a PORTADA

<Ene-Feb 06

Marzo 2006 — Nº 71

N° 72>


UNA CALLE PARA BORGES
Miguel Angel Morelli

LAS PALABRAS PRESTADAS
Graciela Reyes

SOBRE LA FE
Roberto Enrique Rocca

ELOGIO DEL CUCHILLERO
Leda Schiavo

DE HUMO Y CHISTES
Fernando Anguita B.

UNA ESTÉTICA DEL INTERCAMBIO IMPOSIBLE
Alicia Silva Rey

LA ANTESALA
Raúl A. Schnabel

OTROS
Rodolfo Walsh

fab9

UNA CALLE PARA BORGES

Hace exactamente cuatro años, y abusando de las buena predisposición de la señora concejal Liliana Lutteral, un grupo de escritores quilmeños propuso al H.C.D. local la tarea de imponer el nombre de "Jorge Luis Borges" a alguna calle del distrito. Naturalmente, la moción no pretendía rebautizar ni a la peatonal Rivadavia ni a la coqueta Paz, la popular y siempre descuidada Hipólito Yrigoyen o la brevísima Carlos Morel. En concordancia acaso con la modestia que caracterizó al autor de Ficciones, se pretendió que le fuera impuesto su nombre a alguna de esas arterias de Quilmes Oeste o Don Bosco que todavía llevan número. En fin, el lector recordará el desenlace: luego de acaloradas discusiones, y en una resolución que evidencia por lo menos su incultura, algunos concejales quilmeños decidieron que Borges era indigno de semejante homenaje. Luego, los medios nacionales se hicieron eco del brulote y al cabo de unos días hasta la prensa extranjera se bufó del despropósito (nobleza obliga: es fuera del país adonde la figura de Borges ha recibido siempre los mejores y más sentidos reconocimientos). Pero no todo fue tragicómico, ya que hubo al menos un concejal al que se lo vio muy contento, a pesar aún de haber sido uno de los responsables del papelón. Sí, digno de Ripley: el incorregible edil saltaba en una pata porque por primera vez su nombre aparecía en otros medios de comunicación que no fueran los del pago chico... aunque usted no lo crea. El 14 de junio se habrán de cumplir veinte años de la muerte de nuestro gran escritor. Y en todo el mundo lo ha de recordar como se merece: en Ginebra, París, Londres y Nueva Cork se preparan simposios universitarios, la edición de nuevos libros, clases magistrales, conferencias y hasta la construcción de uno de sus "laberintos" (en la isla San Giorgio, frente a Venecia, idéntico al que existe en San Rafael y que fuera realizado por el artista británico Randoll Coate). Además, y como para redondear, en Lisboa el escultor Federico Brook inaugurará una obra inspirada en su figura. En fin, como debe ser. ¿Como debe ser? Buenos sería, entonces, que nuestros concejales, si efectivamente son nuestros, retomen el tema y esta vez, sí, rindan tributo a Borges en nombre de una comunidad que hace ya muchos años ha dejado de lado aquellas dicotomías (popular-antipopular, peronista-antiperonista) que alguna vez hicieron posible, entre otras cosas, la llegada a los asuntos públicos de algunos funcionarios tan oscuros como incapaces.
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N. de R.: Hago esta modesta propuesta en nombre de Agenda del Sur, de la recientemente creada Agrupación Vientos del Sur y, —estoy seguro—, de un montón de instituciones y ciudadanos que se sentirían muy orgullosos con este acto reivindicatorio.

