DE SITUACIONES PARALELAS: «ESTAR PREPARADOS»
Un número muy celebrado, el siete, me ha llamado al uso de razón justo al momento en que abría la carpeta de "semillas" del directorio donde almaceno lo que se me ocurre. Tenía pensado recuperar uno de los argumentos que allí reposan, pero un singular "paralelismo" temático de actualidad con la primera nota que escribí para estas páginas —hace ya siete años— me movió a sembrar en lugar de recoger.
No me gusta el tema, ni creo que pueda gustarle a nadie, y menos aún sus dos indeseables protagonistas: el antiguo triatoma infestans y el actual aedes aegypti. Puedo imaginar el cabreo superior de los lectores de «La Agenda», porque ¿a quién no le indigna que un bicho "elija" su tierra, su entorno, para ampliar el escenario de sus fechorías?
Leo en una revista económica española la declaración de un alto funcionario argentino que afirma: el país está preparado para afrontar la epidemia. No tengo por qué dudarlo, tampoco tengo derecho a hacerlo; sucede sólo que esa sencilla declaración también me suena "paralela" a la que venimos escuchando los españoles sobre el estado de nuestra economía... desde que el gobierno ya no pudo ocultar por más tiempo que íbamos cuesta abajo y acelerando.
Las declaraciones del PODER siempre fueron grandilocuentes y desde que cuenta con "imágenes" las cuida y retoca hasta límites insoportables. La puesta en escena televisiva de algunos dirigentes produce vergüenza ajena. He repasado las noticias de la prensa argentina recogidas en Internet sobre la epidemia que ha alcanzado a gentes del conurbano de Buenos Aires. Aseveran y advierten que las clases más desfavorecidas son las más expuestas a las picaduras y al contagio interpersonal. También explican que el mosquito pica preferentemente en las horas extremas del día y deja sus larvas en los charcos de agua estancada.
Ignoro "cómo" se ha contado esa advertencia en la TV "oficial", y si existen canales críticos fiables, es decir no demagógicos. Sin embargo, esa ignorancia mía es irrelevante: ahora sólo importa si a las gentes del conurbano, precisamente a quienes están en la diana del problema, se les ha dicho no sólo que el país está preparado, sino cómo y con qué medios pueden contar para escapar del contagio, persona a persona, casa por casa.
Imagino que el lector conoce el texto del telegrama que un mal estudiante envió a su madre: «curso suspendido – prepara a papá», y también la respuesta de ésta: «papá preparado – prepárate tú.»
Me he atrevido a recrear un chiste tan viejo para que lo tenga presente la contestación ciudadana frente a cualquier gobierno que no haya hecho "sus deberes". Así podrá anticipar la sentencia de las urnas y decirle al PODER que esté preparado para marcharse.
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Lo esencial de la información de Wikipedia fechada el pasado 11 de abril dice:
El mosquito Aedes aegypti puede reconocerse por sus distintivas marcas blancas, aunque sus diferencias de aspecto con otros mosquitos no son demasiadas. Se le considera un vector importante en la transmisión del dengue y la fiebre amarilla. Las recomendaciones de los organismos sanitarios para la prevención de las picaduras incluyen la utilización de repelentes; el más efectivo es el que contiene N,N-dietilmetatoluamida (DEET).
El mosquito procede de los trópicos, pero también está presente en los estados del sur de los Estados Unidos.
Fue el científico cubano Carlos Juan Finlay quien lo identificó como agente trasmisor de la fiebre amarilla; su informe data de la «Conferencia Internacional de Sanidad», celebrada en Washington DC, el 18 de febrero de 1881.
... más bien, parece que transcurrió tiempo suficiente para estar preparados todos.
Fernando Anguita B.
