeres, y no se sabe qué relación tienen con el enfermo. Ah. Onetti copiaba a Faulkner, es decir: lo traducía. Bueno, ya está, su argumento es engañoso. ¿Y si el hombre se suicidó? No lo había pensado, digo. Gracias; lo escribo y lo llamo, adiós. Adiós, Borges.
Jorge Cabrera
FUNDACIÓN CARLOS GUASTAVINO
Con un concierto, el 28 de marzo último, en el Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”, se presentó en sociedad la Fundación Carlos Guastavino.
Esta institución sin fines de lucro tiene por objeto registrar, documentar, difundir, formar y contribuir al desarrollo de la actividad musical académica argentina.
En este concierto ya se tuvo muestra acabada de lo que será la acción institucional. La velada se abrió con la participación de artistas franceses, en el marco de un plan de intercambio, en el que se tuvo la oportunidad de escuchar obras de compositores de ese origen. El momento complementario del intercambio, para estos intérpretes, ha sido el estudio y la práctica master-class- de obras argentinas.
La segunda parte del concierto, a cargo del Grupo Vocal Carlos Vilo, presentó obras en versión coral de Carlos Guastavino. Es de destacar que el director de esta agrupación, Carlos Vilo de origen francés-, y presidente de la Fundación, es el depositario del legado musical de Carlos Guastavino.
Guastavino (1912-2000) perteneciente al nacionalismo musical argentino, ha sido uno de los pocos exponentes de esta corriente que ha obtenido un amplio reconocimiento internacional. Su obra integra el repertorio de artistas tales como los cantantes Alfredo Krauss, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Joan Manuel Serrat, José Carreras, Gerard Souzay, Mercedes Sosa, José Cura, Marcos Fink, Víctor Torres ; los guitarristas Eduardo Falú, Víctor Villadangos, John Williams ; el pianista Rudolf Firkusny, entre otros.
Vivió en el campo santafecino, en San José del Rincón. Vivió en un ambiente musical rural que habría de impregnar con toda naturalidad su lenguaje artístico. Sentimiento y pensamiento compartido por la tierra y por las formas académicas (que algunos llaman música clásica)… un puente que va y viene de una a la otra.
Una gran parte de su obra vocal cuenta con textos de León Benarós. La serie o ciclo de canciones Flores argentinas se encuentra entre las más transitadas. Más allá de ellas, Pueblito, mi pueblo, podría ser quizás una de las más intensas.
De su amplia producción quizás tengamos en nuestra memoria la canción con texto de Rafael Alberti, Se equivocó la paloma, en las voces de Joan Manuel Serrat o en la de nuestra Mercedes Sosa.
Para consultar las actividades de la Fundación hay una página. http://fundacioncarlosguastavino.org
La presentación oficial fue el 3 de junio, día en que en el Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires se rindió homenaje al Maestro Carlos Guastavino y se le confirió un reconocimiento al Maestro Carlos Vilo.
Carlos Córdoba
ALLÁ LEJOS Y HACE TIEMPO
Como si no le bastase con andar entre libros durante el resto de la semana, apenas descubre el cielo nublado uno termina el almuerzo y enfila para Buenos Aires. Para las librerías de Buenos Aires. Porque de los dos vicios que se pueden profesar sin remordimiento un domingo a la tarde, el primero es el de meterse en todas las cuevas que vendan libros usados.
No revelo ningún secreto si digo que las librerías de viejo (“de lance” se decía hace mucho, cuando no daba lo mismo una cosa que otra) tienen para el lector contumaz un encanto especialísimo. En cualquier librería de nuevo uno entra y pregunta por tal o cual título y listo, se acabó, pero en éstas no, en éstas así no vale. Hay que zambullirse y entrar a revolver como alucinado. Y jamás de los jamases darse por vencido antes de la última batea, es ley. Todo caminador de la calle Corrientes lo sabe: no existe la buena estrella para el que pasa por las mesas distraído entre bostezo y bostezo. Para dar con la presa codiciada es necesario ensuciarse las manos, volverse un cazador astuto, saber de celadas, incluso manejar las claves propias del negocio que se visita. Cuando se desea un libro fervientemente, cuando se nos ha vuelto una obsesión y lo buscamos por cielo y tierra, recién ahí el muy cretino aparece. Entonces uno tiene la íntima sensación de que ha estado esperándolo desde siempre, inmóvil, desprotegido, a merced de cualquiera que pudiera pasar y llevárselo a su casa (y que seguramente no lo sabrá apreciar como nosotros, faltaba más).
