Número 107 - Septiembre 2009

AGENDA CULTURAL

AÑO XI - N° 107
SEPTIEMBRE 2009
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431

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Sonia Otamendi

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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales en el extranjero.
Con una  tirada  de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui, está en la calle los días primero de cada mes.

Se ruega citar la fuente de los textos que se reproduzcan.

 

 

 

 

Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo.
Antoine de Saint-Exupéry  

 

NOTAS 

GRIFOS
Fernando Anguita B.

RECORDAR A EDUARDO LAGOS
Carlos Córdoba

ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD
Diego Gresca

SOBRE ARGUMENTOS 3
Claudio Pérez

SALÓN ARTE BIENAL NACIONAL DE PINTURA
Miguel Ángel Morelli

LAS CHICAS DE DODERO
Graciela Reyes

DESDE LA BUTACA (El secreto de sus ojos)
Josefina Sartora

ESCOTES DE PRIMERA
Leda Schiavo

SOBRE TRES DÉCADAS DE POESÍA ARGENTINA (1976-2006)
Alicia Silva Rey

OTROS TEXTOS 

TÍA LILA
Daniel Moyano

MARCEL PROUST Y SU MEMORIA INVOLUNTARIA
Geovani de la Rosa Peña

CAMPO NUESTRO
Oliverio Girondo


GRIFOS
Si la teoría de la cultura pudiera formular una pregunta al siglo XXI sería:
cómo la Modernidad piensa mantener bajo control su experimento con la
globalización de los celos (rivalidades, antagonismos).
Peter Sloterdijk, «Esferas III» -p. 315-

         Vaya en primer lugar, mi felicitación a Oswaldo Bayer por la  crónica que firmó desde Bonn y publicó «Página 12» en la contratapa del 1 de agosto. Imagino a los integrantes de la mayoría silenciosa, que hayan leído la crónica, unidos a mi felicitación. Esa mayoría, –no huelga decirlo–, es la que aguanta y calla un día tras otro ante los cínicos abusos de ricos y poderosos, –atributos del ser humano, éstos, que no siempre, aunque casi siempre, van juntos–.

         Bayer ha glosado in extenso "lo que se llama la fantasía de la realidad". Ha encabezado su glosa con la peripecia de los 80+50 millones de euros cobrados por Wendelin Wiedeking en un pispás. Las similares peripecias de los personajes que luego cita se resumen en indemnizaciones por despido que, de mayor a menor, empiezan en millones 350, siguen en 210, 200, 130... y que hacen de Wendelin un paria entre sus pares, porque de las dos cantidades de la suma que ha percibido, sólo la menor (50) le fue abonada por despido.
Al decir Bayer que para completar la lista tendría que llegar al final de  la contratapa me devolvió a mi particular colisión con el manido tópico de la punta del iceberg, el cual –excusándome– no tuve reparo en utilizar en marzo de 2003 («delSUR» nº 41) en la glosa de  otra peripecia semejante: la de una herencia de 1.560 millones de euros.
No voy a repetir la conclusión a que me llevó el manejo de la cifra de esa herencia, sino sólo a decir que la metáfora de "las placas de hielo circumpolares" –que utilicé entonces para imaginar la enorme suma de riquezas difusas– ha demostrado que sigue en vigorosa vigencia.
Para no excederme apuntaré tan solo otra colisión, también tópica: la persistencia tozuda del apotegma de Lampedusa. Me regocija (léase en sentido figurado) comprobar su reflejo en las palabras de Bayer: "... todo terminó con champaña y sonrisas. Somos todos democráticos...".

         El repetitivo uso que un sinnúmero de políticos hace de la no solicitada "confesión" de filiación democrática desvela la excusatio non petita que los condena. Aunque, por supuesto, creo que todos los ciudadanos del primer mundo, –lo que descarta naturalmente a los súbditos de los sátrapas de los otros mundos–, hemos de considerar si realmente contribuimos a la existencia de la democracia con algo más que nuestro voto.
La omnipresente proclama de "globalización" tiene que significar un reparto justo de trabajos y salarios. Mas, mientras eso se consigue, es todavía más perentorio (bisogna!) que todas las familias dispongan al menos de un grifo en su casa...
Los grandes prebostes de la inconclusa lista de Bayer pueden hacer números y calcular si, con menos de la mitad de su indemnización por despido, y burlando a los sátrapas, se conseguiría que de esos grifos mane además agua potable antes de que el siglo XXI cierre su primer decenio.

