Número 104 - Junio 2009

AGENDA CULTURAL

AÑO XI - N° 104
JUNIO 2009
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431

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Sonia Otamendi

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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales en el extranjero.
Con una  tirada  de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui, está en la calle los días primero de cada mes.

Se ruega citar la fuente de los textos que se reproduzcan.

 

 

 

 

20 DE JUNIO DE 1820
Dice Mitre

...”Así murió y fue enterrado el General Belgrano en medio de la anarquía que devoraba a la República Argentina y de la indiferencia pública que por algún tiempo más, siguió pisando la losa de su sepulcro,  sin sospechar que allí se encerraba la más pura y una de las más altas glorias de la patria independiente y libre, merced a sus esfuerzos  y a sus largos trabajos”.    

 

 

NOTAS 

DE NUESTRA RARA ESPECIE
Fernando Anguita B.

UN CIERTO CONCIERTO BARROCO
Carlos Córdoba

MANZO O LA BELLEZA DE LO SINIESTRO
Miguel Ángel Morelli

NIÑOS DE LLULLAILLACO
Claudio Pérez

LAS MANOS
Graciela Reyes

SOBRE EL DIARIO DE ALFONSINA, de Jorge Cabrera
Alfredo Rosenbaum

LAS PUERTAS
Leda Schiavo

 

OTROS TEXTOS 

CARTA DE IDEA VILARIÑO A BENEDETTI
Idea Vilariño

LOS BOMBEROS
Mario Benedetti

VIALIDAD
Julio Cortázar

EL DESTINO DEL LIBRO
Julián Marías




NOTICIAS

ADIÓS A  DOS ENTRAÑABLES ORIENTALES
El 28 de Abril murió en Montevideo, Idea Vilariño cuando la agenda de Mayo ya estaba en prensa. Hace pocos días, el 17 de Mayo, se fue Mario Benedetti.

 

EL MUSEO  ROVERANO SE SACUDE LA MODORRA

 

DIARIO DE UN DÍA

 

EL MUSEO  ROVERANO SE SACUDE LA MODORRA

El “despertar” de nuestro museo de artes audiovisuales ha contagiado entusiasmo e interés entre los artistas plásticos, los sectores de la cultura y la comunidad toda, que ha percibido que algo distinto está sucediendo. Para conocer más en detalle la programación conversamos con Ludovico Pérez (Asesor en Artes Visuales) y Norma Cistaro (Directora de Artes Visuales).
Lo primero que ambos quisieron destacar en la charla fue el empuje y la colaboración que reciben desde la jefatura municipal a través de la Secretaria Cultura, Eva Ramírez y del Subsecretario de Cultura Héctor Bandera, así como la colaboración y empeño de todo el personal del museo tras la concreción de los objetivos que proponen.
El Museo no cuenta con un presupuesto propio, como sería deseable, pero aún con esta limitación Norma y Ludovico quisieron dejar en claro el importante apoyo del ejecutivo comunal que recibe el museo y que les permitió reparar los techos para evitar las filtraciones que atentaban contra las obras expuestas y construir los baños para el público.
Nos parece importante marcar dos temas que los responsables del área se abocaron a resolver apenas fueron propuestos para esas funciones: Uno fue la restauración de la obra patrimonio del Museo que encararon con conocimiento, vigor y decisión, lo que les permitió realizar luego las dos exposiciones del patrimonio artístico que los vecinos de Quilmes hemos puesto bajo el cuidado de la autoridades del Museo Roverano y que no veíamos hacía ya tiempo. El otro es el de la puesta en vigencia de un inventario del patrimonio del museo (nosotros nos atrevimos a sugerirles que se haga extensivo a todas las áreas que disponen de obra) que nos permita saber qué obras efectivamente tenemos, en qué estado se encuentran y dónde se hallan físicamente.
Otra de las tareas que se pusieron al hombro ha sido abrir el Museo a los artistas plásticos de Quilmes, que habían sido raleados de sus salas por la administración villordista. Así, después de las dos exposiciones de las obras del patrimonio, siguieron las de Enrique Rocca y la restrospectiva antológica de Manuel Oliveira que aún se expone y de la cual algunos colores que desbordaron el Museo se exhiben en la Casa de la Cultura. Norma nos comenta que tienen un plan de muestras elaborado hasta fin de año que nos permitirá a los quilmeños ver la obra de nuestros grandes artistas. Ya están comprometidos Leandro Manzo, Hilda Paz, y otros, y también se inaugurará una muestra de obras de Aldo Severi.
También en junio piensan sacar a la calle la publicidad sobre una actividad que saludamos fervorosamente porque entendemos que es función del estado municipal en el área de la cultura propender a la creación de bienes culturales de manera efectiva: este año se llevará a cabo el Salón Bienal de Arte Quilmes 2009, para pintura, con primeros premios adquisición de 20.000; 15.000 y 10.000 pesos respectivamente.
Con alegría y compromiso por el trabajo a realizar, las autoridades del museo nos comentan que están en marcha los concursos de manchas “Pinta tu aldea”, que se desarrollan en distintos espacios significativos del partido (Parque de la Cervecería, Club Náutico, Estación de Ezpeleta, etc.). Se está exponiendo obra de autores locales en el Museo Histórico Regional Alte. Guillermo Brown, de Bernal, y llevando a cabo visitas guiadas para alumnos de las escuelas de nuestro partido al Museo Roverano. Estas pueden coordinarse telefónicamente en el tel.: 4224 5336.
En conjunto nos parece que la tarea que se está desarrollando desde el área de Artes Visuales merece el reconocimiento y apoyo sostenido desde el municipio y desde la comunidad. También sugiere la necesidad de realizar los ajustes y modificaciones necesarias en la esfera de lo político/administrativo para que esta dinámica y direccionalidad no queden sujetas al empuje y voluntad de los eventuales designados en el área, que en este caso la desarrollan con eficiencia y criterio, sino insertas en el marco de una política cultural que garantice su continuidad y profundización.