Miguel Angel Morelli

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LAS PALABRAS PRESTADAS

En cada idioma hay otros idiomas, visibles o invisibles: hablamos varios a la vez, sin saberlo a veces. Ningún idioma hace su vida con independencia de los otros, si hay algún contacto entre los pueblos, aunque sea indirecto. Donde más se nota esto es en la adopción de palabras extranjeras, llamadas "préstamos" (aunque nadie tiene la intención de devolverlas). A todos, y en especial a los jóvenes, les encantan los préstamos, esas palabras que traemos de otras partes y domesticamos, haciéndoles adoptar nuestra pronunciación y a veces nuestra ortografía, e incluso cambiándoles las terminaciones. En Buenos Aires dicen software, web, bypass, sushi, y dicen setear, chatear y otras miles, en gran parte procedentes del inglés, porque el inglés es la lengua más extendida y más influyente, y del mundo anglosajón proceden las novedades tecnológicas y también las preferencias culturales. A veces es un poco afectado o un poco ridículo usar palabras ajenas. En Madrid he oído paniquear, por ejemplo, que viene del inglés to panic, y me ha dejado medio descolocada, pero en fin, por qué no. No es malo usar palabras de otra lengua, ni existe nada parecido a una lengua pura, y además así tiene que ser, porque las lenguas se difunden, viajan, se encuentran, se conectan, se enriquecen precisamente al juntarse. Los préstamos suelen designar objetos nuevos, para los que no tenemos nombres en nuestra lengua. Junto con los objetos, importamos las palabras, y después de un tiempo ya no las sentimos extranjeras, son nuestras por derecho de uso. Cuando los españoles llegaron a América, se encontraron con muchas cosas nuevas; a algunas les pusieron el nombre de algo ya conocido: al jaguar, por ejemplo, lo llamaron tigre, y al puma león. Pero en la mayor parte de los casos adoptaron la palabra indígena, y así entraron en el castellano, ya desde el mismo Diario de Colón, palabras como maíz, batata, tabaco, tiburón, todas ellas procedentes del taíno que se hablaba en las Antillas, primera etapa del descubrimiento. Después ingresaron de la misma manera en nuestra lengua palabras nahuas como aguacate, cacahuete, tiza, y las indispensables chocolate y tomate. Del quechua proceden cóndor, mate y papa, entre otras muchas. Mucama, matungo, conga, provienen de lenguas africanas. Son todos préstamos, productos de la conquista y la trasculturación. A veces podemos reconstruir historias más largas de préstamos. En casi todas las lenguas europeas, el vino y el aceite se nombran con palabras que proceden del latín vinum y oleum, términos hermanos de los griegos woînos y élaion. Pero el griego zákkaron, 'azúcar', solamente ha pasado al ruso y al esquimal. En el castellano y en las demás lenguas de Europa el nombre de esta sustancia proviene (igual que la palabra griega) del sánscrito çarkara, que significa 'guijarro, grano'. De Persia la sustancia y la palabra pasaron a la India, y de la India la recibieron los árabes, que la adoptaron como súkka. Los árabes plantaron cañas de azúcar en Andalucía, y de ahí la palabra castellana azúcar, que incluye el artículo árabe al. También pedimos préstamos a esas lenguas que llamamos muertas, que sin embargo nos siguen dando palabras vivas. La ciencia y la tecnología nombran lo novísimo con palabras viejísimas. Los significados se reciclan. Ignoramos cuál es la ventaja de que nuestra especie haya desarrollado tantas lenguas distintas, que nos impiden comunicarnos fácilmente (se hablan unas cinco mil lenguas en la actualidad). Pero al menos tenemos el derecho a usar palabras prestadas cada vez que las necesitamos, o por juego, capricho o moda: las lenguas son de todos.

Graciela Reyes

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SOBRE LA FE

¿Vos tenés fe? Se me ocurrió escribir sobre este tema y cuando lo comenté me miraron raro. ¿Cómo va uno, hoy en día, a hablar de Dios y esas cosas? Hablar de lo sobrenatural, del alma, de la otra vida entre gente pensante, parece poco elegante. Cosas de antes... ¿a quién preocupa hoy eso?

De vez en cuando uno se encuentra con un hombre religioso o, lo que es tan raro como eso, con un ateo militante. Los dos están preocupados por el problema y es probable que discutan, pero la mayoría los mirará como bichos raros y a ellos, el desinterés de los demás tal vez los desazone un poco. Chesterton, partiendo de aquí y aprovechando para buirlarse de la chatura de sus compatriotas, escribió una novela maravillosa, una especie de Don Quijote teológico: "La Esfera y la Cruz". Si alguien encuentra en algún rincón de su biblioteca el viejo tomito de la Colección Austral, no deje de leerlo.
Don Miguel de Unamuno, desgarrado como pocos por sus dudas acerca de Dios y el alma inmortal, escribió un soneto "La oración del ateo", aquel que empieza "Ten piedad de mi ser, Dios que no existes", y termina: "...Sufro yo a tu costa, / Dios no existente, pues si Tú existieras / existiría yo también de veras."