 

Fernando Anguita B.
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RECORDAR A EDUARDO LAGOS

El pasado 26 de junio murió en la Ciudad de Buenos Aires, donde había nacido en 1929, el músico Eduardo Lagos. Y esta no es una típica nota necrológica. Muerto Lagos, la única muerte que está en nosotros evitarle es la del olvido. Fue muchas cosas, tuvo cargos… pero para nosotros es hoy un músico al que vale la pena acercarse, acercarle el oído.
Pianista, compositor… y oftalmólogo, decía que la medicina era su esposa y la música su amante, pequeña muestra de su gran sentido del humor-.  Su gusto musical (como intérprete y compositor) integra, entretejida, la música de raíz folklórica, la académica y el jazz.
Su trayectoria como compositor se inicia en 1949, con el aire de cueca “La bacha”. Pero quizás tengamos más fresca en la memoria su aire de chacarera “La oncena” (llamada así por el acorde que prevalece), con letra de Juan Goñi y que grabara Mercedes Sosa en el LP Para cantarle a mi gente, de 1959.
Perteneció a un movimiento de renovación de la música de raíz folklórica en los años 1950/1960 que se conoció como Proyección folklórica. Tal renovación encuentra su mejor explicación en la amalgama de formaciones, de fuentes, de estilos de y en cada uno de sus exponentes.
¿Qué relación con lo folklórico nos es posible hoy en nuestras ciudades? Quizás nos planteamos encontrar lo genuino, lo genuinamente folklórico, Pero ¿estamos seguros de poder reconocerlo? Quizás no tengamos esa duda con otros productos musicales que podemos considerar citadinos como el rock (con todas las variables posibles de tiempo y de lugar). Si estamos en esta busca de lo genuino en la música de raíz folklórica de nuestras ciudades podemos ubicar el aporte de Eduardo Lagos. Espero que puedan tener la experiencia de audición envolvente del cd “Pianísssimo”, de piano a cuatro manos, con Oscar Alem (uno de los registros de Lagos que aún se consiguen). Allí podrán encontrarse con la versión/improvisación tan propio del jazz- de temas reconocibles de la música de raíz folklórica, el íntimo juego de las formas musicales, serio y chispeante juego. Lo conocido suena a nuevo, imprevisible no se repiten los recursos, que se presentan vastísimos- ¡y de tal buen gusto! Es música fiel a sus orígenes y recogida y armonizada en la ciudad.
Quiero reconocer mi deuda con Facundo Morelli, librero y amigo. Una charla recientemente mantenida con él está presente en este acercamiento/idea de lo genuino.
                                                                                                   

Carlos Córdoba

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ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD
 
El rostro de perfil y la mano levantada, con la palma hacia fuera. Gesto éste, el de la mano, que no dice ¡Alto! ¡No avanzar!, dice Esta es mi vida. Cada línea de la mano, si uno supiera leerlas, podría confrontarse con el texto escrito como fondo de su Autoretrato con autobiografía (aguafuerte y grabado a la goma, de 1973), y de la verificación resultaría, sin duda, una verdad más grande que una casa, más grande que un barrio, más grande que un país o un continente. Porque la obra de Aída Carballo, tan nuestra como el colectivo (protagonista de una de sus series), se sitúa sin embargo en la experiencia, experiencia en tanto aprendizaje y huella que la vida imprime en nuestros cuerpos en el que tanto nos parecemos todos, finalmente, aunque habitemos territorios disímiles.
La honestidad de la obra es abrumadora. Conmueve verla hoy cuando la imagen, con honrosísimas excepciones, parece servir a otros fines y toda composición resulta un montaje interesado. Hoy, cuando se estila mostrar  cómo nos ven los otros, la sintonía, el bajo tono, el asentimiento, todo lo que queda bien y no causa disgusto, la obra de Aída Carballo la muestra a ella misma y a su mirada polémica y perturbadora.
Y conmueven la seguridad y la certeza, que siempre nos llevan tan al borde del fracaso, en las líneas puras, definidas. Un equilibrio tensionado por definiciones sutiles, casi quirúrgicas. Aseveraciones contundentes donde todo, hasta los sueños, tiene una traducción eficiente. Límites, recortes, pequeñas instantáneas del mundo en que vivimos, aunque casi siempre nos estén mostrando otra cosa.
Síntesis y aparente simplicidad, en los trabajos de la serie Los locos, narran el desamparo, la incomunicación y el tiempo detenido. Inacabables pasillos de puertas y ventanas clausuradas, exteriores descarnados, meditaciones como laberintos que se expanden a partir de centros inmóviles cada vez más ensimismados.  Compleja ingenuidad de Los amantes donde los cuerpos se estilizan y se alargan hasta la sabiduría frutal de las bocas que una y otra vez serán expulsadas de esos breves paraísos. Las muñecas han venido a observarnos. Desmembradas, fijan en nosotros su mirada estática desde obras con títulos perturbadores. Nos recuerdan que ya no somos niños, no debemos serlo, aunque ahora a plena luz del día nos asalte el terror como en aquellas noches. Graffitis y carteles en las calles, pasajeros apiñados en Los colectivos vistos con humor en el dibujo y calidez en el color; azoteas sobre las que vuelan trozos de pancartas como imágenes de un inconsciente colectivo que aún no encuentra como materializarse, volverse acción y dirección; calles y patios de barrio; veladas advertencias… registro de lo real. Y también ingravidez y transparencia de los sueños en Los levitantes, y  gatos, y autoretratos con ojos que no nos ven. Miran hacia adentro. Desde allí regresan como obra, sueño y testimonio. Después de alegrar, después de hacer doler. Lo demás es historia.

