Número 101 - Marzo 2009

AGENDA CULTURAL

AÑO XI - N° 101
MARZO 2009
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431

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Sonia Otamendi

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NÚMEROS ANTERIORES

 

La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales en el extranjero.
Con una  tirada  de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui, está en la calle los días primero de cada mes.

Se ruega citar la fuente de los textos que se reproduzcan.

 

 

 

 

 

 

«El deber más santo de los que sobreviven es honrar la memoria de los desaparecidos.» Alfonso Reyes (1889-1959)  

 

NOTAS 

NOTICIAS DE LA VIRTUAL
Sonia Otamendi

EL INSTANTE HOMENAJEADO EN SÍLABAS
Néstor Tellechea

MANUEL OLIVEIRA
Muestra retrospectiva en el Teatro Argentino de La Plata

Claudio L. Pérez

DE HEMISFERIOS EN CONFLICTO
Fernando Anguita B.

DE CRONOPIOS Y REVOLUCIONES
Miguel Ángel Morelli

CORTÁZAR
Leda Schiavo

RESPETO POR EL IDIOMA
Jéssica Priano

EL ÁRBOL DEL ERIZO
Colaboración de Alicia Silvia Rey

BIBLIOTECAS INFAMES
Graciela Reyes

MONEDAS VIEJAS
Roberto E. Rocca

DESDE LA BUTACA
CINE ARGENTINO EN EL MALBA
süden e Historias extraordinarias

Josefina Sartora

 

 

NOTICIAS DE LA VIRTUAL

La versión virtual de la Agenda del Sur tiene ahora un dominio propio y a partir del mes de Marzo se podrá leer en la página www.agendadelsur.com.ar
Seguramente no va a ser tan vistosa, pero contendrá los textos y la información de actividades y seguramente haremos links a otras páginas.
Ahora que puedo hacer uso de mi libertad de expresión, que no puede censurarme como lo ha hecho tantas veces, quiero hacer público mi agradeciendo a mi querido amigo Fernando Anguita, que durante largos años fue quien hizo, desde el otro lado del Atlántico, la Agenda Virtual. El que fue quien la organizó y depuró los números anteriores. El que cada primero de mes, y aun unas horas antes, permitió que la encontráramos en la Web. El que me regaló, generosa y desinteresadamente, su tiempo y su esfuerzo. Nunca me dejó decirlo y borró toda mención de su nombre cada vez que lo intentamos. Fue una larga pulseada que puedo decir, mal que le pese, que le gané.
También agradezco a Jimena Drake  que fue quien tuvo la idea  de ponerla en la Web y se ocupó de hacerla durante varios años, y a mi ahijado que ha tomado la posta, pero que como también es censor, no va a querer que lo nombre. A todos ellos muchas gracias.

Sonia Otamendi                                          
                                                                                                                                 

EL INSTANTE HOMENAJEADO EN SÍLABAS.

...”Sentada, mi corazón tiene el peso del mundo”…

Escuché que ella y la Poesía habían pronunciado eso, y sentí una recóndita electricidad en las muñecas y los antebrazos. Después, al finalizar la lectura, me acerqué a ella, me presenté y la felicité. Perdón señora, ¿Cómo dijo que se llamaba ese tipo de poema? Haiku… me contestó. ¿Podría verla algún día para que me explicara un poco de qué se trata… Cómo no… Cuando usted quiera…
El haiku… es un momento… Hay que esperarlo… Ese momento se eleva y hay que tratar de escucharlo lo mejor posible, porque cuando empieza a descender, no vuelve más… Tratá de adjetivar lo menos posible… Para los occidentales, es muy difícil lograrlo, porque a diferencia de nosotros, el oriental se considera a sí mismo, sólo una cosa más del universo…
El haiku… sugiere… Deja abierto lo que enuncia… ¿Usted tiene algún libro publicado? ¡No no no,.. Bueno… No sé si valdría la pena…
Y por suerte, el tiempo no le hizo caso a Beatriz Piedras. Por iniciativa de Liliana Guaragno (párrafo aparte para el prólogo y la compilación que hizo Liliana) la Editorial “Botella al Mar”, publicó hace muy poco un libro de Beatriz: “Haiku I y II”.
¿Usted se enteró? Yo tampoco… Beatriz es así… Toda la vida se va sacar cero en auto-propaganda, pero la edición, es inmejorable, ya desde el punto de vista de lo que se aprende de la propia Beatriz, en cuanto a cómo se debe tratar a cada uno de estos breves cuerpos poéticos.
Hay solamente un haiku por página, entonces el lector recepta automáticamente toda la imprescindible nada con la que necesitan respirar las diecisiete sílabas que lo dicen…

Cierro los ojos/la imagen del recuerdo/ya no es lejana…
África lejos/sobrantes de comida/en la  basura…
Campos de lino/en medio del paisaje/¿Cuál es el cielo? ...
Oscuras ramas/ el color de los tallos/ se prueba flores…