Como casi todos los lectores que conozco, que son muchos, yo mismo tengo dos bibliotecas. La primera, la que fui haciéndome allá cuando el entusiasmo era mucho más abultado que las monedas en el bolsillo. La segunda me llegó casi naturalmente, apenas pude darme ciertos gustos. De la original atesoro algunos volúmenes que adquirí incluso prescindiendo de un buen plato de ravioles, y si me apuran creo poder recordar las circunstancias en que compré todos y cada uno de sus libros. Algunas primeras ediciones de Borges (cuando Borges era menos una moda que un escritor políticamente molesto), los seis tomos de las Mil y Una Noches traducidos por Vicente Blasco Ibáñez (ya que no la de Cansinos) y hasta un ejemplar destartalado del Manual de Zonceras dedicado por el propio Jauretche al doctor Fulano de Tal (y que por lo visto los herederos del doctor Fulano de Tal liquidaron sin conmiseración alguna).
Tres o cuatro semanas hará, di con la sexta edición de Peuser de Allá lejos y hace tiempo, de Guillermo Enrique Hudson, con prólogo de Roberto B. Cunninghame Graham y traducción de Fernando Pozzo y Cecilia Rodríguez de Pozzo. Si la memoria no me engaña, un ejemplar idéntico al que tenía mi padre en su biblioteca, y que yo le robaba para matizar las horas muertas de la siesta. No se trata ni de un ejemplar raro ni nada por el estilo, pero mentiría sin dijese que no me llevé bajo el brazo con el corazón alborotado. Tenía mis razones: eran apenas las cinco, afuera seguía nublado y ahora yo podía encarar el segundo vicio que uno puede profesar sin remordimiento un domingo a la tarde.
Miguel Angel Morelli
LA VISITA DEL HIJO
Eran las ocho y media de la noche y yo acababa de prepararme una ensalada. En el horno tenía un asado con papas, y estaba por sacarlo cuando oí la llave en la cerradura. Me asomé al comedor y lo vi entrar. Encendió la lámpara del recibidor y apoyó en un sillón una valija que parecía pesada. Era más bien bajo y llevaba un sobretodo oscuro, que se quitó y colgó del perchero. Cuando entró en el comedor y me vio, me sonrió con una sonrisa de persona buena. Tenía ojos grandes y ojeras muy marcadas. Iba de traje y corbata, y no debía de tener más de treinta años. Sería médico, o abogado, o profesor de algo, o, quizá, empleado de una agencia de seguros o de un banco. Lo digo por la corbata. Era evidente que venía de trabajar y que mi casa también era su casa, aunque yo no lo había visto nunca antes. Sin duda era mi hijo, qué otra cosa podía ser.
Fue al baño y oí correr el agua. Dudé un momento y después fui al recibidor y toqué su sobretodo, que tenía un ligero olor a tabaco. Era un sobretodo de Rhoder's, ya viejo, muy usado. También toqué su valija, de cuero bueno pero gastado en las costuras.
Volví a la cocina y agregué una endivia a la ensalada. Pensé que a él le gustaría la endivia, cortada bien finita. Condimenté la ensalada con más sal y pimienta que de costumbre, saqué la carne del horno y la cubrí con papel de aluminio, para que no se enfriara. Pensé que era una suerte tener comida para ofrecerle. Otras noches yo me preparaba solamente un sándwich. Él no le daba la menor importancia a la comida, de eso estaba segura, pero de todos modos yo me habría sentido mal si no hubiera podido ofrecerle ni siquiera una cena decente.
Entró en la cocina en camisa, sin la corbata, y noté que era muy delgado. Tenía la piel muy blanca y los ojos de color entre verde y marrón, ojos apagados y demasiado grandes, como los de los niños hambrientos. Vi que empezaba a quedarse calvo. Puso la mesa como si lo hiciera siempre. Yo había pensado cenar en el comedor, pero él tendió la mesa en la cocina, y no necesitó preguntarme dónde estaba cada cosa. Conocía mi casa perfectamente, y, sin embargo, no había estado allí nunca. Abrió una botella de vino tinto, y fue al barqueño del comedor a buscar las copas de cristal. Las copas dieron un aire festivo a la mesa, y yo lo acentué poniendo en el centro una planta con flores. Por un momento me sentí como una mujer que recibe a su amante. Pero eso duró un momento.