Diego Gresca
Retrospectiva de Aída Carballo en la Fundación O.S.D.E.
(18/06 al 22/08 de 2009. Suipacha 658, 1 er. Piso, C.A.B.A.)

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SOBRE ARGUMENTOS 3 (Agenda Cultural del Sur - Nº 106)

Cabrera, usted me asombra. Siempre me ha asombrado. O mejor… siempre no. Siempre es una palabra que obliga a mentir. Usted me asombra desde el día en que dijo “la intimidad es algo para compartir”. Habíamos bebido como otras veces, tal vez un poco más. Después, años después, negó la autoría de esa frase exacta, brillante, provocadora. Vaya uno a saber por qué alguien se empeña en olvidar. Y ahora que ya escribí las dos palabras que necesitaba y que no anoto aquí por una cuestión de estructura, paso a lo que cuenta.
Esperar a Macedonio en una plaza de Ezpeleta… Es cierto, fue mi idea. Justamente, ¿lo notó?, esperarlo en la plaza que está frente a la comisaría. ¿No le dijo nada eso? ¿No se detuvo a pensar por qué teníamos que esperarlo justo ahí en ese anochecer frío de domingo? También es cierto que hablé de pagar un par de ginebras y de robarle argumentos. Pero, si no hubiera dicho eso, si no hubiera hablado de literatura, de ginebra, de un robo, usted ¿me hubiese acompañado? ¿Se hubiese sentado ahí, en ese banco helado de cemento a esperar conmigo a Macedonio? No me diga, no me conteste nada ahora, porque después va a decirme que no lo dijo, que no lo recuerda.
Mentí, sí, usé una mentira como provocación porque estaba buscando un testigo para algo que iba a suceder y que, finalmente, ocurrió de otra forma. Alguien que pudiera olvidar, negar, desdecirse.
Me habían hecho llegar un sobre… No me diga, no me pregunte nada... Eso… Un sobre. Sin franqueo, sin remitente… papeles con informes mal redactados, faltas de ortografía, recortes de diarios…
Usted Cabrera… Póngase en mi lugar. ¿Qué hubiera hecho?...
Se referían a un masculino, que había dicho llamarse Macedonio Fernández, de edad imprecisa pero muy avanzada. Se suponía de nacionalidad argentino porque entre sus objetos personales figuraba una libreta de enrolamiento con tal grado de deterioro que resultaba ilegible. Lo iban a soltar aquel domingo por la tarde. ¿Qué hubiera hecho? …
Yo hice lo que correspondía.
Entre las anotaciones constaba que el viejo había armado un despelote en la comisaría. Tiritaba de frío y pedía una estufa a los gritos. En lugar de un abogado quería que le llevaran a Borges porque, decía, tenía que terminar de dictarle un cuento. Cuando le preguntaron si sabía por qué estaba “demorado” dijo que sí, que había sido él, que él le había escrito los discursos a Yrigoyen y que la idea de que YPF fijara el precio de los combustibles se la había comentado a Mosconi una noche de julio de 1929 durante una cena en la casa de José Benjamín Ábalos.
¿Se imagina Cabrera? ¿Puede imaginárselo? ¿Puede imaginar el rostro del oficial de guardia… la dificultad…la situación? ¿Qué hubiera hecho Cabrera? ¿Qué carajo hubiera hecho? ¿Sabe que las cárceles y calabozos se están llenando de pobres y que altos funcionarios se enriquecen comprando tierras en el sur a siete pesos con cincuenta el metro cuadrado? ¿Vio la gente que duerme en cajas de cartón, bajo la recova, a setenta metros de la Casa Rosada? ¿Se acuerda que regalamos YPF? ¿Se acuerda o no se acuerda Cabrera?
Parece que, agotada la paciencia, quisieron empujarlo, obligarlo a que se sacara el abrigo y los cordones de los zapatos y él les pidió una orden judicial mientras les decía que el cuerpo es la morada del hombre y la propiedad su sepulcro. Y, agregó, con una estufa yo me arreglo, lo único que tengo es frío. Acá con los compañeros vamos a payar un rato… si no les molesta. Y, calándose el chambergo, les pidió con autoridad, por favor me lo llaman a Don Elpidio González para quien va a ser un gusto  pasarlos a todos ustedes a degüello.
Cincuenta y siete prólogos… Usted dice cincuenta y siete prólogos y un cacho de novela…¿Alguna vez se detuvo…? ¿Intentó alguna vez contar los granos de polen de la campanilla morada? No…¡Qué va!  Usted es de entretenerse con esas peregrinaciones a un recreo del Tigre donde adoran la cuchara de alpaca y con visitas guiadas al sótano ése donde dicen, han dicho, si uno observa entre los últimos peldaños de la escalera…¡Por favor!...
Yo necesitaba un testigo. La historia necesitaba un testigo. Alguien que hablara de otra cosa, y como al pasar diera cuenta de los hechos, tal y como sucedieron, sin agregados innecesarios, sin inventos. Alguien que después pudiera negarlos, dijera no recordarlos, porque la verdad, Cabrera, en este país, se sabe, está hecha de olvido, de negación, de ausencia.