A mi modesto entender, creo que muy pocos de los que nacieron por estos lares (hablo de Occidente y de la lengua castellana) llegaron a dejarse visitar de esta manera por los milagros que ofrece cualquier suspiro de este  modo de expresión poética…      
Qué suerte que a la velocidad impuesta a nuestra… realidad? se le filtre la hermosa violencia de esta otra brevedad: la vida de la palabra como espejo del sentir humano.
Sé que se levanta temprano a la espera de que lo más íntimo del mundo, le ofrezca decir algo mientras se deja en ella misma en silencio detrás de su ventana, y que repite el mismo gesto debajo de cada atardecer.
Una excepción. En el libro hay un haiku compuesto por menos de doce sílabas: En el poema/siempre es ahora…
Otra excepción imposible de obviar: la Persona Beatriz…
Su calidad humana se hace sentir como la brisa que se espera en esos momentos terribles con que nos somete la sinceridad de cualquier verano… Su voz, es al mismo tiempo un árbol y una hoja de otoño… Apenas si deja ver que asume las resonancias de sus dolores o pequeñas alegrías, con la rotunda sutileza del invierno… Se ríe de ella misma, como la primavera…

Néstor Tellechea

MANUEL OLIVEIRA
Muestra retrospectiva en el Teatro Argentino de La Plata

Son las cuatro y veinte de la tarde del viernes 5 de diciembre de 2008. Estuve trabajando en La Plata y terminé hace un rato. Vi, por Ensenada, pajonales y arroyos quietos,  silenciosos. Vi a los teros bañarse en charcos de agua tibia. Vi barcos partir, trenes cargueros con vagones repletos de carbón, juncos, chimeneas, matas de cortaderas desde las que asomaban familias de cuises.
Ahora, lejos de los juncales, cruzo la explanada del Teatro Argentino y entro a ver tu muestra con la mirada ingenua que dejan la luz de la tarde sobre los pastos y los mamelucos manchados de grasa y hollín. Me siento frente a Los Miedos, tus miedos. La Diva, lejana, me mira. Sé que me mira, aunque sus ojos se escondan tras lo lentes negros. Tengo La Libertad a mis espaldas, y aunque Domingo Felipe Cavallo se escape sobre uno de nuestros mejores pingos con un puñado de dólares sucios, un poco más allá, el entrechocar de las copas  de los tres amigos me serena, me hace pensar en otras cosas. Me acerco a Los dos brindis y, a escondidas, levanto una copa de aire y, sordamente, saludo tu obra, brindo por tu paleta chúcara y libre como los teritos que te conté, que ya se habrán perdido en el pastizal.
Gratamente me reencuentro con algunos cuadros que ya me resultan familiares, aunque con el tiempo uno vaya encontrando en ellos nuevos cansancios tuyos, una especie de extenuación en las últimas pinceladas, en las chorreaduras que parecen haber sido realizadas con el último aliento. Uno descubre tu agotamiento en una mano inacabada, en una pérdida a la que no te resignaste nunca, en una bronca sobre la que trabajaste hasta hartarte, hasta no poder más, en un rostro a medias, abandonado cuando un dolor repetido te dejó sin aliento.
Y veo por primera vez tus trabajos más recientes Joven con gorro rojo, Homenaje a Egon Shille (sic), La Diva, Un niño en la calle, conviviendo con algunos de hace diez o más años, en una armonía, con un equilibrio, que hacen pensar que tu sensibilidad y tu magia ya han alcanzado su máximo refinamiento y que los colores te obedecen casi a ciegas y las líneas te responden fielmente y que vos y tus fantasmas ya son tu obra plena, bella y furiosamente.
Camino, recorro, doy vueltas, me detengo, vuelvo, es difícil quebrar el vínculo que crean tus obras con la mirada. Ahora, a un costado de la sala cantan niños; una bailarina, con el traje de danza color rosa a medio abrochar, la espalda desnuda, cruza presurosa entre tus cuadros; un grupo de pequeños diferentes ríe como debieron hacerlo los ángeles durante el Renacimiento. Uno no sabe si son personajes escapados de tu obra, pensamientos que te asaltan los sábados por la tarde, bocetos, recuerdos…
Me siento lejos del Dante porque me siento lejos del Dante, tan lejos como puedo del infierno y de Hiroshima. Como poniendo distancia, me descubro sentado frente al retrato de tus padres. ¡Qué bella mujer fue tu madre! Me mira con prudencia, con los ojos bajos y cierta tristeza en la mirada. Tu viejo me mira de frente, fijamente, me semblantea. Más lejos El Pintor Integrado se distrae en amoríos, mientras ¿en vos? va creciendo El Enojo ante nuestra incomprensión por la que nos castigás pintándonos en nuestra mutación a cuervos mientras a Von Gogh le ponés aura de santo para mostrarnos cuál es el camino de la salvación.
Te agradezco enormemente la furia contenida, la porción de bondad de la que te podés hacer responsable, el control y el desenfreno, el rojo, esta tarde.