ARGUMENTOS
Mi cuñada me cuenta que la señora que limpia en la casa de mi suegra es muda. Me dice: decidió dejar de hablar. Un día no habló más. Ahora se comunica torpemente (el adverbio es mío) por señas, gestos, y escribe. Escribe todo. Yo recuerdo el argumento de Bartleby, de Melville: un escribiente que un buen día decide no copiar más y se dedica a repetir “preferiría no hacerlo”, cada vez que su jefe le manda hacer una tarea. Casos extremos, pienso. Le digo a mi cuñada que ella (que escribe relatos fantásticos, perversos) debería escribir un cuento con la historia de Claudia (la “muda”); me corrijo: debería ser una novela. Da para una novela. Estoy leyendo Salvatierra, de Pedro Mairal, la historia de un tipo que se quedó mudo después de un accidente hípico y a partir de ahí pinta enormes rollos que cuentan historias. Y además está la búsqueda (por parte de uno de los hijos) de un rollo perdido. Es el tema de la búsqueda del padre, el contador, el pintor. El hijo busca el relato perdido del padre (perdido). Recuerdo que Funes (el memorioso) se vuelve hipersensible después de una caída de un caballo; como Salvatierra, pienso. La historia de Funes es la historia del hijo que no tiene padre; la de Salvatierra, la del padre buscado por uno de los hijos (¿para que le legue la palabra?) Mónica, tenés que escribir ese texto. Todo buen texto habla de lo mismo, de lo más importante: de la literatura. “Encontrar el tramo faltante era algo que necesitaba hacer para que el cuadro no fuera infinito. Si faltaba un rollo, no iba a poder mirarlo todo, conocerlo todo, y seguiría habiendo incógnitas, cosas que Salvatierra quizás había pintado, sin que yo lo supiera. Pero si lo encontraba, habría un límite para ese mundo de imágenes. El infinito tendría borde y yo podría encontrar algo que él no hubiera pintado. Algo mío. Pero son interpretaciones que hago ahora. Por esos días sólo estaba obsesionado con encontrar la tela; no pensaba en estas cosas.” Se escribe sobre la escritura, se escribe sobre la escritura en su batalla contra el infinito. La escritura no nos acerca a Dios, nos acerca al hombre; porque el infinito nos aterra. Se escribe para soñar que hay un límite. Salvatierra es el infinito mismo; el hijo lo llama por el apellido (que los nombra a ambos), lo llama por la distancia, por la lejanía. Por eso tiene que encontrar el rollo, para acortar la distancia que lo separa del padre. Escribí (escribir es acortar distancias) sobre la muda, una muda que limpia, que ha hecho del movimiento del cuerpo su religión, una mujer perdida en un departamento de Lanús que le limpia a una vieja. Una mujer que ha hecho de la escritura su centro, su cuerpo, merece una novela. No hay otro género para ella.
Escribila, hacelo por la muda si no lo hacés mí.
Jorge A. Cabrera
DE TODO COMO EN FERIA (del Libro).
Una nota a salto de canguro
Ya comenzó la 35ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En ella no se percibe la crisis que ya llegó al mundo del libro del hemisferio norte. Inmensa, inabarcable en una sola visita. Si me permiten, van aquí algunos señalamientos. Disponer de los planos que salieron en los suplementos especiales de los diarios Clarín y La Nación y que se dan gratuitamente en la misma Feria. Como cuando preparamos un viaje procurándonos una guía y planificando nuestros pasos. Si se dispone de poco tiempo marcar-visualizar prioridades. Prestar atención a lo que habitualmente no llega a las librerías de aquí: lo editado en las provincias Córdoba, Tucumán…-, las instituciones y universidades, por ejemplo- y lo traído por las representaciones de los países y regiones (Galicia) -. Pensar que podremos ver más de lo que podemos comprar… ¡pero quién nos quita lo visto! Incluso puede ser anotado y constituir un pequeño listado de libros a conseguir y leer a lo largo del año. Quiero llamar la atención sobre el Pabellón Ocre (entrando por la esquina de Av. Santa Fe y Av. Sarmiento) y una clara y conmovedora muestra sobre Ana Frank que presenta en sociedad al Centro Ana Frank Argentina, que en junio abrirá sus puertas con una recreación de la casa de Ámsterdam que fue su refugio. En el stand de la Biblioteca Nacional pueden verse todas sus publicaciones, algunas rescatan textos que hace mucho tiempo habían abandonado las librerías. Que la visita a este gran mapa cultural que es la Feria pueda cargar nuestra mirada, nuestra percepción de una parte de nuestro país que piensa, que produce, que comunica/comparte, que edita. Y esta parte no es menor, y tiene que tener más incidencia en la idea que forjamos de nuestro país… y tendría que ser la más comunicada por nosotros. Pensemos por un momento que lo mostrado es una pequeña porción de la vida cultural (e incluso de la edición). Para entender la idea que es fondo de estas palabras, se podría detener la atención un momento en el poema de Leopoldo Lugones, El dorador.