Sea como fuere, el problema existe. La necesidad del hombre de creer en algo más de lo que se ve, es un hecho indiscutible. Eso de "no creo en las brujas, pero que las hay, las hay" se nos cruza por delante a cada rato. Freud, como muchos de sus colegas materialistas y ateos, atribuyó las ideas religiosas al miedo del hombre ante su vulnerabilidad y su finitud, pero lo vio como una especie de mal necesario, por lo menos hasta que la ciencia terminara de dilucidar los misterios del universo y los hombres fueran capaces de enfrentar la verdad. Claro que, como los científicos de su época, pensaba que algún día el hombre domesticaría el mundo exterior y el interior y accedería al pleno conocimiento de la realidad.

Hoy día la idea de un universo es reemplazada por un "multiverso" (Humberto Maturana), que es algo que tiene muchas versiones posibles. Todas son aproximaciones válidas y ninguna totaliza la verdad. El resultado de esto es que si antes había ateos y creyentes, ahora todos somos, en mayor o menor medida, agnósticos. Es tan imposible probar la existencia de Dios, como probar su inexistencia. Pero ocurre que creer no es lo mismo que saber, porque el saber se refiere fundamentalmente al conocimiento y el creer tiene que ver con el amor. Se acerca mucho más a la fe que me merece una pareja o un buen amigo. Las verdades de la ciencia se demuestran o se refutan, las de la fe son tan indemostrables como irrefutables, pero eso no quiere decir que sean irracionales (no lo son los amores verdaderos) ni falsas. En todo caso, o mejor dicho en caso de duda, creer es una suerte de apuesta.

Pero vuelvo al punto de partida; esa necesidad está en todo ser humano. Allá por 1970 tuvo mucha repercusión el libro de Jacques Monod "El azar y la necesidad". El autor, premio Nobel de Biología, desde una posición cerradamente materialista, sostiene que la vida y con ella toda la aventura humana es simplemente producto del azar. Lo interesante es que las bellísimas páginas dedicadas al metafórico dios Azar tienen un vuelo y una unción absolutamente comparables a los textos de cualquier místico.

Termino con una coplita del poeta español José Hierro, escrita, según él, "después del quinto bourbon":

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto:
el propio Dios se lo dijo.
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Roberto Enrique Rocca

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DE HUMO Y CHISTES

He comprobado que la "fogosa" campaña que padecen desde antiguo los fumadores de España ha encontrado eco en Argentina y, nada más saberlo, como respondiendo a un conjuro, los periódicos informaron de que el Parlamento Británico aprobaba la más estricta de las prohibiciones de fumar que había barajado: la que afectará a todo tipo de locales públicos, incluidos los "pubs", las legendarias tabernas inglesas que, sin humo, jamás volverán a ser lo que eran, lo que por unos pocos meses todavía son.
Autorizadas voces sanitarias en mi país pusieron los cimientos de la prohibición hace casi 20 años. En un periódico de entonces, un columnista escribía simulando hallarse ya en el siglo XXI y situándose en "el confín suroccidental del agrupamiento de naciones europeas" ironizaba de este modo:

"Los jerifaltes habían elegido ese lugar, sabedores de su tradición en prohibiciones, procesos y hogueras purificadoras. No les preocupó la contradicción de montar la campaña decisiva contra el humo en el santuario de las hogueras inquisitoriales."

La anticipación del columnista ha sido incluso trascendida en algunos países, muy civilizados, donde la prohibición alcanza a comunidades de vecinos que no permiten integrarse en ellas ni transitar por su entorno ni, mucho menos, adquirir un apartamento a quien sea fumador. Ignoro si los infractores, accidentales o ignorantes que por allí pasen, correrán algún riesgo físico o tendrán que salir por pies para escapar de una perdigonada... Por aquí, en este confín suroccidental, la cosa se va tomando con buen humor. El abstemio de nicotina y alquitrán ha dejado de recibir la espesa ración diaria de micropartículas y oligoelementos que exhalaban sus compañeros fumadores. Ha quedado atrás la permisividad que consagró la expresión: "No es lo mismo fumar mientras se reza que rezar mientras se fuma". Las caricaturas chistográficas de hoy no van por lo piadoso, sino que apuntan certeras a las incongruencias todavía latentes en la norma. Traduzco las imágenes de una:

Smoker, de Wesselmann Es noche cerrada. Un agente uniformado y una prostituta están parados a la luz de una farola. El agente escribe en su libreta mientras, a un palmo de su nariz, soporta impertérrito el humo del cigarrillo que ella sostiene agresiva al tiempo que pregunta:

¿Me está usté multando por ejercer en la calle, o por fumar en el trabajo?