Mi hijo estaba agotado y no tenía nada que decirme. Comía lentamente, dejando los cubiertos sobre el plato después de llevarse alimento a la boca, como una persona bien educada. Alabó el punto de la carne y la textura mantecosa de las papitas andinas. No me preguntó nada. Yo tampoco a él. Le conté algunas historias, para entretenerlo, para que fuera menos penoso para él estar con su madre. Me miraba afablemente pero su mirada resbalaba sobre mí, no me tocaba, se iba, se acercaba cortésmente y se iba.
Tenía unas manos limpias y grandes, manos de hacer cosas, pero me pareció que estaban vencidas, como están las manos de los que quieren y no pueden, de los que pueden y no quieren, de los que, queriendo y pudiendo, sin embargo están destinados a dejarse llevar mundo abajo, vida abajo, sin retorno y sin memoria.
Después del postre, volvió a tapar la botella de vino. Apretó bien el corcho. Dijo que tenía que trabajar antes de acostarse. Me ayudó a recoger la mesa, mientras yo hacía café para los dos. Cuando el café estuvo listo, me serví un pocillo, y entonces oí el ruido de la puerta al cerrarse, y enseguida la llave en la cerradura, dos vueltas. Se había ido.
Graciela Reyes
AMO A LOS AMADOS
Es una excelente noticia que Los Amados sigan en cartel, en el teatro Margarita Xirgu. En uno de los mejores espectáculos del año, en esta oportunidad el simpatiquísimo grupo que dirige Alejandro Viola realiza un homenaje al maestro cubano Alberto Lecuona. Con una estética kitsch desopilante, el grupo que desde 1989 viene dando muestras tanto de humor como de exquisito virtuosismo musical, monta un show que rescata el bolero y las músicas caribeñas, con todo un estilo.
Caracterizados como centroamericanos de los ´40 y ´50 época del éxito de Lecuona-, bigote obligatorio, peinados brillosos y un vestuario brillante y luminoso de Cristina Villamor, sus canciones alternan con diálogos de humor, en los que impera un impecable acento Caribe.
Karabalí, ensueño Lecuona es el resultado de la investigación sobre Lecuona, compositor de piezas inolvidables como Siboney, María la O, Para Vigo me voy, la del título y tantas más.
Con una esmerada y vistosa puesta en escena aparecen los íconos de Centro América, palmeras, monos y peces- suenan ajustadísimos los instrumentos: cuerdas, trompeta, percusión, y una virtuosa pianista, Analía Rosemberg, encarnando a la nicaragüense Raquelita Jarsinsky, a quien es imposible arrancarle una sonrisa en medio de todo el delirio teatral.
En suma, un espectáculo estimulante, e imperdible. Programado inicialmente sólo para febrero y marzo, el éxito de crítica y público lo mantiene todavía en escena.
El espectáculo trae un bonus, ya que al presentarse en el teatro del Casal de Catalunya en San Telmo, uno pude completar la salida con una excelente cena en su restorán, uno de los mejores de Buenos Aires, con un cochinillo, una parrillada de mariscos o simplemente, la mejor tortilla de Buenos Aires.
Josefina Sartora
LEDA Y EL CISNE
Algunos dicen que la chica estaba caminando a la hora de la siesta por la orilla del río. Hay diferentes versiones, como siempre que pasa algo trascendental. En esta versión, Leda escucha su nombre, mira alrededor, y no ve a nadie. Cree que lo que la confunde es el canto ensordecedor de las cigarras macho llamando a las hembras. Pero no, es otro canto más dulce el que llega a su oído, un gemido, casi, que la relaja y la enerva al mismo tiempo. Mira otra vez y sólo ve un majestuoso cisne blanco nadando por el río. El cisne se acerca a la orilla y Leda cae en un sopor. A veces siente un cosquilleo como de plumas, a veces algo que aprieta sus dulces colinas, de pronto oye un sonido de flauta o de cristales, y algo como un puñal se clava en sus entrañas. Despierta asustada y ve el ojo del cisne que se aleja entre el vapor caliginoso que se levanta del río. Entre sus piernas hay dos huevos azules.