Claudio L. Pérez

 

DE HEMISFERIOS EN CONFLICTO

Tiene que haber muchos tontos,
para que los listos sigan siendo unos pocos.
Peter Sloterdijk

La distancia temporal que los hispanohablantes padecemos, sobre todo frente al idioma alemán, se va corrigiendo bastante gracias al esfuerzo de excelentes traductores. «Crítica de la razón cínica», el libro del que procede la cita antecedente, fue publicado en español hace seis años, y el original pasa de los cinco lustros. La cita en cambio, me atrevo a decir, tiene dimensión intemporal, es decir, encaja en la política de todos los gobiernos, de todos los países y de todos los tiempos.
No puedo saber cuántos hombres y mujeres son conscientes de que su cerebro, la máquina sine qua nada significan los restantes órganos, está esencialmente dividido en dos. Tampoco tenía claro si eso nos debería importar. Pero, desde el momento en que pensadores relevantes, científicos, filósofos, sociólogos... afirman que la realidad exterior es una "mera representación", es decir, que llamamos "real" enfatizando casi siempre la palabra: «Mira, ¡es real!» simplemente lo que capta y construye el cerebro de cada uno/a, para cada uno/a... desde ese momento, repito, no puedo por menos que abrir a ratos un paréntesis en mi actividad ordinaria para tratar de entender lo que me parece un sinsentido.
En ese intento de entender, lo primero que asalta la reflexión es una cuestión de tipo endógeno: lo que capta mi cerebro de mí, ¿es también una mera representación? ¿Es por eso que decimos que no podemos vernos como nos ven los otros? y, en lógica consecuencia, ¿es que no vemos a nadie como él/ella se ven, o creen que se ven... o creen que son?
El nosce te ipsum délfico suena a contundente anticipo de todo esto. Sin embargo hoy, unos tres mil años después, las técnicas avanzadas de exploración del cerebro apuntan en dirección contraria: el "yo mismo" va a ser muy difícil de conocer porque parece demostrado que nuestro cerebro ¡nos engaña!: no de continuo, pero sí en todas las ocasiones en que la memoria rellena los contactos vacíos de los botones sinápticos que se van "soltando". La reposición de "datos" no significa que éstos sean los correctos. Por tanto, si ya es imposible asegurar que nos conocemos a nosotros mismos, lo de conocer al prójimo se queda en historia de ciencia ficción o, mejor aún, en la confirmación de la hipérbole sartriana de que "los otros", el prójimo, pueden ser realmente "el infierno".
Hasta ahí la cuestión que he calificado de endógena. No paro más en ella, su desarrollo llena libros: investigue cada uno a su gusto. A lo que apunta el título, los hemisferios en conflicto, es a la deriva de situaciones exógenas. Si ahora se sabe de los "trucos" del cerebro considerado como un todo unitario, también se sabe cada vez más de los recursos que pone en marcha cada hemisferio del mismo, uno de los cuales es el dominante. La personalidad de cada ser humano es conforme en general con éste. Un accidente que lo lesione o una intervención quirúrgica consecuente puede dar al traste con quienes somos o, en ese caso, quienes éramos.
Nada demasiado nuevo cuento, se puede objetar. Es cierto, mas la novedad saltará al primer plano cuando den el siguiente paso las técnicas que no necesitan del bisturí para manipular los cerebros. Y están en ello: en incrementar el número de tontos ad infinitum, aspiración compartida por todas las cuadrillas de listos, los políticos en cabeza, por supuesto.
La TV ha sido buena herramienta, pero ya resulta insuficiente; sobre todo porque su control cambia de manos, de cuadrilla, con relativa frecuencia. Para los listos, el futuro prometedor sigue estando en lograr armonizar el par de hemisferios cerebrales de cada tonto: porque si éstos no pueden entrar en conflicto, tampoco causarán problemas en el futuro.
La armonización es viable cuando un gran armonizador consigue legitimarse en las urnas. Adolf Hitler mostró el camino.

Fernando Anguita B.