Una vez más se demuestra que toda norma coercitiva de nuevo cuño tiene dos caras. La contestación de la Ley Antitabaco en España procede, como no podía ser de otro modo, de sectores económicamente perjudicados.
Es materia opinable. Durante los últimos años de mi etapa de fumador consumía de 3 a 4 cigarrillos por hora, (a jornada completa de 16 horas). Lo dejé antes de las primeras disposiciones premonitorias, cuando una hemorragia oculta dio la cara y terminó literalmente por tumbarme. Recobré el conocimiento murmurando: "no tengo prisa", la respuesta chistosa que había hecho mía para quienes pretendían asustarme afirmando: "el tabaco es un veneno lento". Hoy todavía pienso que ese eslogan hubiera ido mejor que "el tabaco mata" y otros parecidos, los que sembrados en las cajetillas como esquelas mortuorias han servido de muy poco.

Porque el tremendismo, cuando se trata de convencer, funciona siempre mucho peor que el humor inteligente.

Fernando Anguita B.

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ELOGIO DEL CUCHILLERO

¿Dónde estará (repito) el malevaje
Que fundó en polvorientos callejones
De tierra o en perdidas poblaciones
La secta del cuchillo y el coraje?

Resulta que el malevaje va a ser mejor gente que los señoritos de provincia que asesinaron a un joven de la manera más cobarde que se pueda imaginar. Uno trompeó a Ariel Malvino en la cara, mientras que otro de la jauría lo golpeaba por detrás y le hacía perder el equilibrio. Ariel cayó y al parecer se fracturó el cráneo; mientras estaba en el suelo con convulsiones, el tercero de la manada, posiblemente el lobo alpha, agarró una piedra de 16 kilos y se la tiró sobre el pecho. Lo escuchamos por radio y lo leímos en los periódicos, pero casi nunca oímos la palabra cobardía. Resulta que los padres de estas bestias humanas, personajes perfectos de una novela naturalista, los mandaron a buenos colegios, los hicieron deportistas musculosos para acabar en criminales que quizás queden impunes y encima alguno dice que su hijo no empezó la pelea.

El joven policía Jorge Sayago sale desarmado de la comisaría para calmar a los manifestantes petroleros de Santa Cruz. Le disparan un tiro, la abren la cabeza con un fierro y le dan un puntazo. Luego no dejan pasar a la ambulancia que lo llevaba al hospital. Un dirigente sindical dijo por la radio que no le importaba que hubiera muerto un policía. Resulta que los cuchilleros y compadritos de que hablaba Borges eran mejor gente que esta otra jauría que asesina de manera cobarde y cruel.

A los viejitos jubilados e indefensos los atacan y torturan para que digan dónde tienen guardada la plata. Resulta que estos viejitos no son sólo víctimas de estos cobardes sino también del estado, porque por culpa del estado han retirado del banco sus ahorros, los pocos ahorros que pudieron salvar. Si las víctimas del incendio de Cromañón reciben indemnizaciones por miles, por qué nadie pide que el estado indemnice a estos pobres viejitos indefensos?

La bajeza de estos delincuentes es increíble. Si muchos compatriotas han admirado la perfección del robo al banco de Acasusso, que sin duda fue casi perfecto, por qué no rechazan de manera tangible a los miserables cobardes que golpean a un agonizante, que asesinan con crueldad a un policía desarmado y que se aprovechan de los débiles jubilados?

En qué país vivimos, compatriotas. Será que algunos leímos y admiramos a Martín Fierro, a los gauchos malos que defendían causas justas, que leímos a Borges y su mitología de cuchilleros y otros no leen sino sólo juegan a los jueguitos violentos pero seguros para el que los practica del lado de acá de la pantalla? Habrá que meterlos en la cárcel y obligarlos a leer a los Tres Mosqueteros, con su ética impecable; a Borges, con su delirio de malevos buenos; a los héroes de todas las épicas, a los bandoleros que tenían un código?
Por lo menos aprenderían a matar con dignidad, que ya es algo.

Leda Schiavo

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UNA ESTÉTICA DEL INTERCAMBIO IMPOSIBLE

1— Citas, simulacros, apropiaciones.
Un texto que remede el chiste, la rave, la frase hecha, el solo dato, es eso: un remedo de chiste, de rave, de frase hecha, de dato. ¿Por qué obligarse a llamarlo "poesía"?