 


DE NUESTRA RARA ESPECIE

Espero no escandalizar a nadie por la interpretación que me sugiere la siguiente cita de Nietzsche:
«El vivo es una especie de muerto, y una especie muy rara».
Anticipo que mi interpretación es positiva, es decir que no conduce al  desánimo o al pesimismo, antes al contrario.
Si en nuestras ciudades, Madrid o Buenos Aires por ejemplo, alguien se parase en medio de la calle a una hora punta y encaramado a una banqueta arengase a los passerby para decirles que el estado primordial (y fundamental) no es estar vivo, sino muerto, es probable que antes de un cuarto de hora apareciesen los loqueros o los guardias para llevarse al orador.
Sin embargo, y para empezar con cifras, un simple cómputo grosero de los "vivos" en el instante de la arenga, en otro posterior o en cualquiera, arrojaría una apabullante mayoría a favor de los "muertos"; mayoría,  o ventaja si se prefiere llamarla así, imposible de invertir. A la secuencia del cómputo, de la cantidad, sigue la de la calidad y esa, simbólicamente, es también imbatible: permanecerá per secula seculorum. La importancia del ser muerto es completa y definitiva; salvo consideraciones nostálgicas (irremediablemente pasajeras) es la única que cuenta para la celebridad. Que a todos, los más longevos incluidos, nos tocará estar infinitamente más tiempo muertos que vivos es la clave de la rareza que califica el filósofo. Está bien claro, lo "raro", también podríamos decir lo "breve" es la presencia animada, consciente, en el infinito universo de materia inconsciente a la que por supuesto todos nos incorporaremos.
Y no es la mínima materia de esta tierra cercana la que cuenta, sino la sideral toda. Basta pararse unos minutos a contemplar el cielo en una noche estrellada y tranquila, y la medida de nuestra insignificancia (otro análogo de rareza) nos abrumará. El sentimiento de excepción cobrará completo sentido entonces para, en contraposición, elevar al "estar muerto" al primer plano de todas las consideraciones. Nadie es definitivamente importante hasta que deja de cambiar.  
Una cita de Borges me ayudó hace unos años en estas páginas a despedirme de un amigo radical. No deja de asombrarme la comunidad de sentido que las palabras que entonces copié tienen/tuvieron con las de Nietzsche. Poco de particular hay en la coincidencia salvo que emocionalmente las circunstancias no son comparables.
El lector habrá adivinado ya que el fallecimiento de dos hombres ilustres es el que ha dictado mi breve reflexión. A la estrecha distancia de tres días se despojaron de su rareza Carlos Castilla del Pino y Mario Benedetti. El primero en Córdoba, España, cerca de la "Casa del Olivo" la prolongación pétrea de su ser; el segundo en Montevideo, Uruguay, la ciudad que empapa su obra literaria casi por completo.
En mi compacta biblioteca, aseguradas las ideas en el estatismo de sus libros, los de Castilla especialmente, sustanciaron mi devenir. Nietzscheanamente es ahora cuando ellos, los autores, dejaron de ser raros, aunque para mí nunca lo fueron: también sus "pretéritos" han dejado de ser "imperfectos".

Fernando Anguita B. 

 

UN CIERTO CONCIERTO BARROCO
A propósito de Concierto barroco, de Alejo Carpentier

No se trata de una novedad editorial. Es éste uno de esos textos que nuestra lengua nos tiene reservados para nuestro placer, siempre ¿Será éste el sentido de los llamados clásicos? No distraerse, sigamos con la obra compuesta, perdón, escrita por el cubano Carpentier. En este escrito de 1974 ¿Ecos de cuál de los barrocos encontramos? Esto dependerá de la apertura, de la experiencia del lector, ya que por parte del escritor, investigador, erudito, musicólogo que todo eso conjuga Carpentier con maestría tal que no se nota-, todo puede ser. ¿Del de las letras latinoamericanas del siglo XX? ¿Del europeo que va de 1600 a 1750? ¿O de ese otro barroco americano, el de las artes, la música, en el que se da un rico entramado de la forma europea con el aire, la sensibilidad y los materiales de nuestras tierras?
Podemos leer la novela como si fuera una partitura de un concierto barroco, con sus distintos movimientos/capítulos, con sus cambios de tempo y paulatinamente también de tiempo, ya que en la música/literatura de hoy pueden coexistir la de todos los tiempos.
En el primer capítulo las palabras, la acción, los espacios, los personajes tienen su carnadura histórica y literaria que podríamos reconocer como barroca. En él todo es grácil, ágil un típico allegro inicial. No hay intención de realizar una arqueología de la lengua, de reproducir el habla, la escritura del barroco. Hay recreación, está su espíritu dentro de una obra que no oculta que es del siglo XX. Y aquí tengo que adelantar algo: en un momento los personajes, el Indiano, su lacayo negro Filomeno, Antonio Vivaldi (sí), Domenico Scarlatti y Georg F. Händel buscan un momento de sosiego, bucólico, en el cementerio de Venecia. Allí encontrarán la tumba de Igor Stravinskyi (1882-1971) -¡si! ¿no les había anticipado que también la variación era temporal?-. Esto permite una serie de ironías al autor… y a la vez nos presenta un espejo donde éste se mira: ambos han utilizado el mismo procedimiento creativo. Carpentier en esta obra (entre otras) y el ruso contemporáneo, en la ópera recientemente montada en Buenos Aires The rake's progress (La carrera del libertino) en la que utiliza el clave y el recitativo, y tiene por modelo a recrear, el de las óperas de Mozart. En Zama, novela del argentino Antonio Di Benedetto, podemos encontrar un trabajo con la lengua del mismo cuño e intención.
Y los capítulos se suceden como siguiendo la forma habitual del concierto barroco, alternando un movimiento (música) vivaz con otro lento. El final tiene un solo de Louis Armstrong (ya sé que a esta altura nada les sorprende)… y si tenemos vibrando en el aire, como un coral, la expresión barroco americano, esta última palabra se prolongará, como una fuga de Bach. Volvemos a pensar, luego del paso por Europa, en América, en su identidad y en su destino.