DE CRONOPIOS Y REVOLUCIONES

Distraídos como estábamos en cambiar el mundo, para cuando los de mi generación llegamos a la literatura ya la cuarta parte de las negocios de la avenida Santa Fe -como bien lo ha notado Abelardo Castillo- se llamaban Rocamadour, no existía chica en Recoleta que no jurase que ella misma era la encarnación de la Maga, los muchachos siempre esclarecidos de la facu se referían a él como “Julio” y todos juntos, Magas, Talitas y Oliveiras que habían leído “Rayuela” de pe a pa, nos miraban al resto, los recién llegados, con un inconfundible aire de superioridad.
Desde luego, desplegamos nuestra artillería: Cortázar, como buen intelectual pequeño burgués, no había sabido entender lo mejor que tenía nuestro país, el peronismo, y vivía muy orondo en Francia y no en la villa de Retiro, como el padre Mujica. Y levantábamos la apuesta: el fulano ni siquiera había aceptado la sugerencia de Fidel de arremangarse y participar de la zafra cubana (invitación que sedujo a muy pocos, ahora que lo pienso). Por lo demás, “Adán Buenosayres” resultaba muy superior a la experimental “Rayuela” (¿con qué sentido incluir en una novela capítulos que se reconocen como “prescindibles”, maestro?), Hernández Arregui y el viejo Jauretche hacían punta en esto de pensar lo nacional desde acá y los bombos de la gloriosa jotapé eran no sé si más revolucionarios, pero sí más emocionantes que una pieza de Bártok (aunque también, y eso era evidente, mucho más desafinados). Ah, nosotros lo llamábamos Cortázar a secas, nada de Julio.
Poeta de escaso recorrido (bajo el seudónimo de Roberto Denis), novelista desparejo y con tendencia al aburrimiento (propio y ajeno), Cortázar fue sin duda un cuentista hecho y derecho. Quiero decir, un cuentista enorme, irrepetible (“El perseguidor” es de lo mejor que uno pueda leer en el género). La puerta de entrada a la gran literatura para miles de adolescentes, cosa que ocurre todavía hoy, cuando el resto de su literatura sufre las consecuencias de una vejez prematura. Pero claro, eso no lo sabíamos en aquel entonces, cuando nos resultaba  imposible no preguntarnos qué sentido tenía festejar las aventuras absurdas de ciertos Cronopios cuando existían pibes que se morían de hambre…
En fin, nos amigamos mucho más tarde, cuando entendimos que aún sus contradicciones eran la expresión de una coherencia extrema. Cuando empezamos a descubrir que la literatura también es un juego y no solamente una herramienta eficaz para liberar a los pueblos sojuzgados del yugo feroz del capital (como decía la Marcha antes que llegase Menem y la redujese a cenizas). Lo empezamos a querer cuando vimos en aquel hombrote de casi dos metros y eterna cara de niño los rasgos de una especie de rebeldía adolescente que nunca pudo (o quiso) superar: Cortázar, que de política entendía poco y nada, adhería casi románticamente a todos los movimientos de liberación sin advertir que no existe revolución si purgas ni sangre, sin marchas y contramarchas. Lo aceptamos, en definitiva, el día que descubrimos que nos habíamos vivido peleando porque al fin y al cabo Julio (ahora podemos llamarlo así, qué tanto) era nuestro contemporáneo. Y en un mundo adonde la mayoría de los que se dicen escritores acumulan papeles pensando en la posteridad, para los que realmente lo son no puede existir gloria mayor que la de ser un contemporáneo. Un rotundo, jodido y bien molesto contemporáneo.

Miguel Angel Morelli

 

 

CORTÁZAR

Casi siempre lo llamábamos Julito. Lo queríamos. Cortázar se hacía querer, como persona y como narrador. Autor y narrador no quieren decir lo mismo. El narrador es una figura imaginaria. A veces un autor pone como narradora a una mujer, a un niño, o a un loco, y entonces esto queda en evidencia. Algunos narradores son antipáticos, cultivan el rechazo del lector. Pongo por ejemplo de narrador desagradable a casi todos los de las novelas de Camilo José Cela y de narrador antipático a Juan Goytisolo, ambos tan diferentes entre sí, pero que sin embargo buscan distanciarse, cada uno a su modo, del lector. Borges suele tener narradores impasibles, no nos los imaginamos como seres de carne y hueso. Cortázar es todo lo contrario, busca seducir, busca la simpatía, busca un contacto amigable. Casi todos sus narradores son buena gente, o si son malos, logran que los perdonemos. Los que lo conocieron como persona lo querían sin más, estaba siempre tratando de ayudar, tanto a las causas políticas que lo conmovían como a otros escritores. Siempre contestaba las cartas, entre mis tesoros guardo una nota que me envió cuando publiqué un artículo sobre 62 Modelo para armar.
También su voz cuando lee y hasta cuando se le patinan las erres, conmueve. Cortázar es el Messi de la literatura, difícil no amarlo, hay que esforzarse mucho para encontrarle un flanco donde clavar el pico, como dice él mismo sobre los cronopios.
Una de las cosas que más sorprenden en las mejores narraciones de Cortázar es que su prosa respira cuando nosotros respiramos. Hay un ritmo en la manera de hablar rioplatense que Cortázar refleja mejor que nadie en sus primeros libros y yo diría que lo fue perdiendo en los últimos, cuando se hizo más universal, quizás cuando estuvo en contacto con otros ritmos del español, en Cuba, en Nicaragua, oyendo en Francia a gente de toda Latinoamérica.
Rayuela fue el gran acontecimiento de nuestra juventud, una especie de biblia cultural que nos señalaba el camino de los autores que valía la pena leer, las pinturas que había que ver, el tipo de música que era imprescindible escuchar; nos enseñaba a ser libres, nos enseñaba a buscar, nos hablaba desde dentro de nosotros mismos, nos preguntaba de manera oblicua si encontraríamos a nuestra Maga o su equivalente, nos obligaba a amar la locura, el equilibrio inestable, el humor fronterizo, nos obligaba a pensar.
Cuando murió, nosotros, sus contemporáneos, perdimos mucho más que un escritor de primera. Perdimos un amigo, perdimos el diálogo incesante que surgía de la letra impresa. No sé si para las generaciones futuras esto será tan importante, por qué razones Cortázar seguirá apelando a los lectores. Lo anecdótico del entrañable ser humano quizás pasará, pero quedará su obra, única, inmortal.