Claudio L. Pérez

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SALÓN ARTE BIENAL NACIONAL DE PINTURA

Hasta el 13 de este mes podrá visitarse en el Museo de Artes Visuales “Víctor Roverano”, Rivadavia 498, Quilmes, el Salón Arte Bienal Nacional organizado por la Secretaría de Cultura y Educación local a través de su Dirección de Artes Visuales. Respondieron a la convocatoria de la repartición alrededor de ciento cincuenta artistas de todo el país, ochenta y cuatro de los cuales fueron aceptados por el jurado que integraron Laura San Martín, Mauricio Nizzero, Jorge Casanello, Nemesio Aguirre y Ludovico Pérez.
El primer premio le correspondió a “Otoño Portuario”, de Rubén Sassano (1960), artista que desde hace unos diez años viene trabajando sobre paisajes urbanos integrados por puentes, grúas y otras estructuras de hierro ligadas al maquinismo y la industria. Una obra sin duda técnicamente irreprochable (de concepción espacial dinámica, con líneas fuertes, muy cercana en su efecto al grabado en agua tinta)  pero que a nuestro juicio no alcanza a conmover al espectador como sí suele ocurrir con otras del mismo artista. El segundo premio lo obtuvo “De las entrañas de la tierra”, de Fernando Prada (1943), pintor nacido en Bolivia pero radicado en nuestro país desde hace 45 años, quien presentó un trabajo al que tal vez le alcancen las mismas objeciones que fueron señaladas para la obra ganadora. Onírico, casi metafísico, Prada es un maestro del oficio que sugiere figuras en fondos geométricos y líneas de innegable destreza, pero esta vez la obra presentada impone demasiada lejanía con el espectador.
El tercero le correspondió a “Gato blanco, Jazz Band”, de Gustavo Ierullo (1975), egresado de la Escuela de Bellas Artes Carlos Morel. Se trata de una de las propuestas más audaces y modernas del Salón (que las hay bien pocas, curiosamente). Desbordante de ironía desde el título mismo, Ierullo se muestra tan atrevido como mordaz. Sin duda, un talento de quien se pueden esperar grandes noticias en el futuro.
Las menciones cayeron sobre “Cartas de la tierra” (Nelly Arauz), “Omne promagnífico est” (del necochense Víctor G. Fernández, actual curador del Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín), “Esfera especial” (de Sebastián Pastorino, más cercana al diseño, como lo imponen las nuevas tendencias), “La levedad del sueño” (Leandro Manzo), “El mensajero de la luz” (Héctor Viola), “Contrato” (Leonardo Robertazzi, una propuesta muy interesante), “Paisaje” (Juan Pablo Fernández Bravo, que a nuestro juicio podría haberse alzado sin reproches con el primer premio) y “Piedras pedregales y un canto de luz” (del salteño Mario Vidal Lozano, obra minimalista cercana al relieve escultórico donde el autor sugiere el silencio y la soledad a través de una textura muy particular). Merecen destacarse, además, los trabajos presentados por Omar Brachetti (“La caja de Pandora”), Fabiana Deodato (“No es que hubiese olvidado tu rostro”, inquietante aunque no bien resuelta), Cristina Gallino (“La tolba”) y Brenda Reninson (con “Cotidiano” bien merecía al menos una mención del jurado).
Dado que este Salón de Arte Bienal no se realizaba desde el año '94, aplaudimos la iniciativa de la actual gestión de reflotarlo y hacemos votos para que de aquí en más continúe desarrollándose sin interrupciones. Claro que para eso será imprescindible mejorar, entre otras cosas, su difusión, que esta vez fue muy exigua (queremos imaginar que a ello hay que atribuir la escasa participación de artistas locales) lo mismo que la realización de un catálogo acorde. De los salones, ya se sabe, los artistas suelen participar o bien porque jerarquiza sus trayectorias o bien porque la recompensa seduce a sus bolsillos.