Carlos Córdoba

MANZO O LA BELLEZA DE LO SINIESTRO

La nueva muestra de Leandro Manzo (Colegio de Abogados, Alvear 414, Quilmes) se titula “La mirada oblicua del Arte”, y el rótulo constituye toda una declaración de principios: es que el artista sabe que sólo puede definirse como tal a aquella expresión del quehacer humano que devenga ante el Otro lo suficientemente ambigua como para asentirle al menos una nueva lectura. Por eso las diecisiete obras que la conforman (curaduría de Jorge Casanello)  declinan con naturalidad cualquier anécdota y para terminar delegando en el espectador la tarea de cerrar su carácter de “obra abierta”.
Hay, por ejemplo, un “Boceto para retrato de Papa” que tributa a aquel Francis Bacon obsesionado durante años por Velázquez y su Retrato de Inocencio X. Pero si bien queda claro que el maestro dublinense es un referente importante para Manzo, no es menos cierto que allí donde Bacon juzga y descarga su cinismo más desesperanzado, nuestro pintor se limita a enunciar apelando al guiño, la ironía sutil (cuando no se permite un deslizamiento por zonas no exentas incluso de ternura, cosa impensada en el iracundo Bacon).
Otro aspecto que resulta interesante en Manzo es el manejo que hace tanto de la luz como de su ausencia. Con maestría, con notable precisión, su paleta se sirve frecuentemente de ambos extremos para devolvernos atmósferas de gran intensidad. Así, mientras de a ratos la oscuridad se vuelve metafísica ante nuestros ojos (“El Asalto”), o devastadoramente inquietante (“Pueblo con pesadilla”), o tan abrumadora que lastima (“Pájaros comiendo ajusticiados”), en otros casos es la abundancia de luz la que sirva para conducirnos aunque resulte paradójico por terrenos no menos perturbadores (“Trampa para pájaros”, “Cabaret”) o lisa y llanamente zumbones (“Animalito escondido y lobo”, “General en pose”).
Por lo demás, hay que decir que sustentando al colorista subyace un dibujante notable: apenas dos o tres trazos le bastan a Manzo para mostrar su virtuosismo. Dos o tres trazos que pueden constatarse tanto en “Señora recostada” (¡bellísimo!) como en “Dibujo sin ganas”, adonde el artista simula un desentenderse de la obra resignándola a pinceladas rápidas, pero no sin antes mostrarnos un logradísimo rostro encubierto por las sombras. La misma operación de la que se vale en “Retrato con vampiresa”, aunque aquí las inscripciones fálicas en el cuerpo de una mujer denuncian a la vez otro tipo de lecturas que nos remiten directamente al campo de la psicología. Claro que también hay lugar para la síntesis: “Mascarón de buque fantasma”, de extraordinaria belleza, está a un paso apenas de la abstracción.
Y hemos dejado para el final la que a nuestro modesto entender es la obra en la cual Manzo pone en juego su propia concepción del arte: se trata de “La modelo del pintor”, que sintetiza una de sus principales obsesiones (acaso la misma obsesión que sobrevuela toda la muestra que no ocupa y, por qué no, buena parte también de su fecunda trayectoria): la belleza parece decirnos es siempre siniestra y la tarea del artista no es otra que la de enmendar los errores de la naturaleza. Lo que equivale a volver al título de la exposición: al creador le ha sido dado mirar al mundo tan sólo de modo sesgado, su abordaje de la realidad ha de ser siempre a través de una mirada necesariamente oblicua. Y este precepto cifra a la vez su salvación y su ruina.
Si no la visitó todavía, corra a verla. Hasta el 4 de junio hay tiempo para entender por qué decimos que Leandro Manzo es uno de los principales exponentes de la plástica argentina contemporánea.