En el stand del Instituto Argentino de Cultura Gallega (Pabellón Amarillo, stand 1710) pueden verse varios títulos de la Biblioteca Castelao. Entre ellos un libro de arte bellamente editado Castelao pintor. Este político que constituyó el gobierno gallego en el exilio aquí, en Buenos Aires, durante los duros años del franquismo es de esa raza cada vez más rara en la historia, del estadista con dimensión humana/humanista, hombre de letras, sensible artista. Quizás podamos recordar en nuestro medio a Bartolomé Mitre, prolífico escritor, traductor de la Divina Comedia, y tenaz coleccionista de libros sobre nuestra América. Ese material reunido en su casa de la calle San Martín, detrás del antiguo edificio del diario La Nación (hoy edificio ocupado por una tienda) constituye una biblioteca especializada de gran riqueza que se encuentra dentro del Museo Mitre, reabierto luego de 2 años de tareas de reacondicionamiento.
En cuanto al sector del mundo editorial que habitualmente no tiene llegada automática o fácil a las librerías está el de las editoriales pequeñas. A título de ejemplo, en el stand 2321, del Pabellón Amarillo, a la editorial Bajo la luna que agrupa en su espacio otros sellos editoriales. Libros de cuidada selección y edición, podemos hojear El libro del haiku, una antología con un profuso estudio crítico de Alberto Silva. Allí podrán reencontrar a una librera que supo brillar en nuestra ciudad: Berenice Blanco (de El Monje).
En el stand de la librería Jorge Waldhuter (Pabellón Azul, stand 610) una nueva editorial presenta sus materiales para niños. Se trata de Librería de Mujeres Editoras y su Colección Yo soy igual en la que presentan como protagonistas a niños y niñas y sus madres con trabajos no habitualmente vinculados con la mujer. Mi mamá conduce el subte, Mi mamá es taxista, Mi mamá es electricista, entre otros títulos. Con textos e ilustraciones de calidad. En este mismo stand se podrán encontrar las ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, entre sus títulos, el monumental volumen de las obras completas de Juan L. Ortiz.
Carlos Córdoba
PRÓLOGO
Si el haiku une el matiz y el “breve instante” de una sensación o un sentimiento y es necesario “dejar que ocurra” para que el pincel, o, en este caso, la palabra responda a ese momento, -aunque en uno de los poemas Beatriz Piedras niegue esa apuesta: “Pequeña flor/Ni pincel, ni palabra/ que la contenga”-, su búsqueda con la fuerza de lo breve logra esa unidad con un poder sugerente que se va deslizando de uno a otro poema, con la continuidad necesaria y las palabras justas que hacen que en nuestra lectura vaya surgiendo en nosotros ese punto casi incandescente, casi un haz de silencio que nos une con ese instante y el matiz sutil. No son casuales los versos “Tan silenciosa/ después de la tormenta/ la voz del haiku”, poema que da fin a Haiku I, u otro del mismo libro: “Como la nieve/sin tocar el silencio/se despoja la flor”.Blanco y silencio. El silencio, una aspiración de la poesía, en Mallarmé, también en un ensayo de Borges. La virtud del espacio vacío y de lo que resuena en estos poemas. “Una bandada/pinta blanco en el blanco/del plenilunio” se lee en Haiku II. Blanco sobre blanco que nos recuerda la pintura de Fra Angélico.