Leda Schiavo

 

RESPETO POR EL IDIOMA

Desde que Gabriel García Márquez hizo esas “escandalosas” e incomprendidas declaraciones en relación con el uso correcto del castellano, el cuidado y el respeto para con nuestro idioma ha mermado en detrimento del valor y el significado que tiene el buen uso y el apego a las normas de un idioma.
En cada rasgo idiomático, regla ortográfica o normativa se inscribe parte de la historia de ese idioma, y, por lo tanto, de los pueblos que la usan.
En la actualidad, la sociedad parece no entender el valor del uso de una tilde, por ejemplo, y eso queda descaradamente al descubierto cuando en los medios masivos de comunicación, en comunicados institucionales y hasta escolares, se olvida o se elige, al azar, a qué palabra darle el honor de mantener su marca distintiva y a cuál no.
Parece que la ortografía quedó a cargo del libre albedrío de escritores con una formación deficiente, de tipeadores apurados o de la falta de correctores por recortes de presupuesto.
Pero las consecuencias son demasiado nefastas como para restarle importancia al asunto. Todos los usuarios de una lengua, que estén alfabetizados, deberían poder hacer un uso correcto de la misma, sobre todo si transmiten información por escrito o se comunican de esta manera. Pero, más aún, deben serlo aquellas personas cuyos escritos representan modelos a copiar o espacios de poder.
Si un docente considera que tildar las palabras, cuando corresponde, es una pérdida de tiempo, porque quizás tiene más dudas que certezas sobre cómo hacerlo, entonces el niño va a internalizar el mismo desamor por esa rayita que no sabe bien para qué sirve, entonces, no la usa, si total, se entiende igual lo que quiso escribir.
La pereza suele ser una mala vecina, de esas que no se van, ni aunque las eches. Pero la pereza mental es inaudita, ya que no podemos dejar de pensar ni una fracción de segundo, y podemos dar a conocer, de distintas maneras, lo que pensamos, previo a darle forma a través de un código. Esta actividad, tan compleja y cotidiana a la vez, es la que nos diferencia de esos seres vivos que nacen, mueren y se reproducen, pero sólo siguiendo sus instintos.
No creo que las personas se conviertan en bestias por cometer errores ortográficos, porque el equívoco es otro rasgo de nuestra naturaleza como seres humanos. Pero sí me parece incauto y poco práctico dejarse llevar por el espejismo de la inmediatez de nuestros tiempos y dilapidar, con nuestras propias manos, los rasgos de nuestro origen, el sello de nuestra cultura, las bases de nuestra identidad.
Siempre se ha dicho que la única forma de someter a un pueblo es imponiéndole una lengua diferente a la suya de origen. Si esto es así, y creo que la historia lo ha confirmado muchas veces, no entiendo qué esperamos para apuntalar la trinchera más pacífica pero poderosa que poseemos.

Jéssica Priano

 

EL ÁRBOL DEL ERIZO

Libros y niños 1
Bajo el título Lálbero del riccio (El árbol del erizo) se reunieron las cartas que Gramsci enviaba desde la prisión a sus dos hijos, Delio y Giuliano. (.…) En esas cartas, Gramsci evoca sus propios recuerdos de infancia en Cerdeña, sus juegos, los vínculos con la madre, sus observaciones de niño amante de los animales y de la naturaleza.(…) Les habla del rosal que plantó en su celda, de una lagartija que trata de amaestrar y del gorrión que le hizo compañía durante algunas semanas. “Lo que me gustaba de ese gorrión es que no quería que lo tocaran. Se resistía con ferocidad, desplegaba sus alas y me picoteaba la mano con una energía hosca. Era un gorrión doméstico, pero no permitía ciertas confianzas”.
”El árbol del erizo”  es un documento humano de gran belleza, comparable al “Diario” de Ana Frank y que puede ser una lectura excelente para los niños a partir de los nueve o los diez años.
Marc Soriano, “La literatura para niños y jóvenes”. Trad., adaptac. y notas de Graciela Montes. Buenos Aires, Colihue, 1999.