Miguel Angel Morelli

NIÑOS DEL LLULLAILLACO

 

“ …decía la muchacha: acaben ya conmigo que para fiestas 
bastan las que en el Cuzco me hicieron.
Lleváronla a un alto  cerro, remate de las tierras del Inca, y,
hecho que fue el depósito, la bajaron a él y emparedaron viva”

Hernández Príncipe, 1601

 

       
No sé si lo terrible que les ha sucedido a estos Niños del Llullaillaco fue haber vivido en una sociedad teocrática o la muerte o la exposición de sus cadáveres. No sé si fueron niños, aún cuando nos empeñemos en nombrarlos de este modo. No sé por qué niños muertos hace más de 500 años me impresionan de esta forma si aquí mismo en Salta, en Jujuy, en Tucumán, y otras partes del país, mueren niños por causas evitables. No sé si me conmueven sus vidas, sus muertes o el hecho de que, de alguna manera, se haya torcido una vez más la voluntad de pueblos diezmados, sin opciones.
Una gran confusión, es la que siento después de haber visitado el Museo de Arqueología de Alta Montaña, en la ciudad de Salta.
El museo fue creado para “resguardar, estudiar y difundir el hallazgo de los Niños de Llullaillaco”, uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de los últimos años. A 6700 metros, en un adoratorio de altura de la cultura incaica, fueron hallados en 1999, La Doncella (15 años), La Niña del Rayo (7 años), El Niño (6 años) y sus importantes ajuares.  Tres cuerpos congelados que fueron sacrificados hace más de 500 años en una Capacocha o Capac Hucha, una obligación imperial y una ceremonia mediante la cual se honraba al dios sol. “Sembramos muertos para cosechar vivos”, nos dicen que decían los Incas.
Algunos habitantes de la ciudad, descendientes más cercanos de los Incas que nosotros, los que nacimos a la orilla de los grandes ríos, sostienen que no se trató de un sacrificio ritual, tratando de alguna manera, a mi entender, de purgar un pasado que sienten que los incrimina. Yo creo que fueron ofrendados a los dioses. Dos de ellos tienen el cráneo deformado artificialmente (una manera de destacar su belleza) como se hacía con los niños que se enviaban al Cuzco para ser prometidos en matrimonio a familias de otras comunidades que formaban el imperio o con los que se reservaban para el culto.
El ajuar de las niñas que se expone en el museo está compuesto por mantas, prendas de vestir, ojotas, bolsas y una buena cantidad de pequeñas muñecas (10 cm de altura), con cuerpos de oro y plata, sin extremidades ni detalles faciales, ropas tejidas y tocados de plumas muy pequeñas de colores vivos y definidos. El niño, además de la vestimenta, estaba acompañado por un rebaño de llamas de oro y plata, también muy pequeñas (6-8 cm), un par de muñecos y unas hondas.
El cuerpo que vi, el de La Doncella (se exponen de a uno, en una campana de vidrio a muy baja temperatura, y se alternan cada seis meses para permitir que el resto se siga estudiando) está sentado sobre las piernas cruzadas y en perfecto estado de conservación, con el pelo y la piel intactas. No sé si algo aportará la exposición del cuerpo a neófitos en la materia como yo. Creo en realidad que no es significativo el haberlo visto. La historia sí, como ya comenté, me disparó interrogantes en todas direcciones, una necesidad de tratar de pensar no el sentido de los hechos, que ya ha sido reiteradamente explicitado, sino sus detalles menores, sus secretos, los que estoy seguro seguirán sin revelarse. Por un momento traté de imaginar los últimos instantes en las vidas de esos tres niños, criados tal vez para lo que se consideraba un destino trascendente. Deseé que se les hubiera administrado algún tipo de alucinógeno o anestésico que mitigara la oscuridad, el frío, la soledad  de la noche en la montaña y les evitara estar concientes en ese momento trágico en el cual ellos estuvieron, a la vez, lejos de los hombres y lejos aún de los dioses.

Claudio L. Pérez

LAS MANOS

De noche, Anastasio se mete fácilmente por las ventanas. Siempre hay una mano que cuelga a un costado de la cama, enfriándose, o alguna mano olvidada, durante el sueño, debajo de la almohada o encima de otro cuerpo dormido. Queda una mano perdida, con frecuencia, entre papeles y libros, leyendo las palabras nunca escritas, o escribiéndolas en vano.
Hay muchas manos perdidas en los tranvías que vuelven lentamente, a la madrugada, dejando el río atrás. Anastasio se queda de pie en la mitad del pasillo y las descubre enseguida, sobre un pantalón rayado, sosteniendo mal un paquete de papel de diario, dormidas sobre un libro abierto o apoyadas en la ventanilla, impregnándose de azul y de claridades fugaces.
En los cafés vacíos, muchos se olvidan de una mano, que queda junto al azucarero, desconcertada por la soledad. En los zaguanes, en los umbrales oscuros donde hombres jadeantes derraman semen sobre las piernas cerradas de sus novias, las manos se caen y poco a poco la humedad las arquea: parecen mendigos pidiendo una ilusión.
En verano, cuando los parques de faroles rotos huelen intensamente, en los bancos pintados de verde y detrás del monumento a un héroe o de la calesita encapuchada, y cerca de la fuente y en el lugar cercado en que está el retoño del ombú histórico, muchos dejan una mano, tan absortos van en sus búsquedas imposibles.
Y cuántas manos quedan dentro de los bolsillos, manos crispadas, que juegan con monedas, arrollan boletos de tranvía, aprietan pañuelos, y allí quedan cuando las mujeres y los hombres que trabajan en el turno de noche vuelven a su casa y se quitan la ropa, exhaustos, para dormirse a la sombra de su desesperanza.
Anastasio las recoge con cuidado. Descarta las que están muy usadas, las que tienen sabañones o callos, las que están heridas, y tampoco guarda las demasiado suaves, que son sosas, y las de los masturbadores continuos, que tienen un gusto desolado. Las que le parecen buenas, las recorta por delante de la apófisis estiloide del radio, las lava con agua tibia y las cocina un buen rato en agua y en su propia sangre. Se van arqueando, hacen gestos, se entrelazan, desprenden chorritos de grasa y los olores múltiples, vivos, de la ciudad, que forman un conjunto dulzón. A Anastasio le gustan bien oscuras y tiernas. Los dedos, sobre todo, son exquisitos.