Migue Ángel Morelli

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LAS CHICAS DE DODERO

Las chicas de Dodero eran altas, muy altas, y yo quería ser, algún día, como ellas. Y este es uno de los grandes dramas de mi vida, que hoy confieso por primera vez.
Una de las chicas de Dodero, Delia, se casó con mi tío Raúl, hermano de mi padre. En mis primeros recuerdos de Delia, yo debía de tener tres años, y se me había dado por no querer comer. Sentía repugnancia por la comida. Un día llegó mi tía Delia a casa, se sentó conmigo y me dio la sopa. No sé qué me diría, pero me hablaba y me sonreía de un modo irresistible. Yo abría la boca y me tragaba todo, fascinada. Durante un tiempo, yo solamente comía con mi tía Delia, que aceptó encantada su papel de tía preferida.
Una vez, quizá un año o dos más tarde, Delia me llevó a pasar unos días a casa de su hermana Haydeé, que vivía en Castelar con su marido, Santiago. Las hermanas se parecían mucho. Las dos tenían cuerpos delgados y flexibles, manos de largos dedos elegantes, caras muy bonitas, sonrisas maravillosas. Ambas tenían el perfume y la serenidad de la belleza. Recuerdo que fui muy feliz en Castelar, con ellas, y, en esas imágenes sintéticas que crea la memoria, veo sus caras sonrientes, al sol, mucho más arriba de mi cabeza, mirándome con cariño.
Sin decir nada a nadie, por supuesto, le hice una propuesta a Dios. Prometí convertirme en una santa, a cambio de crecer muchísimo, para llegar a ser como las Dodero. Empecé a ser más y más buena, heroicamente buena, pero Dios ni caso. Yo siempre había dudado de que Dios tuviera tiempo y ganas de escucharnos a todos, y cuando vi que yo no crecía, pese a ofrecer tanto a cambio de algo tan fácil para él, que era omnipotente, según decían, empecé a dudar también de sus poderes. En ningún momento pensé que la culpa podía ser mía, que quizá yo no fuera tan buena como creía, o que tenía que agregar a mi bondad algún sacrificio extraordinario, como dejar de comer dulce de leche. Nada de eso. Estaba claro, para mí, que yo cumplía y Dios no cumplía. Lo único bien alto, en mi persona, era mi opinión de mí misma.
Me medí durante años en la pared de la cocina. No era baja, pero tampoco alta, y los pies y las manos no me crecían mucho. Un buen día dejé de hacer trueques con Dios, lo abandoné por incompetente, y me acepté como era. Me costó muchas lágrimas, a escondidas de todos. De esto hace varias décadas y varias geografías. Dejé mi país, anduve por el mundo, escribí libros, di clases, tuve amores con hombres no todos altos ni bellos, hice muchísimas cosas, y mi altura jamás tuvo la menor importancia para nada. Pero me queda la convicción, tan absurda como indestructible, de que mi vida hubiera sido mucho mejor, sería mucho mejor ahora mismo, si yo fuera alta, como las chicas de Dodero.
Delia murió hace unos años, y hacía mucho que yo no sabía nada de Haydeé, hasta el año pasado, en que ella leyó una nota mía en la agenda Del Sur, me localizó y me llamó por teléfono. Calculamos que la última vez que me vio yo no debía de tener más de seis años. Por teléfono, ella suena igual que antes, la misma voz sonriente, la misma simpatía. Ahora tenemos que vernos, en mi próximo viaje a Buenos Aires. Me contó que sigue siendo delgada y (hay que sobreentender) alta como siempre. Me lo restriega en las narices la querida Haydeé.
Por querer ser alta, deseo imposible, me enfrenté con los poderes sobrenaturales, y perdí, como tenía que ser y consta en la literatura de todos los tiempos. Me volví entonces una nena razonable y positivista, puro sentido común, y así he seguido, al menos la mayor parte del tiempo. Pero la verdad es que sigo deseando imposibles, aunque lo oculto igual que antes. Entre otras cosas igualmente imposibles, todavía quiero ser alta, muy alta. Como las chicas de Dodero.