Dicen que de uno de esos huevos azules nacieron Helena y Pólux y del otro huevo azul Clitemnestra y Cástor. Helena y Cástor, como hijos de un dios transformado en cisne, eran inmortales y los segundos, engendrados por Tindareo, el marido común y corriente de Leda, eran simples mortales. Sin embargo, Cástor y Pólux han pasado a la historia como gemelos, y allí están en el cielo, son la constelación de Géminis. Tindareo era rey y el cisne era nada menos que Zeus de modo que todo es posible y hay que creerlo. Si vamos al caso, también Leda era hija del rey de Etolia. La tradición manda, las representaciones de todos estos personajes, en especial, de Leda y el cisne, son infinitas. La imaginación, cuando redunda en imágenes o discursos, solidifica la realidad.
Algunos dicen que Zeus violó a Leda, otros que la sedujo. Ninguna fuente considera culpable a Leda, a quien se ve más bien como una víctima del enajenamiento de un dios.
El arte ha dado infinitas variaciones a la improbable coyunda de una señora con un cisne. Hay una imagen, repetida muchas veces en enseres de la antigüedad grecolatina, en las que la pobre Leda aparece de pie pero encogida y el cisne, que la desborda por todos lados, le clava el pico en la nuca como dominándola, poseyéndola como amo y señor. Leonardo da Vinci y Cesare da Sesto muestran una Leda sonriente, con la cabeza inclinada, acariciando el cuello del animal sagrado y a éste menos posesivo, debilitado, el cuello como arrugado, no completamente erguido.
Por un lado, las representaciones difieren en cuanto a la mayor o menor participación o aquiescencia de Leda, por otro, están las diferentes posiciones. Tintoretto muestra una Leda reclinada, que parece refrenar los ímpetus del pico del cisne. Matisse dirige el pico hacia la boca de la mujer como para hablar y convencerla, el cisne casi parece el Espíritu Santo. En muchas representaciones el enorme pájaro aparece por detrás, sorprendiendo a la mujer: en Cézanne, por ejemplo, quien con originalidad, creo, pone la mano de Leda dentro del pico del cisne.
Naturalmente, el tema de Leda y el cisne ha inspirado a los poetas. Rubén Darío, que ha dedicado varios poemas al tema, considera herido de amor al pájaro “de estirpe sagrada”. Y tiene un poema que se titula “Antes de todo, gloria a ti, Leda” y que termina
¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!
Es lo que digo, antes de todo, gloria a ti, Leda, porque se necesitaba mucho nervio para andar desnuda por la orilla de un río a la hora de la siesta y dar que hablar a tanta gente por los siglos de los siglos.
Leda Schiavo
LAZO DE AMOR
Le dijo que se trataba de una estadística fuera de sí. “Es una estadística fuera de sí. El resultado de haber estado cerca”. Empieza leyéndole a la tía en la cocina de la casa. La percepción de la ignorancia de la mujer. La tía ignoraba el artificio de un texto. Se le podía inventar cualquier cosa que tuviera alguna relación con los dibujos de las páginas y ella lo creería. “Amó a los pobres. Se nota su amor en la corona que bordea su cabeza como en las estampitas. Su pelo rubio ensortijado”. Si la tía preguntaba, se le podía responder que ensortijado iba tanto para las trenzas como para los rulos. Total, no sabía. “Daba a los niños y a los ancianos su corazón, ¿ves como lo está levantando con las dos manos y lo da? Hospitales, bicicletas, casas”. “Hizo un lugar a las mujeres. Yo tuve mi lugar, tu mamá lo tiene gracias a ella”, esto lo sabía muy bien la tía. “Bueno. ¿Y dónde está ahora? ¿Por qué se murió?”
Días y días la lluvia había convertido las calles en ríos de barro. La mujer muerta, la que parecía una estampita, era visitada por miles de personas en su féretro. Estaba hermosa como lo había sido en vida. El temporal no los detenía. Una multitud quería mirarla por última vez.
Centenares de mujeres habían concebido hijos en momentos en que Ella había sido golpeada por la enfermedad. Pero era un secreto, ni ella misma lo sabía, se divulgó más tarde. Su voz de enferma privada llegaba a todas partes, el tiempo era una ráfaga en su garganta ceñida. El aire que se respiraba era de agonía. Sólo había que levantarse en la mañana y desear que la agonía careciera de conclusión, durara aún lo suficiente.