Graciela Reyes

Sobre el Diario de Alfonsina, de Jorge Cabrera

En el libro, la dedicatoria: “a los lectores de Alfonsina, a los lectores de poesía”, instaura la operatoria fundante de los poemas y del sujeto que los sostiene: la actitud lectora no como un acto de contemplación del otro, sino como un acto de apropiación, de fagocitación y sinergia con el otro, con la voz y el cuerpo del otro: un acto de comunión, y, en los bordes de lo melodramático, un acto de amor podría decirse. La dedicatoria también equipara en su paralelismo la figura de Alfonsina con la poesía toda (“a los lectores de Alfonsina, a los lectores de poesía”) en una rima que repone una simbología de tal potencia que tiñe la totalidad de los versos que la continúan: la voz de Alfonsina, esa que leemos, es la de la poesía, cuerpo y palabra son la misma cosa, porque leer poesía, para este texto, es leer un cuerpo, sus huellas, recorrerlo en su superficie, acariciarlo y anhelarlo.

¿Pero cuál es la voz, quién dice “yo voy a morir” en estos textos? En una primera instancia la voz-cuerpo de Alfonsina es atravesada por otra voz, la de nuestra otra muerta futura. La gran suicida de la poesía argentina. Alejandra está allí como presencia constante, como la voz-espejo que se pliega en el tiempo de Alfonsina, en su diario morir, para contagiarle su halo y mucho más, para fundir texto con texto, escritura con escritura, para hacerse una sola voz. Una solidaridad entre poetas suicidas se establece en el texto, como una filiación, o una genealogía, pero al revés. Y esa inversión señala también la inverosímil inversión de fechas de un diario, ese pliegue de la muerta futura en la muerta presente se hace permeable a la confusión de cronologías, el escándalo del efecto precediendo a las causas: del diario intimo y su agobiante visión microscópica del día a día, el libro, al invertir las fechas (1938, después 1925), se torna búsqueda de causas, arqueología de huellas.

Por otra parte, esa solidaridad de voces es, a la vez, una solidaridad de género, y ahí está Safo para señalar, en la construcción de lo femenino, la ligazón entre deseo y muerte; dice: “Un deseo apasionado me posee/de morir”. Pero ¿quién cumplirá los deseos de esos cuerpos-voces del suicidio? ¿Quién se declara “de pie como Emma al borde”, quién dejará caer a Alfonsina en las aguas agitadas del Leteo marplatense?
Y aquí surge la complejidad mayor de estos poemas, esa otra voz que se convoca desde los fragmentos de las poetas, esa voz como huella que es la voz de la lectura, concebida como escritura. Esos lectores, voyeures de este Diario de Alfonsina, se descubren rápidamente involucrados por el juego de duplicaciones, de multiplicaciones, cintas de Moebius que trastocan de sujeto en sujeto, de voz en voz, de cuerpo en cuerpo, tiñendo a cada uno con las huellas del otro: Alfonsina leída por Alejandra leída por Jorge leída por. Y así, y siempre dejando caer al otro, el lector dejando caer al texto en el vacío, abandonándolo a su muerte. “Escribo mi huella”: si la lectura es escritura –y en este lugar parecen afirmarse estos poemas- es la voz escamoteada de este texto, casi escondida, la que produce esa fusión en el agua de dos voces que entonces son tres: las dos voces de las suicidadas, con sus múltiples juegos de espejos, y una voz-huella, que las funde, las reproporciona, las redirecciona, las ancla en su propia cadencia.

Me pregunto entonces si en un juego infinito de voces que se espejan, que se funden unas en otras, que se constituyen permanentemente como subjetividad y que parecen fagocitar todo cuerpo en los devenires entre lectura y escritura, existe la posibilidad del otro, de ese cuerpo que está afuera, que me es extraño, que está fuera de mí.
En la segunda parte del libro (1925) y a partir de esta compleja y sutil construcción de la voz, el texto responde: todo el deseo de lectura construido hasta aquí es un deseo del otro, y el otro será siempre el que me deja solo (sola), en una situación de vacío. El epígrafe de Pizarnik: “Recibe este amor que te pido. Recibe lo que hay en mí que eres tú.”,  ¿a quién le habla en este libro? ¿a ese otro (varón) que la abandonó (a Alfonsina, a Alejandra), que la dejó como una mujer pequeñita, como una  muñeca corriendo bajo un aguacero? ¿Vacío de palabras que no puede cubrirse? ¿Un hombre, un nombre? ¿o se está hablando a sí misma en los versos de los poemas de los que pende como un hilo-cuerda floja a punto de romperse? Tal vez le hable a la otra, la lánguida, la suicidada de palabras, la enferma, la otra del espejo, o al que lee y escribe su huella. En todos los casos, en cualquiera de los casos, estar sin el otro es dejar de ser: ser y estar se funden en el acto de leer, en una sola cosa: “Estoy como soy. Estoy como mirarse en los ojos de un muerto”.