Graciela Reyes

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DESDE LA BUTACA
EL SECRETO DE SUS OJOS

El cine de Juan José Campanella presenta ciertas constantes, hay una coherencia entre todas sus películas. Por un lado, la presencia de Ricardo Darín, suerte de actor fetiche o alter ego del director; por otro, la historia romántica, ya sea como tema central o secundario; de la misma manera, el tema social o histórico en Argentina; la obsesión por el pasado y la manera de recuperarlo; y por último -y para mí el más importante- una ideología que sustenta todo lo demás, fuertemente conservadora.
El secreto de sus ojos es sin duda su mejor película. Esto no pretende ser un gran elogio, ya que de lo visto, sólo El mismo amor, la misma lluvia me había interesado y El hijo de la novia y Luna de Avellaneda me parecieron dos películas manipuladoras, de basto costumbrismo e ideológicamente reaccionarias. Pero el hombre sabe narrar, y encontrar historias que interesan al público, con las cuales producir la identificación fácil y efectiva. Esta última película crea el clima inmediatamente, capta el interés por esa historia ocurrida hace 25 años, que el protagonista decide recuperar para llenar una vida que considera vacía tras su jubilación, y la atención se sostiene por hora y media, hasta que al final decae. También nos interesa el suceder de ese mismo personaje, un oscuro empleado de Tribunales callada y profundamente enamorado de su jefa, antes una abogada de alcurnia en ascenso, hoy una Fiscal de Estado. Un crimen horrendo contra una joven mujer había dejado a su marido con el único objetivo de encontrar al culpable. Pero una vez atrapado, los excesos del poder en los años de plomo permitieron las conocidas injusticias del sistema.
Darín y Soledad Villamil vuelven a actuar junto a Campanella en otra película que atraviesa la historia argentina de los últimos años, como en El mismo amor, la misma lluvia. La química entre ambos sigue funcionando, y mejor. Como tercer protagónico, el amigo simpático que da la nota cómica otra marca del autor: un Guillermo Francella casi irreconocible en el rol que en películas anteriores cumplía Eduardo Blanco. El capocómico se aparta de su habitual registro farsesco, y da un ajustado personaje entre patético y oscuro. La narración oscila entre la comedia y el policial negro, entre el presente y los setenta, y este desfasaje está muy bien tratado en los detalles de época no tan lejana, y muy recordable- el maquillaje, los códigos de habla, etc. Todos los rubros técnicos son impecables, en la que constituye las mejores películas del cine argentino -industrial o no- en lo que va del año. Sobresale la secuencia de la persecución del sospechoso en la cancha de Huracán, en un plano que revela cuánto pueden servir al cine los recursos técnicos utilizados con pericia. Y la escena en un ascensor nos hace revivir, sin una palabra, el terror del pasado.
La crítica ha coincidido en general con lo antedicho. Llama la atención que nadie quiere ocuparse del aspecto ideológico: el film muestra en una historia particular, la historia colectiva. Se plantean allí varios temas muy fuertes: la venganza o la justicia, la pena de muerte, la cadena perpetua o la justicia por mano propia, y siempre la elección es la menos deseable. Para completarlo con la reivindicación de las cárceles clandestinas. Y la gente aplaude. Campanella conoce muy bien lo que quiere el público argentino.