Pero entre ambos libros, que hasta ahora circularon en forma artesanal, y hoy se editan aunados, se abre el tiempo de escritura aunque “siempre es ahora”-, y la búsqueda se renueva. Los cambiantes matices, las certezas como un punto, y un yo en soledad, mínimo y frágil-indispensable en el arte, no sólo del haiku-, que recorre aspectos de la naturaleza y da respuesta, toma otro lugar, igualmente despojado en Haiku II, al incluir la ciudad y su gente, las calles y la miseria, pero también logra hacer surgir la grandeza de “desvaneciendo sombras” porque otra vez el verso tiende a “un haz de luz”. “Desde el vitral”, desde cierta religiosidad personal, aparece “Teresa”, o “la escritura de Dios” que también habitan nuestro mundo, como lo habitan, si así lo queremos esos momentos de silencio y de luz en el instante.
Breves, despojados, los tres versos -a veces dos- de los haikus se multiplican en el eco íntimo y plural de ese instante en que lo poco se vuelve humilde pero brillante y poderoso.
Liliana Guaragno
SERÁ POR ESO QUE LA QUEREMOS TANTO
Ayer a la noche, y sólo para refugiarme del hastío que me provocan los noticieros de la televisión, busqué en Internet alguna nota que refiriese a la relación de Jorge Luis Borges con la (su) ciudad de Buenos Aires. Para mi sorpresa, encontré decenas. De puro aburrido, entre bostezo y bostezo, leí todas las que me permitió el sueño: el abanico era amplísimo y cubría, como casi todo lo que se encuentra en la red, desde aquellos ensayos medianamente sesudos a infaltables disparates que no llegan siquiera a meras tesinas escolares.
Sé que lo leído no alcanza para elaborar una conclusión como Dios manda, pero arriesgo una idea: a esta altura del partido, resulta extraño que los muchos (a veces excesivos) especialistas que se han dedicado a estudiar la obra borgeana, no hayan advertido lo evidente: para el autor de Ficcioness, Buenos Aires no existía.
Claro que, dicha así, la frase podrá sonar al producto de una simple trasnochada por la web, de modo que trataré de explicarme. Borges nació el 24 de agosto 1899 en una casona de Tucumán 840 (entre y Suipacha y Esmeralda), en pleno centro, una zona conocida por entonces como la Parroquia de San Nicolás. Pero allí apenas si transcurrieron sus dos primeros años de vida, ya que la familia se mudó en 1901 a un rincón de Palermo llamado Villa Alvear (la casa, hoy inexistente, quedaba Serrano 2135). Después todo el grupo familiar se marchó a Europa, y a su regreso (1921) se instaló primero en la calle Bulnes, y luego sucesivamente en la avenida Quintana y en un discreto departamento de Las Heras y Pueyrredón. Como es fama, con los años el escritor y su madre terminarían viviendo en Maipú 905, de donde Borges saldría apenas entre el '67 y el '70 (lo que duraría su matrimonio con Elsa Astete Millán, ya que la pareja habitó un departamento ubicado sobre la avenida Belgrano). Tengo para mí que estas sucesivas mudanzas, sumadas a su espíritu de tenaz caminador, hicieron que para Borges no existiese una ciudad homogénea llamada Buenos Aires, sino por el contrario una serie de barrios sucesivos tan diferentes como seductores. Resumiendo: Borges, por haber nacido en ella, por venir de sus entrañas, no vio jamás a Buenos Aires como un todo, sino que observó siempre sus particularidades. Su literatura lo demuestra: siempre refiere a Once o Saavedra, Retiro o Constitución, y cuando menciona a la ciudad por su nombre resulta evidente que también lo hace pensando en alguno de sus rincones (así, si “se le hace cuento que empezó Buenos Aires”, enseguida la sitúa en apenas una manzana de Palermo, su antiguo barrio).
Los que venimos de afuera, los que la descubrimos primero a la distancia, tenemos en cambio una mirada distinta de ver a Buenos Aires: al principio la imaginamos a través de algunas fotografías o lecturas (ya se sabe que el obelisco, la Boca, la Plaza de Mayo, resultan fetiches para los provincianos que, apenas llegamos, corremos a conocerlos). Y esa visión del recién llegado, del foráneo, puebla también buena parte de nuestra literatura: tanto para Lugones como para Castilla, para Saer o César Aira (y aun, curiosamente, para Cortázar mismo) Buenos Aires es siempre una unidad, un todo cuyos fragmentos resultan apenas meras circunstancias.