Es en esta serie de interrogantes que se teje este Diario de Alfonsina, este diario que se tensa en una voz múltiple que no quiere resignarse a desaparecer, que quiere siempre seguir persistiendo en ese otro que la lee, como fragmento, o como promesa. Así, en el último poema, leo:
“En pequeño papel de seda guardo. Guardo
                   Lo que queda de tu nombre. Lo que pueda
                   Ser guardado: lo único mío.”

 

Alfredo Rosenbaum

 

 

LAS PUERTAS

Hace poco decidí volver a vivir en la casa donde nací, después de un periplo que me llevó por los mares del mundo durante treinta años. Al lado de lo mío, el viaje de Ulises, que tardó veinte años en volver a Itaca, es una pavada. Odisea, la mía, aunque su viaje llene las bibliotecas y todos lo admiren. A mí, ni siquiera el perro me reconoció, como hizo Argo con Ulises,  porque claro, después de 30 años, era otro perro y no el fiel compañero de mi infancia. La nodriza hacía rato que estaba en el cementerio y no se pudo fijar en mis cicatrices, como  hace Euriclea, porque las mías, en el fondo, no eran más que psicológicas.
Pero dejémonos de odiosas comparaciones y vayamos a lo que quiero contar. Para conjurar a los fantasmas que habitan la casa, en la que ya vivían mis abuelos y en la que fueron muriendo uno a uno, después de ellos, tíos, tías, primos, progenitores, bastardos de confusa progenie, perros, canarios, y hasta los caracoles que criaba mi abuelo, me dediqué a derribar paredes y a ampliar así los ambientes, digamos que para personalizar la casa.  Tiré abajo una pared de la cocina, para unir cocina y comedor, uní dos dormitorios demoliendo la pared intermedia. En fin, para no entrar en detalles, les diré que derribé todas las paredes que pude.
Cuando uno tira abajo las paredes, le quedan sin destino fijo las puertas intermedias. Las mías son unas bellas puertas de madera maciza y, al sacarlas, las fuimos apilando en la terraza cubierta que hay en el fondo. Hicimos de todo, revocar lo dañado, lijar, enduir, pintar, luchar a brazo partido con la humedad, pulir los pisos; cubrimos todas las etapas que este tipo de refacciones impone.
Las puertas siguen allí, contra la pared de la terraza, apiladas en forma vertical. Fui tirando o regalando las cosas, pero no pude desprenderme de las puertas. Cada vez que paso las miro y cada vez que las miro se me estruja el corazón. Esas puertas que ya no conducen a ninguna parte son como una metáfora de la vida: primero cumplen una clara función, están ahí, nadie las cuestiona; luego pasan a ser inútiles, a ser una carga física y metafisica.
Siguen estando ahí y yo no quiero tirarlas, ni regalarlas; son viejas pero son hermosas, y han vivido, han cumplido con su papel. El problema es que ahora cuestionan la realidad, como los cuadros de Magritte. Por ejemplo, ese cuadro que tiene una ventana con un vidrio roto, y el vidrio reproduce en el suelo el mismo paisaje que se ve por la ventana.
Las puertas apiladas contra la pared  representan el pasado y el futuro, el lado de acá y el lado de allá, lo vivido y el porvenir, aunque no tienen presente. Ante una puerta sacada de sus bisagras se te presenta el dilema de no saber en qué tiempo estás cuando mirás el vano, hay como un vacío que te chupa hacia el delantal del colegio, el triciclo, los patines, la calesita o hacia lo desconocido, el resumidero, la gouffre.
El vano de la puerta no existe, no se puede definir si no se habla del marco que lo contiene. El vano es el presente, que no es.
Por eso son tan inquietantes esas puertas apiladas,  y hasta que no resuelva esta pesadilla, las tengo que dejar ahí, hermosas por vulnerables; etéreas, circunscribiendo el vacío.

Leda Schiavo

CARTA de Idea Vilariño a Mario Benedetti

Espero que a esta altura ya haya quedado atrás toda tu historia de piedras y cesáreas. Aquí hicimos una especie de correo Claps, Jaunarena, yo, Viglietti, Coriún que significaba que lo que uno sabía, lo sabían todos. Ahora ya te estás aproximando y sabremos de ti por ti. Nosotros andamos bien, incluso Yenia que pasó un mal invierno, y mis ojos, que al parecer no tienen arreglo.

Te debo carta desde que te fuiste. Pero la cosa era que se trataba de una carta difícil. Porque te dije entonces que te escribiría sobre tu libro, y no sé cómo decirte que no me gustó [1]. No es eso exactamente. Tal vez si empezara por el principio. La cosa es que estamos en polos opuestos (o todos los polos son opuestos?). No sé si te acordás de mi No [2]. El último poema dice: “Inútil decir más. Nombrar alcanza”. Y en eso ando hace tiempo, cada vez más, prohibiéndome y no necesitando explicar, desarrollar. Si ese hermoso heptasílabo de tu libro se me hubiera ocurrido a mí, ese verso sería el poema. Lo hubiera metido, así desnudo en el No, sin más. Está lleno de contenidos, no es necesario decir más. Explicarlo parece un procedimiento prosaico, le quita profundidad. Y tenés muchos versos así, hermosos y llenos de contenido. Lo mismo digo de los dos versos finales de “Cartas de amor” o de los cuatro finales de “El mar”. En ambos casos allí está todo el poema. Pero… Tengo por ahí cantidad de papeles con cuatro o cinco versos cada uno y cuando a alguien se le ocurre editarme un nuevo libro me avergüenza entregar, y aún mostrar, esas breves nadas.