Josefina Sartora

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ESCOTES  DE  PRIMERA
 
Las mujeres tienen doble jornada: la del trabajo fuera y la del trabajo dentro de la casa. Y las que tienen un cargo que hasta hace poco era prerrogativa exclusiva de los hombres tienen más que doble jornada: tienen que ocuparse de su trabajo administrativo y de su apariencia. Cambiar de traje casi continuamente, el peinado, el maquillaje, los zapatos, la cartera… Y estar siempre en la mira de la crítica imbécil. Hace un tiempo Hillary Clinton tuvo una brillante actuación en África. Pero lo que más llamó la atención a la prensa fue el escote de la señora, un escote mínimo que apenas dejaba adivinar lo adivinable. Así se trivializa el  trabajo de las mujeres con cargos altos. Si usted creía que solo a nuestra presidenta se la critica por el maquillaje o las carteras, que solo nosotros teníamos el privilegio de escuchar pavadas, créame que no, que la estupidez es universal cuando se trata de juzgar cómo se visten las mujeres que gobiernan. Vea si no lo que pasó cuando Angela Merkel fue con un generoso escote a la Opera: los diarios la criticaron por falta de recato y la cosa llegó a influir en la campaña electoral. Entre nosotros, el diario Perfil demuestra el poco cacumen de sus periodistas, que se comportan como chusmas de barrio, al poner como título en su edición del 8 de abril del año pasado “En su gira, Cristina usó el doble de ropa que Michelle Bachelet y Angela Merkel, en la mitad de tiempo”.
Ahora yo digo, por qué nadie habla de la inteligencia de estas damas, de la memoria y de las facultades oratorias de Cristina, de  todo lo positivo que tienen? Yo no estaba en Argentina durante la presidencia de la intocable Isabel Perón, pero me pregunto si la criticaban por el hieratismo con el que ocultaba su mediocridad, el peinado, los trajes, o es que el público estaba demasiado ocupado en tener el miedo que iba ganando a la ciudadanía?
Hace mucho, cuando Lilita Carrió era inteligente, se vestía mal y llevaba el pelo engrasado y un crucifijo, casi todo el mundo se dedicaba a criticar su apariencia. Ahora que perdió la inteligencia, critican lo que dice. Los diarios y la TV se comportan como los pelmas que hacen comentarios cuando pasan mujeres a su lado. Todas hemos sufrido eso, y una de las ventajas de la edad madura es que pocos se atreven a decirte nada o prefieren mirar para otro lado. Pero la edad madura no detiene a los que critican a las presidentas, ellas no tienen esa suerte. Dice una columnista envidiosa que escribe en el Washington Post, que mostrar lo que en inglés se llama el cleavage la raya entre los pechos- en un lugar que no sea un cocktail es una provocación. También aclara, para nuestra sorpresa, que sólo en la década del noventa se permitió a las mujeres ir al Senado con pantalones.
Y así se escribe la historia. El homo sapiens sigue estando en las cavernas. Y lo de homo vale para los dos sexos, porque todos sabemos que las mujeres son, lamentablemente, las que más critican a las mujeres.

Leda Schiavo

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SOBRE TRES DÉCADAS DE POESÍA ARGENTINA (1976-2006).
Compilado por Jorge Fonderbrider.
Buenos Aires, Libros del Rojas, 2006.

  Los autores de los ensayos que conforman Tres décadas de poesía argentina (1976- 2006), poetas todos,  no están eximidos de ningún imago: su pertenencia a una clase,  sus gustos particulares, las cosas que los opacan o iluminan al momento de leer o escribir, el cuerpo en el que llevan inscriptas las marcas  o escrituras de un deseo (lector), el varias veces aquí mencionado zeitgeist(1). Contra esta casi pulsión no habría avenidas del saber que invocar. Todo podría ser justificado en aras de algo: un concepto, una visión, una afinidad, una teoría de la cultura.

   El orden dado a los textos abajo comentados –diecisiete ensayos en total-  no se corresponde con el planteado por el editor.