2— Detritus.
El chiste, el dato, el rave, la frase hecha, la "lista de la lavandería", tampoco son desechos lingüísticos. ¿Qué es lo que quieren decir cuando dicen que aquel poeta "trabaja con desechos"? ¿Sería desechos a la manera de "soy poeta porque escribo y escribo porque soy poeta"?

3— Banalidad.
La "lista de la lavandería" (o del supermercado, cualquier lista) llevada a la categoría de "poema", ¿no sería como afirmar que una sustancia brillante y dura o, acaso blanda y con manchitas color café es una hortaliza?

4— Parodiar (la cultura).
Hay poetas y críticos, en Argentina, que definen como "política" una poesía que hace uso intensivo de la incredulidad y acopio de jergas marginales. Incredulidad que genera un efecto de ironía que provoca un efecto de incredulidad (citas confitadas de citas, remakes de textos canonizados y/o canónicos, experiencias personales no polémicas aceptadas en y por su chata banalidad): en detrimento de la dimensión del deseo, unos textos esgrimidos como políticos en los que ellos escuchan "la voz de los grasas". Estereotipia de la simulación.

5— Venganzas de la cultura.

agarráte fuerte
es la cultura
lo cual significa
que unos araban los campos y de allí salían plantas
y otros araban los encéfalos y de allí salían
los hermanos Karamazov
Susana Thenon

6— Simulacro de simulacro.
Re—escrituras de lo gauchesco, lo periodístico, lo técnico virtual. Reciclajes de lo Otro en la Lengua: lo coreano, lo bolita, lo villero, lo cartonero.
Megaclichés. (La víctima, lumpen, en el matadero del mercado poético).
Belleza, felicidad, chocolates festivos.
La alegría fiestera de un cartonerismo de cartón.

Alicia Silva Rey

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LA ANTESALA

Primero vi cuatro mujeres vestidas de blanco,
bajo la luz clara del alba, en una habitación.
Se mueven y se hablan al oído y son extremadamente
misteriosas y yo no puedo entender lo que dicen.
La escena me persigue durante un año entero.
Ingmar Bergman

Dos de las tres son las últimas en morir de parto en distintas regiones del mundo. (La tercera mujer no interesará a la historia). Esperan al funcionario que les precisará los trámites para ingresar al limbo. Anne Ivette Touche, alsaciana de origen, dio a luz una niña de tres kilos doscientos en una clínica de Normandía, pero su corazón (agobiado de cocaína) no admitió los esfuerzos del parto. La mujer de la derecha, Luz María Ascasubi, de Alicante, asesinada de catorce puñaladas por Hans Jürgen a la semana del parto, se pregunta si será posible ver a su hijo.
Cuando las tres intentan conversar, se abre la puerta. Entra un hombre alto, de traje azul con un libro de actas y lapicera negra. Saluda con cortesía actuarial y dice:

— Señoras, el limbo está en liquidación, pero vosotras tenéis la opción de ingresar de todos modos a la eternidad. En ese caso, podréis vigilar a vuestros hijos y anticipar probables tragedias en dos oportunidades. Únicamente dos veces, ¿entendido? La otra oferta es volver al mundo en la forma de la energía y renacer en unos nueve meses en algún lugar cercano al de donde provenís. Claro que así no tendréis memoria anterior y vuestros hijos crecerán libres de todo control. Sólo el azar velará por ellos.

El hombre avisa que regresará en media hora y sale. Reflexionan ahora las mujeres en silencio.

Eva Jürgen soñó por primera vez con su madre al cumplir los veinte años. En una habitación en penumbras adivinó su perfil entre las cuatro mujeres de blanco que esperaban, en silencio, sentadas en un banco contra la pared. Despertó cuando la linterna enfocó sus ojos y oyó murmurar: "... parece que salió del coma... está fuera de peligro". El hombre de blanco tomó su mano derecha e inclinado hacia ella, con una sonrisa, le dijo: "sufrió un golpe duro, pero ya está mejor. Tuvo mucha suerte, Eva".

Raúl A. Schnabel

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TEXTOS de OTROS


YO, RODOLFO

Rodolfo Walsh

 

Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados *, y eso me gustó. Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba. Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires. Tengo una hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causé es no haber terminado mi profesorado en letras. Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos. La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.
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* Unidad métrica compuesta por una sílaba breve (sin acento) y una larga (acentuada).
Así, habría que leer Rodólf Fowólsh

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