En fin, como cualquier hembra que se precie, Buenos Aires se deja amar de dos maneras: por sus hijos, con un amor dulce que va de adentro hacia fuera, de las entrañas al exterior. Por sus amantes, con un amor penetrante que va de afuera hacia adentro, y que muchas veces incluso resulta violento, casi brutal.
Miguel Angel Morelli
DESDE LA BUTACA
NUEVAS PROPUESTAS EN EL CINE ARGENTINO
Como todos los años, el Bafici fue ventana de exposición de las nuevas películas argentinas. Lo más nuevo que vimos son films muy cerrados en sí mismos, que se apartan de ciertas constantes del último cine nacional, con propuestas originales y muy diferentes.
Tomemos, por un lado, La madre, de Gustavo Fontán. Suerte de homenaje a Madre e hijo de Sokurov, retrata la relación de ambos personajes ante una situación arquetípica: el momento en que ambos se alejan físicamente, ella en su decadencia corporal próxima y él en la madurez de su potencia sexual. Él es testigo en conflicto de la crisis, a la vez que experimenta su independencia. Es justamente en ese atisbo de narración donde el film es más débil. Fontán deja de lado el diálogo y se confirma como exquisito fotógrafo, creador de climas sugerentes. La sucesión de planos fijos, primeros planos de personajes y objetos -un insecto, una planta- primerísimos planos de la madre, todos ellos conforman una galería de imágenes como pocas veces podemos contemplar con tal gozo en el cine argentino. Una propuesta arriesgada y nada convencional, que propone una radicalización del relato muy poco complaciente.
Por otro lado, hubo dos películas que originaron una fuerte polémica. Realizadas por gente de grupos y elecciones estéticas afines, Todos mienten, de Matías Piñeiro, y Castro, de Alejo Moguillansky, son dos obras en las que también se observa una exquisita construcción visual y sonora, aunque sus significados pueden resultar algo herméticos. Todos mienten es uno de los muchos films actuales que presentan el estado de la juventud, si bien en este caso no parece a la deriva sino que tiene sobre todo en las mujeres- ideas y objetivos muy fuertes. Unos jóvenes encerrados durante unos días en una quinta despliegan allí sus juegos, planes, seducciones e intenciones ocultas, en un film donde nada es lo que parece. Muy pegado a la nouvelle vague, hay un permanente uso de la cita, de la historia argentina, de las tensiones entre Rosas y Sarmiento. El trabajo de fotografía de Fernando Lockett es excelente: está filmada básicamente con planos secuencia muy elaborados, de una precisión exquisita.
Castro es otra comedia coral en la que hay un exceso de acción esencialmente lúdica: todos corren, unos personajes persiguen a otros sin que sepamos muy bien por y para qué, hay abundancia de personajes que nunca terminamos de conocer, conspiraciones ocultas de las que sólo sabemos que hay problemas de amores, trabajo y dinero. Si la puesta en escena de Todos mienten es precisa, la coreografía de Castro es de un virtuosismo perfecto, en el que las ignotas motivaciones ya no importan y todo parece gratuito. Y si Todos mienten opera en el encierro, Castro muestra espléndidamente la ciudad, en sus barrios menos fotogénicos. El artificio de la puesta y la actuación estilizada recuerdan el teatro más contemporáneo, de donde Moguillansky toma actores y métodos.
Ambos son films desconcertantes y tal vez necesitan una segunda visión, por sus códigos de grupo o clase, por sus muchos guiños para iniciados, por su artificio. Indudablemente, se trata de propuestas muy firmes, de gente que sabe lo que quiere. Me pregunto si constituyen sofisticados ejercicios de estilo o tendrán una continuidad.
Josefina Sartora
EN LA RICHMOND
Para L. C.