Pero tengo como claras dos o tres cosas: que un poema debe decir una sola cosa, que no debe explicar, desarrollar, definir ¿estaré tan segura?, que debe quedar en la memoria. Y sin embargo. Sin embargo, amo y conservo en la memoria poemas largos y explicativos. Entonces, qué estoy diciendo. Mejor será que no envíe esta carta. Ya sé que no hay recetas; ya sé que el éxito universal de tus poemas y de todo lo tuyo hace que cualquier objeción que pueda hacerte sea por lo menos impertinente. Simplemente estoy queriendo decirte por qué no me “gustó” este libro tuyo. Creo que el anterior me gustó mucho y que te escribí al respecto [3]. Tengo que releerlo para ver por qué me gustó tanto. También me pareció excelentísimo (no sé si te lo dije) el de ensayos. De manera que no me hagas mucho caso. Tengo un problema con este libro, y te lo digo. No quería dejar de escribirte y a la vez no podía dejar de decirte lo que pensaba. Siempre lo hicimos así, aunque tú has sido tanto más generoso y delicado con mis cosas. Sabés, supongo, que sos un gran tipo. Salen unos ensayitos míos prologuitos, notas, creo que muy mediocres, y podrás vengarte con toda razón de mis impertinencias. Un abrazo, y cariños para Luz.

Notas del editor
[1] Suponemos que la poeta se refiere al libro La vida, ese paréntesis, de Mario Benedetti, editado por Visor, Madrid, 1997.
[2] La autora se refiere al libro “No” (Calicanto, Buenos Aires, 1980)
[3] Suponemos que la poeta se refiere al libro de Benedetti: “El olvido está lleno de memoria” (de 1994)

Fuente: La lupa, suplemento del Semanario Brecha, de Montevideo, Uruguay, en su edición del Jueves 30 de abril de 2009,.)

DIJO IDEA VILARIÑO

DE LA TRADUCCIÓN
Y ¿ por qué me gusta tanto traducir? Si es una disciplina cruel. Si, sobre todo cuando se trata de una gran obra, nos obliga a la más inflexible atención, a un empecinado rigor. [...] Y más. Porque a menudo nos vemos compelidos a respetar, tan o más que el sentido del texto, la prosodia de esa escritura, acatando sus ritmos, sus silencios, teniendo en cuenta sus sinalefas porque todo esto se da también en la prosa viva- y no solo enriquece la nueva página, sino también al traductor; mucho más de cuanto se podría sospechar”.

DE LA POESÍA
Escribir poesía es el acto más privado de mi vida realizado siempre en el colmo de la soledad y del ensimismamiento, realizado para nadie, para nada. A menudo, a la mañana siguiente lo olvidé y pueden pasar meses antes que encuentre esas líneas, el poema escrito de una vez, aunque a veces seguidas. Y, por supuesto, salvo raras excepciones, no lo muestro; en algún caso,  por años.

“Mi violín esta muerto. Casi no está. Y estoy cansada de mis acuarelas y de mi rostro en el espejo. Vivir o no vivir”

LOS BOMBEROS
 
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
Mario Benedetti

 

VIALIDAD

Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto.
Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.
-¿No sabe manejar, usted? - grita el vigilante.
El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:
-¿Usted quién es?
El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.
-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?
-Yo veo un uniforme de vigilante - explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.
El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa.
El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse.

Julio Cortázar
de Historias de Cronopios y de Famas

EL DESTINO DEL LIBRO

... Cuando llega la Feria del Libro, se reflexiona sobre él, su función, sus posibilidades. Se hacen balances y, sobre todo, estadísticas.
Ahora se multiplican acerca de casi todo -con excepción de las cosas interesantes-, casi siempre con tal irresponsabilidad que se están convirtiendo en un factor capital de desorientación.
Cada vez se publican más libros, y una altísima proporción de ellos parece inverosímil. Pero siempre ha ocurrido así: desde mi niñez he sido infatigable indagador de las librerías de viejo o de lance, que son las más interesantes, y me ha asombrado el hecho de que en todas las épocas se han escrito, y lo que es más, impreso, tantos libros absurdos. Al lado de esto, en estas librerías se descubre lo que ha sido en diversos tiempos la cultura real de un país, y esto me ha llevado a tener de la historia de España una idea más atractiva que la dominante.
Por lo demás, en ella está el depósito de la cultura, la consistencia real de un país, que no se agota, ni mucho menos, en las novedades. Mi preocupación creciente por lo que he llamado "decadencia evitable" tiene uno de sus motivos en la tendencia actual a que los libros no duren ni permanezcan, sino que se publiquen, vendan -acaso se lean- y desaparezcan. Si esta propensión continúa, será muy difícil evitar la decadencia. Y si se miran las estadísticas de venta de algunos libros, precisamente aquellos que alcanzan cifras astronómicas, es difícil eludir el pesimismo; a menos que se piense que es un fenómeno superficial, efímero y sin importancia, como lo que sucede con la gran mayoría de los programas de televisión, que son muestras de una patología colectiva, cuya única atenuante es ser "inducida" y a última hora falsa.
Llevo muchos años reflexionando sobre lo que hubiera sido la historia de la humanidad si lo que se ha conseguido en nuestro tiempo -la fijación de los sonidos y por tanto de la palabra- hubiera sido posible en épocas remotas. Fue menester convertir lo motor y auditivo en algo visual -la escritura- para conservar el decir humano, transformándolo en algo bien distinto. "Verba volant, scripta manent". Ahora las palabras no vuelan, sino que permanecen, se archivan, repiten, a veces se usan como proyectiles. Con la escritura, lo sucesivo y fugaz se convierte en algo visual, sinóptico y permanente. Este colosal "azar" histórico -tan colosal que no se puede ver como un azar- es la causa de la existencia del libro.
La imagen, la electrónica, todas las técnicas actuales pronostican la decadencia del libro; si se trata del libro como instrumento, repertorio de datos, fuente de información, sin duda puede ser así, y no hay por qué lamentarlo. Pero hay otro libro: aquel cuyo destino es ser "leído", no hojeado o consultado. Algo en que se "entra", permanece, habita. Se lee de una "sentada", o con interrupciones, pero en continuidad: se "vuelve" al libro, que nos espera. Ello supone sosiego, holgura, lo que los griegos llamaban "skholé" (de donde viene escuela) y los latinos "otium"; en suma, la posibilidad humana de "quedarse”. Quedarse ¿dónde? En uno mismo, lo que expresa la maravillosa palabra española "ensimismarse". Y en la lectura, se queda uno ensimismado con otra persona, el autor. Quevedo escribió:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos

 

Y todavía añade estos dos admirables versos:

Y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos

Una maravillosa compañía que no quita la soledad; un diálogo silencioso; una extraña amistad con los vivientes lejanos, acaso desconocidos, que no se interrumpe cuando mueren y que nace con los muertos hace siglos.

 

Julián Marías
Fragmento

 

HUMBERTO ECO DICE QUE
EL HOMBRE ES EL ENEMIGO DE LOS LIBROS

El intelectual italiano apuesta por una estrecha colaboración de las nuevas tecnologías con la literatura y defiende la existencia del e-book.
El escritor italiano Umberto Eco, uno de los intelectuales europeos de mayor prestigio, afirma que el principal enemigo de los libros no es Internet, sino el ser humano, que los censura y confina a bibliotecas inaccesibles.
Los enemigos de los libros son “principalmente los hombres, que los queman, los censuran, los encierran en bibliotecas inaccesibles y condenan a muerte a quienes los han escrito. Y no, como se cree, Internet u otras diabluras”, afirma el literato en una entrevista que publica hoy el diario turinés “La Stampa”.
“Internet enseña a los jóvenes a leer, y sirve para vender un montón de libros”, añade.
Eco (Alessandria, 1932), Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el 2000, apuesta por una estrecha colaboración de las nuevas tecnologías con la literatura y defiende la existencia del libro electrónico, conocido como “e-book”, como forma de soporte de textos.
“Si a su manera el libro electrónico resulta legible, se puede hojear fácilmente, es manejable, capaz de ser leído aunque no se tenga la batería totalmente cargada y, sobre todo, si ésta es duradera, se podrá hablar” del “e-book” como una alternativa, comenta Eco.
“Aún (no he usado ninguno) -continúa-, pero si, por cualquier trabajo, tuviera que transportar diez mil páginas de documentos, lo usaría con mucha satisfacción. Para leer una novela no lo sé. Para mí es importante mojarme el dedo para girar la página”.
MÁS  BONDADES  DEL  E-BOOK
El escritor italiano asegura que el libro electrónico puede atraer nuevos lectores, de hecho, comenta que ha sabido de un “hacker” informático que comenzó a leer el “Quijote” de Miguel de Cervantes gracias a este soporte digital.
Según Eco, Internet es la “madre de todas las bibliotecas”, aunque ofrece dos principales diferencias con respecto a los tradicionales lugares de conservación de libros.
“Primero, los libros de una biblioteca muestran, a través del nombre del editor, su grado de credibilidad, y los sitios de Internet sin embargo no”, explica el escritor.
“Segundo -añade-, Internet ofrece también colecciones completas de grandes obras, pero sólo en traducciones libres de derechos (de autor) y no en la más reciente edición crítica. Por eso no va bien para muchas investigaciones de tipo filológico”.

 

De “El Comercio” (Perú)  en su edición del 13 de mayo de 2009
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Diario de un día
Un grupo de artistas de Quilmes ( Sonia Otamedi, Hilda Paz, Claudio L. Pérez, Alicia Silva Rey y Néstor Tellechea) hemos creado el Diario de un día, publicación en papel (de distribución gratuita) y virtualwww.dud-diariodeundia.blogspot.com) de aparición y temática aleatoria.Nuestro Nº 0 fue pensado y editado como un ejercicio de memoria y reflexión sobre el tema de los desaparecidos
y los Derechos Humanos. Hemos seleccionado textos de Osvaldo Bayer, Daniel Moyano, Claudio Martyniuk, Antonio Di Benedetto, Rodolfo Walsh, Armando Tejada Gómez y Miguel Angel Bustos, que publicamos junto a notas y obras plásticas nuestras y de colaboradores. Se imprimieron 500 ejemplares en papel (formato tabloide). 350 ejemplares fueron distribuidos en la marcha del 24/03/2009. El resto se puede obtener en librerías e instituciones de Quilmes.
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