Los vientres de las mujeres crecían en proporción directa a los acotados discursos de ella, que no callaba en público, que al hablarles recibía el eco de todos esos úteros en la soledad mortal del suyo. Cómo se dirían a sí mismas esas mujeres, qué contrastes darían a luz alguna palabra de sus bocas oprimidas. En el útero.
Cuando el temporal arreciaba, algunas de las mujeres prendían velas, de rodillas, en cualquier lugar del país. Una piedra, un cajoncito de madera, podía ser un altar. Casi olvidadas del hijo en gestación, o apenas recién nacido, se deshacían en lágrimas por la muerta querida. Días y noches el funeral ocupó la vida de las personas. Pero antes había sido la agonía disimulada, el renunciamiento. La diaria constatación de la inmortalidad. Sólo un discurso confinado llegaba a los oídos como últimas palabras.
No hubo hijo ahí para albergar. A eso se refiere la estadística. Tal vez sí el concepto. Estaban perdidos. Niños cadáver porque la voz pública, en su amor ilimitado, había distraído el deseo de unas mujeres. El que debía haber sido puesto en el cuerpo del hijo o en su integridad. Y el útero vacío de Ella pendía como promesa de muerte futura que obturaba el horizonte de unas vidas antes de comenzar.
“Ya van a ver. Un día no estaré más”. La promesa de un abandono siempre inminente. Las casas donde el sufrimiento se hace tantas veces insoportable. “No voy a abandonarlos” “Quedaré para siempre en la memoria de ustedes”. Dichos de mujeres distintas en ámbitos separados. Interconectados sin embargo por el trance que vinculaba a una mujer con otra mujer. El útero fecundado de una no le impedía sentir como propio el útero roto de la otra.
Caería una y otra vez la tarde. Llegaría la noche siempre al corazón de todas las cosas. “Vida. Mi vida. La razón. De mi vida”.
Alicia Silva Rey
LISTA VELOZ
Lluvia calle charco reflejo cara saltando camino memoria realidad otoño bravura rozar simulaciones ramas ritmos pensamiento inundación hablada oída metáfora resurgimiento gotas nuevas antes había pedí fuego hacia abajo arriba estrellas milagro conocido agradecí rechacé asumí viento hojas aire frío apagándose encendiéndome mirando dije dudé resurrecciones trébol arqueado inquieto frágil recibí más temblores luna adelante jardín marea perlada puerta llave apuro silla corrimiento ida vuelta situación mesa manos dedos puño sombra papel ojos silencié opacidades paredes ventana vidrio lento borroso continuo escribir relampagueos párpados adentro gente deshaciendo instante casi vacío mareo profundo mudo remolino sangre sorprendida nada nada nada molestia voraz
Néstor Tellechea
EL PATRIOTA INGENIOSO
Después de haber obtenido una audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un papel del bolsillo y dijo:
-Dios bendiga a Su Majestad. Aquí tengo una fórmula para construir una armadura blindada que ningún cañón podrá perforar. Si esta armadura es adoptada por la Armada Real nuestras naves de guerra serán invulnerables y por ende invencibles. Aquí también están los informes de los Ministros de Su Majestad atestiguando los méritos de la invención. Cederé lo derechos sobre ella por un millón de tumtums. Después de examinar los papeles, el Rey los hizo a un lado y le prometió una orden para el Ministro Tesorero del Departamento de Extorsión por un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo- están los planos de un cañón que he inventado que puede perforar esa armadura. El hermano real de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por adquirirlo, pero mi lealtad hacia el trono de Su Majestad y hacia su persona me obligan a ofrecerlo a Su Majestad. El precio es de un millón de tumtums.
Después de recibir la promesa de otra letra introdujo la mano en un bolsillo diferente a los dos anteriores y remarcó:
-El precio del cañón irresistible debió haber sido mucho mayor, Su Majestad, pero el hecho es que los misiles pueden ser tan efectivamente desviados por mi nuevo método de tratar las armaduras blindadas con...
El Rey indicó al Gran Factotum que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo- y dime cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres, señor -dijo el Gran Factotum, completando su escrutinio.
-Dios bendiga a Su Majestad -gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado-. Uno de ellos contiene tabaco.
-Sosténganlo por los tobillos y sacúdanlo -ordenó el Rey-, luego denle una orden por cuarenta y dos millones de tumtums y mándenlo a decapitar. Emitamos un decreto castigando la ingeniosidad con la pena de muerte.