El otro día estaba tomando una taza de té en la Richmond de la calle Florida cuando entró Lorenzo Callahan, que fue mi primer amor. Yo tenía once años y él por lo menos treinta. Nunca nos dirigimos la palabra. Nunca me vio, siquiera, porque yo me escondía. Hacía bien en esconderme. No solamente tenía once años (medias tres cuartos, pelo enredado, aparato de ortodoncia), sino que leía a Diderot y escribía mis propios pensamientos, numerados. Lorenzo Callahan tenía el pelo amarillo y la mirada perdida. El pelo muy amarillo, la cara grande, el cuerpo enjuto. Iba de traje gris y corbata roja, y llevaba un portafolio, porque era profesor, era el profesor de matemática de las chicas de sexto B. Yo estaba en quinto A. Un día lo vi venir por el pasillo, lentamente, porque todavía no había sonado el timbre de clase. Lo vi y la flecha de Cupido me dio en el plexo solar, y quedé deslumbrada, temblando, con una flojera desconocida en el cuerpo y un ardor desaforado en la imaginación. Desde entonces lo seguí, dentro y fuera del colegio. A la noche, después de los deberes, escribía mis libros futuros con el propósito de mandárselos algún día, pasados en limpio con pluma cucharita en un cuaderno Rivadavia, y por supuesto sin mi nombre. El primer amor me inspiró una cantidad enorme de pensamientos, y cuanto más eufórica me sentía, más desesperadas eran mis ontologías. Lo espié durante mucho tiempo y seguí escribiendo para él, incluso cuando, ya en la adolescencia, me di cuenta de que el amor no consistía solamente en llenar páginas. Pero ni se me ocurría que podía hacer más: escribir para él era lo más. Nunca le mandé nada. No tenía ni su dirección.
Está viejo, pero le queda un poco de pelo chillón en la cabeza, mezclado con unas pelusas blancas, y su cara ancha y ahora derrumbada tiene la misma expresión perdida de siempre.
Pensar que yo me subía a los techos para verlo dar vuelta a la esquina. Pensar que una vez me trepé a un tanque de agua por mirarlo de lejos durante un minuto escaso, y que temblé tantas veces de frío en los zaguanes de casas cercanas al colegio, esperando que él pasara. Durante meses sentí el pánico de que me tocara de profesor en sexto, porque no iba a poder soportar la luz de su presencia (no me tocó).
Se sentó un poco lejos, a mi derecha. El mozo le llevó un café y él se quedó quieto un buen rato, sin tomarlo. Yo lo veía de perfil. De la calle Florida llegaba, desfigurado, un tango. Había estado a punto de cambiarme de mesa, para alejarme de los ruidos de la calle. Por suerte no lo hice, porque sentada cerca de la puerta pude ver entrar a Callahan, lento y tranquilo, y hasta me parece que por un fragmento ínfimo de tiempo nos miramos, cuando él echó una ojeada alrededor para elegir mesa. Si realmente se nos cruzaron las miradas, ese fue el único contacto que tuvimos en la vida.
Ahí estábamos los dos, yo mirándolo como antes y él sin darse cuenta, como antes. Tomó el café desganadamente y supongo que ya frío. Al rato llamó al mozo con un gesto mínimo del brazo. Pagó y se fue, pensativo, ausente. Debería alegrarme de haberlo visto, porque Lorenzo Callahan, en su vejez, sigue siendo el mismo. Yo, en cambio, no soy la misma. Por suerte, claro. Pero a la vez, qué triste no ser la misma, qué triste.
Graciela Reyes
DEPENDENCIA
Sombra de los dedos de mi mano izquierda sosteniendo la birome. Después ya palabras que aparecen entre la tinta sin que yo les sea nada, salvo una mínima orientación propuesta por mi conciencia en silencio…
Escribir es una forma de extremar la escucha de la vida de estar vivo. De tranquilizar el orden solitario del lenguaje...
Golpes del habla sobre las compuertas del ser, lo que se dice naciendo de nuevo en las palabras, es mucho más libre que casi nada más en el mundo humano…
¿Qué va a llegar que todavía no está escrito o habrá quedado de lo que realmente intuí o tuve ganas de expresar? ¿Algo no lo sabe o lo duda de mí?