Libros y niños 2
Un libro para niños es, ante todo, un libro que los niños leen con placer. No cabe duda de que la coincidencia de testimonios permite identificar un cierto número de obras que los niños han amado a lo largo del tiempo, pero al fin de cuentas no son más que un puñado de libros muy famosos, que también resultan ser grandes éxitos en la literatura adulta. ¿Acaso esos sondeos nos autorizan para concluir que conocemos los gustos y las necesidades de los niños del pasado? E incluso, volviendo a nuestra época, ¿qué sabemos de los gustos de los niños de hoy? ¿Cómo haremos para conocerlos? ¿A través de los propios niños? ¿Están ellos en condiciones de formularlos? ¿A través de los adultos? ¿Pero qué saben esos adultos por lo general de esa infancia que no es la propia? Estamos en un terreno en el que los consumidores no son los que pagan. Por un lado, están los que compran libros que no leen, y, por otro, los que leen libros que tal vez no habrían comprado. Y tanto unos como otros compran y leen no los libros que desean, sino los que encuentran en el mercado, y que se corresponden con una cierta idea que los artesanos del libro infantil se hacen de la infancia.
Marc Soriano. Ibid.

Libros y niños 3
Los libros y los niños son dos categorías, o dos instituciones, o dos realidades (lo que se prefiera) que entablan a menudo relaciones contradictorias cuando no excluyentes. Los niños, se supone, no sabrían manejar los libros: los rompen y los muerden, si son muy largos los abandonan, si el vocabulario y la sintaxis son muy complejos, se dispersan.
No hay acuerdos definitivos sobre la responsabilidad de desajustes semejantes, ¿Serían los niños (por pereza, necedad, distracción) los responsables del fracaso de sus carreras lectoras? ¿O sería, por el contrario, de los libros la culpa, por el cultivo capcioso del doble sentido, la abstracción, las secuencias lineales y el aspecto monocromo?
Daniel Link, “Libros y niños”.Radar libros, Buenos Aires, 8de julio de 2002.

Libros y niños 4
“Aprender a leer” es, por lo tanto, adquirir los medios para apropiarse de un texto (como lo hace Humpty Dumpty) y también para nutrirse de las apropiaciones de los otros (como el maestro de Pinocho podría haber sugerido). En esta zona ambigua entre la posesión y el reconocimiento, entre la identidad impuesta por los demás y la identidad descubierta por uno mismo, yace el acto de leer.
Alberto Manguel, “Las aventuras de Pinocho”. Radar libros Año 5- Nº 306.  Buenos Aires, 14 de septiembre de 2003.

Libros y niños 5
Imaginar consiste en subvertir la visión del mundo que nos ha sido impuesta. Aunque Collodi no le puede conceder a su muñeco este estado final de autodescubrimiento, llegó a intuir las posibilidades de sus dones imaginativos. Sabía que cada crisis de la sociedad es, en definitiva, una crisis de la imaginación.
Alberto Manguel. Ibid.

Colaboración de Alicia Silvia Rey

 