Ambrose Bierce
LAS VÍSPERAS DE FAUSTO
Esa noche de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor Fausto recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca. Se detenía aquí y allá; tomaba un volumen, lo hojeaba nerviosamente, volvía a dejarlo. Por fin escogió los Memorabilia de Jenofonte. Colocó el libro en el atril y se dispuso a leer. Miró hacia la ventana. Algo se había estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: "Un golpe de viento en el bosque". Se levantó, apartó bruscamente la cortina. Vio la noche, que los árboles agrandaban. Debajo de la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la realidad del mundo. Fausto pensó en el infierno. Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder mágico, había vendido su alma al Diablo. Los años habían corrido con celeridad. El plazo expiraba a medianoche. No eran, todavía, las once. Fausto oyó unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la puerta. Preguntó: "¿Quién llama?". "Yo", contestó una voz que el monosílabo no descubría, "yo". El doctor la había reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su criado: "Yo, Wagner". Fausto abrió la puerta. El criado entró con la bandeja, la copa de vino del Rin y las tajadas de pan y comentó con aprobación risueña lo adicto que era su amo a ese refrigerio. Mientras Wagner explicaba, como tantas veces, que el lugar era muy solitario y que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar la noche, Fausto pensó en la complaciente costumbre, que endulza y apresura la vida, tomó unos sorbos de vino, comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó seguro. Reflexionó: "Si no me alejo de Wagner y del perro no hay peligro".Resolvió confiar a Wagner sus terrores. Luego recapacitó: "Quién sabe los comentarios que haría". Era una persona supersticiosa (creía en la magia), con una plebeya afición por lo macabro, por lo truculento y por lo sentimental. El instinto le permitía ser vívido; la necedad, atroz. Fausto juzgó que no debía exponerse a nada que pudiera turbar su ánimo o su inteligencia.El reloj dio las once y media. Fausto pensó: "No podrán defenderme". Nada me salvará. Después hubo como un cambio de tono en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y continuó: "Más vale estar solo cuando llegue Mefistófeles. Sin testigos, me defenderé mejor". Además, el incidente podía causar en la imaginación de Wagner (y acaso también en la indefensa irracionalidad del perro) una impresión demasiado espantosa.-Ya es tarde, Wagner. Vete a dormir. Cuando el criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja el plato del pan y la copa y se acercó a la puerta. El perro miró a su amo con ojos en que parecía arder, como una débil y oscura llama, todo el amor, toda la esperanza y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un ademán en dirección de Wagner, y el criado y el perro salieron. Cerró la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación, la mesa de trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no estaba tan solo. El reloj dio las doce menos cuarto. Con alguna vivacidad, Fausto se acercó a la ventana y entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde vacilaba, remota, la luz de un coche."¡Huir en ese coche!", murmuró Fausto y le pareció que agonizaba de esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como si en vez de la noche encontrara el día en la ventana, concibió una huida hacia el pasado; refugiarse en el año 1440; o más atrás aún: postergar por doscientos años la ineluctable medianoche. Se imaginó al pasado como a una tenebrosa región desconocida: pero, se preguntó, si antes no estuve allí ¿cómo puedo llegar ahora? ¿Como podía él introducir en el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó un verso de Agatón, citado por Aristóteles: "Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió". Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para él. Quedaba, todavía, una escapatoria: Volver a nacer, llegar de nuevo a la hora terrible en que vendió su alma a Mefistófeles, venderla otra vez y cuando llegara, por fin, a esta noche, correrse una vez más al día del nacimiento.Miró el reloj. Faltaba poco para la medianoche. Quién sabe desde cuándo, se dijo, representaba su vida de soberbia, de perdición y de terrores; quién sabe desde cuándo engañaba a Mefistófeles. ¿Lo engañaba? ¿Esa interminable repetición de vidas ciegas no era su infierno? Fausto se sintió muy viejo y muy cansado. Su última reflexión fue, sin embargo, de fidelidad hacia la vida; pensó que en ella, no en la muerte, se deslizaba, como un agua oculta, el descanso. Con valerosa indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir o de quedar.
La campana del reloj sonó...
Adolfo Bioy Casares
LA TAREA DE ABLANDAR EL LADRILLO
La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicadode girar el picaporte, ese acto por el cual todo podria transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada dia y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por que estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.
Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y aceptar taimadamente su nombre de nube, su replica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por que te los daria? Solamente vendra lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y timbla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso.