Intuir no es aceptable ni desechable…
Palabras escritas: signos del mundo que está dentro de la situación misteriosa del uno mismo…
Mirando con todo lo que somos, el constante testimonio de escribir, balbucea mejor lo que ya existe, y no se deja anotar.
Néstor Tellechea
A PROPÓSITO DE LA FAMILIA SABOR-CORTAZAR : secuelas de una nota de Leda Schiavo
Comienzo como si continuara, charla mediante, la nota de Leda Schiavo sobre el matrimonio Sabor Cortazar (Celian y Raúl).
Mi punto de vista de ese espléndido grupo familiar es desde Josefa Emilia Sabor, hermana de Celina e introductora de la carrera de bibliotecario en el país. No fue profesora mía de manera directa, pero sí a través de sus escritos eruditos y amenos (sí, esta conjunción es posible). Y esto lo pueden suscribir varias generaciones de bibliotecarios en toda Latinoamérica.
La conocí cuando ya había dejado, por voluntad propia, la función profesional y sabía del departamento antiguo y amplio que las hermanas estudiosas y lectoras habían destinado por completo a biblioteca. Solo el espacio que permitiera el paso por entre las estanterías y algún escritorio. También escuché cantar a Clara Cortazar , doctorada en musicología por la Universidad de la Sorbona. Y fue esa charla (en el Fondo Nacional de las Artes), ilustrada con su canto, acerca de una misma canción que pasaba a través del tiempo, de las lenguas y las geografías que uní mi vida a la música antigua y a una audición que busca alcanzar algo más, siempre. Actualmente Clara, poseedora de una luminosa espiritualidad, dirige el Centro de Música Antigua, de la Universidad Católica Argentina.
de una carta de Carlos Córdoba
ARTE Y VIDA
Jack Turpin (Inglaterra, 1750-1785) fue el actor más afamado y difamado en el reino de Jorge III. Afamado por su elegancia de galán en las comedias de Sheridan que se ponían en el Teatro Drury Lane y difamado en la sociedad de Londres por las explosiones de su carácter irascible. Una noche, en una taberna, el crítico Stewart se atrevió a burlarse de esa doble personalidad de caballero en la ficción y energúmeno en la realidad. Discutieron. Una palabra dura provocaba otra aún más dura y al final Turpin, fuera de sí y contradiciéndose, le gritó a Stewart:
-¡Le voy a probar que soy capaz de comportarme en la vida con el decoro del arte!
A Stewart no se lo pudo probar porque, en uno de sus irreprimibles arrebatos, lo mató allí mismo de un pistoletazo, pero lo probó ante el mundo en su primera oportunidad. Un testigo describe la escena así:
El actor Turpin, desde lo alto del tablado, echa una mirada al público. Piensa: "Hoy, en esta tragedia a la manera de Richard Cumberland, desempeñaré con toda mi alma el papel de condenado a muerte". Y, en efecto, resulta ser la mejor representación en su brillante carrera teatral. Avanza con las manos entrelazadas por la espalda, el cuerpo erguido, la cabeza orgullosa, hasta que se abre a sus pies un escotillón y Turpin, en el patio de la prisión de Newgate, queda colgado de la horca.
Enrique Anderson Imbert
AUTOBIOGRAFÍA
EI Universo o Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como temen algunos.
En vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1 de junio; sus tomos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos), pero los conocí, después de nacer, como todo lo demás. Lo que me podría convencer sería el Arte, más gracioso y verdadero: un preludio de Rachmaninoff, una mirada creada por Goya, pero no es tan crédulo el arte, no abre la boca ante los cortejos de pompas fúnebres, como la historia.
Nací, otros lo habrán efectuado también, pero en sus detalles es proeza. Lo tenía olvidado, pero lo sigo aprovechando a este hecho sin examinarlo, pues no le hallaba influencia más que sobre la edad.