BIBLIOTECAS INFAMES

Dije que yo era profesora de literatura, lo que es mentira, pero en lo demás no mentí, creo, porque le aconsejé al turista americano que primero tenía que leer a Borges, que estaba ahí en el mismo estante, y después, algún día y quizá, a Bolaño. Así pude apropiarme de los dos últimos libros de Bolaño que quedaban en Buenos Aires y que el chico, estudiante de literatura, quería llevarse.
Yo estaba de visita en Buenos Aires, parando en la casa de una amiga. Su habitación de huéspedes quedaba en el entrepiso, y era un realidad una biblioteca. Las cuatro paredes estaban cubiertas de libros, hasta el techo. A la cabecera de mi cama tenía la sección de literatura italiana, y así pude releer pasajes del Inferno, traducidos esforzadamente por Mitre. A los pies de la cama estaban los franceses y los ingleses, y por eso releí fragmentos de Flaubert y de Joyce. Reencontré también a Montaigne y a Maupassant, lecturas de mi juventud.
Una noche, cuando estaba en la cama comparando los dos libros de Bolaño que había comprado, y leyendo cuentos de uno y de otro, de golpe me sentí tan cansada que apagué la lámpara y dejé a Bolaño en el suelo, al lado de la cama. Y así fue como pasó lo que pasó.
Entre el millón de razones para no dejar los libros en el suelo hay una muy importante: una puede vomitarles encima, si no atina a levantarse para ir a hacerlo al baño. El vómito era vinoso, para gran detrimento de los libros, que quedaron empapados y además púrpuras. Arruiné también el cobertor nuevo y otras cosas, incluso una libreta de notas. Es malo dormir con libros y libretas alrededor. Las notas no me importan, porque en eso me me siento como Macedonio Fernández, que tiraba todos sus papeles al mudarse de pensión. Pero los libros.
Me contaron que cuando subieron a mi habitación a asistirme, yo me quejaba de un modo que hacía temblar las estanterías que me rodeaban. Me quejé todavía con más ímpetus cuando vi los libros arruinados, y me seguí quejando, en sueños, días y días, semanas y meses, y me quejé tanto que una noche, ya de vuelta en mi casa, logré despertar a mi marido, que duerme como una piedra, y cuando me sacudió y me preguntó qué pasaba le dije que no podía perdonarme haber vomitado encima de los libros de Bolaño. Me dijo que no era para tanto, que peor hubiera sido vomitar el Quijote, y se volvió a dormir.
Me quedó la queja como a quien le queda un agujero en la cabeza. Una vez vi un hombre con un agujero así, y se le veía el cerebro, que era verdoso y latía. No puedo restañar la queja. Ya no es tan estridente, y al parecer mi marido se ha acostumbrado, pero a mí me duele y me desangra. Esto me gustaría contárselo a Bolaño. Creo que tiene la culpa, y quien tiene la culpa tiene la explicación, pero ya es tarde. Por otra parte, sé que cuando alguien lee un libro se está leyendo también a sí mismo, así que casi da igual el libro que uno lee, el autor que uno elige, cuando uno está en un entrepiso lleno de libros, durante un viaje breve a su país, recordando quién sabe qué, quién sabrá qué recuerda uno en un viaje breve a su país.
Sigo quejándome de noche y me siento tan triste y tan avergonzada como el día del vómito, que inauguró este duelo. Supongo que hay un momento de la vida en que uno, o una, está de duelo, pero no sé si me llegó la hora o si hay algo que tengo que descubrir todavía. Quizá deba volver a Buenos Aires para encontrar allí la punta de la madeja, otro libro, otra curda. Pero por supuesto me da miedo. Mientras tanto, me quejo entre sueños, porque se me parte el corazón.

Graciela Reyes

MONEDAS VIEJAS

Ordenando cajones en las vacaciones encontré una lata de tabaco llena de monedas viejas. Hablo de monedas viejas, no de monedas antiguas. Porque alguna vez pasaron por mis manos aquellas enormes monedas de cobre de uno y dos centavos o la moneda de diez centavos de plata de cuando nuestro peso era fuerte; pero no eran esas sino las monedas comunes que circulaban en los años sesenta, setenta y ochenta.
Por curiosidad me puse a clasificarlas, a armar series, y aunque la colección era incompleta, había más de treinta monedas distintas. Un ñandú de un centavo de austral, acuñada en 1985, una pesada moneda de diez pesos (¿qué pesos eran que llevaban un símbolo cuyo sentido ya no recuerdo? ¿pesos ley, pesos argentinos, pesos moneda nacional?) de 1978 y otra con el mismo signo, un poco más grande, pero de una aleación más liviana y sin duda más barata, de 1979, pero de cien pesos, con la efigie de un soldado a caballo, conmemorando la conquista del desierto. Y una del '84, de un peso, de una aleación liviana y modesta, opaca, con aspecto de aluminio. No cansaré al lector con una descripción demasiado prolija.
Ante muchedumbre tan variopinta se me dio por imaginar que algún arqueólogo de alguna civilización remotamente futura, dentro de vaya uno a saber cuantos milenios o millonenios, hallase en una excavación la cajita y se dedicara a ordenarla y estudiarla.
Aún con las computadoras potentísimas de aquel futuro, ¿podrá nuestro arqueólogo formular alguna hipótesis válida acerca de nuestro sistema monetario? ¿Y qué pensará de los hombres que se manejaban con esa moneda?
Pero dejemos la fantaciencia. Para muestra basta un botón o unas pocas monedas. Tengo bastantes años y he visto bastante de la pequeña historia que cabe en la vida de un hombre. Me ha ilusionado cada nuevo gobierno y me he desilusionado cuando ese gobierno, en poco tiempo, recayó en las mañas viejas. En la vida personal y profesional me puedo sentir bastante satisfecho. Me siento un hombre y un ciudadano capaz y he conocido y compartido tiempos de esparcimiento, de estudio y de trabajo con otros tan capaces como yo. Y vuelve siempre la pregunta sin respuesta.
¿Cómo hacemos los argentinos, tan inteligentes y creativos, para desperdiciar tantas oportunidades de ser lo que deberíamos ser?
Esta vez fue una latita vieja de "John Cottons, Mellow Virginia, finest Smoking Tobacco", del que comprábamos en alguna de aquellas épocas locas en que cambiábamos nuestra moneda por un montón de dólares; la que me hizo doler por un rato la argentinidad.