¡Oh cómo cantan en le piso de arriba! Hay un piso arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido.
Cuando abra la puerta y me asome la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.
Julio Cortázar
EL NO-HACER
La mera omisión no es suficiente no-hacer; invención de una nueva dignidad: la omisión por Acto.
El no-hacer-nada, o simplemente, el No-Hacer no es un género en el que se hayan hecho todos los progresos; véase en lo aquí narrado cómo podía enriquecerse todavía el noble género: Se titula el sensato cuento: "La Diosa Omisión" o "El Taller del Ocio".
En aquella Estancia donde nadie hacía nada hubo un día en que los habitantes se alegraron al divisar que iba llegando lenta, descansadamente, una persona que no conocían. Los que llamaremos estancistas tenían por momentos la incomodidad de dudar de si no faltaría todavía algo que dejar de hacer, que a lo mejor habían descuidado de omitir; y este desconocido de tranquilo andar, por su desgarbo y modos reposados, expresión personal de contento y despreocupación, parecióles que tenía todo el aire de ser un experto en el no-hacer y el no-suceder, que eran las cosas en que vivían colaborando los estancistas sin discrepancia, y también sin jactancia, pues ya digo que no estaban satisfechos del todo, sospechosos de hallarse, sin darse cuenta, omitiendo todavía alguna omisión.
Sí, el desconocido calmoso debía traer un algo que se pueda no hacer, una ampliación del catálogo; en efecto, y no en efecto, es decir parcialmente en efecto, el desconocido no era tal genio del no-hacer y había tenido la fortuna de que, por casualidad -pues por investigación y trabajo nunca halló ni buscó nada- conoció en la ciudad el precioso vivir del burocratismo.
Explicó a los estancistas, una vez que se les hizo amigo y fue invitado a quedarse eternamente (aunque no fuera más que por no tener el trabajo de no quedarse) y a cooperar e identificarse con todo el no-hacer del Establecimiento, que había algo que añadir al puro no-hacer; éste era incompleto, carecía de su elegancia que fue siempre la belleza esencial de la Omisión, porque faltaba un ingrediente primario de la ociosidad que él descubrió en toda oficina del Estado, donde no sólo se le imparte al empleado nuevo en seguida la prohibición de hacer sino que se les hace firmar un horario de presencia en la oficina, y, para que su no hacer se vea, se le encarga confeccionar toda clase de memorias o informes, lo que no es trabajoso porque consiste simplemente en arrancar páginas de cualquier novela y firmarlas. Además, el recién llegado, y el ya empezado a quedarse, añadió una extraordinaria información, a saber, la de que los desocupados de Puerto Nuevo, con abundantes razones, se habían quejado del exceso de horario previendo que, por el espíritu de contradicción, el Gobierno decretaría prestamente el aumento de aquél.
Así empezaron en la estancia las memorias e informes de capataz, de proveedor, de cocinera, con otras tantas páginas de novela que quizás, bien encuadernadas en un solo tomo, constituirán la novela modelo de continuidad.
Esto era la autenticación del No-Hacer, que es lo que les había faltado siempre a los estancistas.
Macedonio Fernández
De Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
Apunte callejero
En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los kioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar. Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda.
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
Oliverio Girondo
Diario de un día
Un grupo de artistas de Quilmes (
Sonia Otamedi, Hilda Paz, Claudio L. Pérez,
Alicia Silva Rey y Néstor Tellechea)
hemos creado el Diario de un día,
publicación en papel (de distribución gratuita) y virtualwww.dud-diariodeundia.blogspot.com)
de aparición y temática aleatoria.Nuestro Nº 0 fue pensado y editado
como un ejercicio de memoria y reflexión
sobre el tema de los desaparecidos
y los Derechos Humanos.
Hemos seleccionado textos de
Osvaldo Bayer, Daniel Moyano, Claudio Martyniuk,
Antonio Di Benedetto, Rodolfo Walsh,
Armando Tejada Gómez y Miguel Angel Bustos,
que publicamos junto a notas
y obras plásticas nuestras y de colaboradores.
Se imprimieron 500 ejemplares en papel (formato tabloide).
350 ejemplares fueron distribuidos en la marcha del 24/03/2009.
El resto se puede obtener en librerías e instituciones de Quilmes.
La propuesta es que visiten el blog y nos hagan llegar
sus comentarios sobre la publicación a
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