Mas las oportunidades que ahora suelen ofrecerse de presentar mi biografía (en la forma más embustera de arte que se conoce, como autobiografía, solo las Historias son más adulteradas) háceme advertir lo injusto que he sido con un hecho tan literario como resulta la natividad. (El dato de la fecha de ésta se me ha pedido tanto y con una sonrisa tan juguetona, que tuve la ilusión de que ello significaba que era posible una fecha mejor de nacimiento mío y se me alentaba a elegirla y pedirla, que se me habría de conseguir. Por si acaso, aunque no han progresado ni declarándose estas cortesías, dejo dicho que me gustaría haber nacido en 1900).
Como no hallo nada sobresaliente que contar de mi vida, no me queda más que esto de los nacimientos, pues ahora me ocurre otro: comienzo a ser autor. De la Abogacía me he mudado; estoy recién entrado a la Literatura y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que la posteridad le reconocerá, de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor. Es lo único que me alegra cuando pienso la fortuna que correrá mi libro: "No toda es vigilia la de los ojos abiertos". No se olvide: soy el único literato existente de quien se puede ser el primer lector. Pero además mi libro, y es más inusitado esto todavía, es la única cosa que en Buenos Aires puede encontrarse aún no inaugurada por el Presidente. Se están imprimiendo todos los certificados de primer lector mío que se calcula serán necesarios. Y para retener al libro el segundo precioso mérito que lo adorno, el Editor ha puesto vigilancia en todos los caminos por donde pueda acercarse una Inauguración Presidencial infortunada.
Macedonio Fernández
TRES HÉROES
Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelvan los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a las leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor y se contenta con vivir, sin saber se vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón.
Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga o morir.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.
Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus faltas. Los hombres no pueden ser mas perfectos que es sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
José Martí
AÑOS
De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:
-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.
Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.
Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.
Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:
-Es bonito ser sinceros, como nosotros.
-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?
Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.
-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre?
Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.
Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.
-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.
Silvia no abrió los ojos.
-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me preguntó.
Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.
Luego Silvia me dijo:
-Ya basta. Tengo que levantarme.
Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.
Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.
Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.
Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.
César Pavese
DOS POEMAS DE ALFREDO VEIRAVÉ
CALIMACO
Como en los epigramas de Calímaco dejo esta breve
frase
entre los dientes del gato: no me lloréis
y buscadme en el jardín en tardes como ésta
cuando
el verano está quieto como un felino embalsamado
entre las hojas.
Yo fui y yo soy lo que pude mientras viví en la tierra.
Ustedes saben que esta urna funeraria guarda cenizas
de recuerdos felices y de palabras felices
que me hicieron volar fuera del espacio
En otro tiempo
que volverá
cuando los extraterrestres desciendan otra vez sobre
Machu Picchu.
de “Palabra cazada al vuelo”,
Entre Ríos, Col. Homenajes, 1992
MI CASA ES UNA PARTE DEL UNIVERSO
Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
la tierra
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.
de Puntos Luminosos
(Ed. Fogón de los Arrieros, Resistencia, Chaco, 1970).
Diario de un día
Un grupo de artistas de Quilmes (
Sonia Otamedi, Hilda Paz, Claudio L. Pérez,
Alicia Silva Rey y Néstor Tellechea)
hemos creado el Diario de un día,
publicación en papel (de distribución gratuita) y virtualwww.dud-diariodeundia.blogspot.com)
de aparición y temática aleatoria.Nuestro Nº 0 fue pensado y editado
como un ejercicio de memoria y reflexión
sobre el tema de los desaparecidos
y los Derechos Humanos.
Hemos seleccionado textos de
Osvaldo Bayer, Daniel Moyano, Claudio Martyniuk,
Antonio Di Benedetto, Rodolfo Walsh,
Armando Tejada Gómez y Miguel Angel Bustos,
que publicamos junto a notas
y obras plásticas nuestras y de colaboradores.
Se imprimieron 500 ejemplares en papel (formato tabloide).
350 ejemplares fueron distribuidos en la marcha del 24/03/2009.
El resto se puede obtener en librerías e instituciones de Quilmes.
La propuesta es que visiten el blog y nos hagan llegar
sus comentarios sobre la publicación a
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