Roberto E. Rocca

 

DESDE LA BUTACA
CINE ARGENTINO EN EL MALBA
süden e Historias extraordinarias
                                                                                                                  
Siempre será poco todo lo que pueda decirse acerca de las virtudes del cine del Malba. Desde sus inicios, la programación está a cargo del múltiple Fernando Martín Peña, historiador, coleccionista, ex director de dos Baficis y programador del último Festival de Mar del Plata. De jueves a domingos se pueden ver allí películas inhallables en otros cines. Lo que podría llamarse una sala de cine arte, opuesta a la categoría de multicine, exhibe retrospectivas dedicadas a los grandes directores y actores de Hollywood, films mudos acompañados con música en vivo, y algunos estrenos que no pasan por las salas comerciales. No hay allí pochoclo, ni colas de futuros estrenos, ni gente que converse durante la proyección, pero sí un excelente programa de mano con mucha información, y calidad cinematográfica.
Desde hace un tiempo se exhiben allí dos films realizados de forma independiente, o dicho más precisamente: al margen de las productoras de la industria y sin subsidios del INCAA. Son films que tampoco se estrenaron en las salas comerciales.
Gastón Solnicki es un joven realizador que documentó en süden, su opera prima, la visita que el músico Mauricio Kagel -también realizador cinematográfico, de origen argentino- realizó a Buenos Aires en 2007. El documental da cuenta de los ensayos del director y compositor -uno de los más importantes exponentes de la música contemporánea- con el conjunto musical Süden, previos a su presentación en el Colón. Un film que deja de lado lo didáctico y se aparta de la moda de los documentales reflexivos, en los cuales el director se involucra en la escena. Lo que está en primer plano y bien logrado en süden es introducirse en la obra y captar el ángel del personaje, sabio e inteligente, y el film cobró un plus de significación cuando conocimos su muerte, acaecida pocos meses después del rodaje. Excelente documental nada pretencioso, que constituye además una reflexión sobre el arte, realizado con humor y muy bien montado. Una joyita.
Historias extraordinarias es el irónico título del largo (sí, cuatro horas) de Mariano Llinás, que hilvana diversas historias a la manera de los libros clásicos de aventuras que algunos leíamos cuando niños. Un fascinante y fluido relato que se desarrolla en el espacio familiar de la Provincia (Buenos Aires, nunca mencionada). Historias que se ramifican, se abren hacia la especulación para finalmente desvanecerse en el aire, como en las mejores novelas de Auster. Con momentos muy altos, como la historia de un león moribundo en un galpón de la pampa y el triángulo amoroso de Lola Gallo y sus dos maridos. Un film tan inteligente como desmesurado, en el cual el largo relato está sostenido por un narrador en off, con muy pocos diálogos y unos actores, también, extraordinarios. Un film que con justicia ganó el premio de la crítica internacional (Fipresci) al mejor film argentino.
Y como postre, se acaba de estrenar otro fascinante, hipnótico documental: Caja cerrada, de Martín Solá. Tres imperdibles.

Josefina Sartora

 

 

 

LO ANÓNIMO DE UN CONCIERTO

La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia y la ciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana. En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwängler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaban a rehabilitar al oeste después de haberla repudiado al este. También Furtwängler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la me(ga)lomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el “Concierto en Re” de Beethoven que el ilustre Furtwängler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ése imperecedero leopardo de la música. La Rias (sigla de la radio alemana) difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France?Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.
Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su Intérprete y de su director, solo puede hablarse con admiración, pero no es de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un “pianissimo” de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.
Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quien tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no habla muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?

Julio Cortázar

 

TRES POEMAS DE JUAN GELMAN

El infierno verdadero

Entre las 5 y las 7,
cada día,
ves a un compañero caer.
No pueden cambiar lo que pasó.
El compañero cae,
y ni la mueca de dolor se le puede apagar,
ni el nombre,
o rostros,
o sueños,
con los que el compañero cortaba la tristeza
con su tijera de oro,
separaba,
a la orilla de un hombre,
o una mujer.
Le juntaba todo el sufrimiento
para sentarlo en su corazón
debajito de un árbol
El mundo llora pidiendo comida
Tanto dolor tiene en la boca
Es dolor que necesita porvenir
El compañero cambiaba al mundo
y le ponía pañales de horizonte.
Ahora, lo ves morir,
cada día.
Pensás que así vive.
Que anda arrastrando
un pedazo de cielo
con las sombras del alba,
donde, entre las 5 y las 7,
cada día,
vuelve a caer, tapado de infinito.

 

El juego en que andamos  

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

 

Costumbres

No es para quedarnos en casa que hacemos una casa
No es para quedarnos en el amor que amamos
Y no morimos para morir
Tenemos sed y
paciencias de animal