1- La escritura poética en los años ochenta y en los noventa: de la sobrecarga a la liquidez por Alicia Genovese.
 “En su secuencia de producciones literarias y de producción crítica –señala la autora-, cada época, cada generación incluso, si se quiere tomar ese concepto, elabora una idea de escritura que asimila una situación histórica o social, una actualidad del pensamiento, y que reacciona a toda una serie de datos de su propia época y de la inmediatamente anterior”. En ese reflujo constituido tanto por materiales coexistentes y diversos como  “entre la subjetividad y la asimilación contextual que contiene toda escritura  –continúa con acierto Genovese-,  hay más posibilidades de las que suelen aceptarse cuando se habla puntualmente y enfáticamente de la novedad de un momento poético, de una actualidad de la escritura que termina por transformarse en normativa.” “Pero cada época –dice- más allá de las seducciones grupales o individuales, más allá de la pequeña marquesina, o incluso, de lo que parece más acorde con el momento histórico o político, contiene una diversidad de escrituras y muchas veces son sólo razones de política cultural las que imponen la atracción hacia ciertos autores o ciertas obras y la imposibilidad de lectura frente a otros y otras” por medio de lo que denomina con acierto “el mandato invisible”. Este ensayo, que convoca por la solidez de sus conceptos y la claridad de sus apreciaciones, importa no sólo para encuadrar la producción poética de las décadas del 80 y del 90 en el campo literario argentino sino para descansar, en su lectura, de la sobreactuación ensayística que, centrada en la escritura dominante de época  genera, ha generado, además de la pérdida o el descarte aunque momentáneos de ciertos autores, la sobrevaloración de otros bajo el predominio de una sola escritura.
 
2- De ese hablar enfático y puntual de una determinada escritura poética que refiere Alicia Genovese está sembrada esta compilación. Los lectores que estén buscando ese modo de acercamiento a los textos poéticos de la última década  o a sus  grupos de acción  más o menos identificables, no tienen más que leer Boceto Nº 2 para un…de la poesía argentina actual(sic)de Prieto – Helder, Prólogo a Twenty Poets from Argentine de D. Samoilovich, Poesía en los noventa: una aproximación por Santiago Llach, Para una sigilografía de los noventa por Anahí Mallol, El habla como materia prima de Martín Gambarotta. Pero el más perfecto de los ensayos de entre los que acaban por transformar la predominancia de un tipo de  escritura en un casi alegato poético-político, es Testimoniar sin metáfora, narrar sin prosa, escribir sin libro. La joven poesía argentina de los noventa de Tamara Kamenszain, título que es en sí mismo un manifiesto, el de la autora, acerca de la llamada “poesía de los noventa”. Impecablemente escrito, ha de quedar como la más encantadora caracterización de primeros libros de unos pocos autores que, en los años noventa, según la autora, refundaron la poesía argentina, conjugando tradiciones obsoletas, genealogías perdidas y vanguardias difusas. Todo explicado desde la lectura desde luego convenientemente parcial de “Arte y multitud” de Toni Negri más alguna cita de Jean Claude Milner, “La masmédula”, los Fernández Moreno, “La lógica de la literatura” de Kate Hamburguer, “El retorno de lo real” de Hal Foster. Todo bellamente dicho como un cuento para niños sabios de la posmodernidad líquida. Y esto sin desmerecer a ninguno de los poetas  elegidos por Kamenszain -escasa muestra para semejante hipótesis teórica-. Sin evitar la sospecha de que alguno de ellos debe estar aún, si leyó alguna vez este himno a la  juventud de su escritura, sacudiéndose las secuelas del estupor de encima.
 
3- Casi en las antípodas de los exégetas de los noventa, Ana Mazzoni y Damián Celci desde su Poesía actual y cualquerización, intervienen el discurso dominante sobre la escritura poética de los 90 con  una postura crítica y un discurso que no le teme a “El capital”  ni omite “Entre filosofía y literatura” de Foucault : “Hasta ahora  la crítica ha dejado sus esfuerzos en el descubrimiento de tendencias, estilos, o en la realización de análisis fervientemente textualistas. Ha tomado a los poetas de la poesía actual como escritores, ignorando que también son otra cosa, editores. Incluso son primero editores. Teniendo esto en cuenta, ¿no deberíamos primero analizar los matices de lo que significa la edición en esta literatura, y después dedicarnos a revisar los versos?” Leer desde lugares proscriptos, leer lo más obvio porque es lo que primero se pasa por alto, arriesgarse a reconocer vínculos  a veces indescifrables, no siempre alcanza para lograr describir o descubrir una obra, un conjunto de obras, una tendencia o como se quiera llamar a ciertos efectos epocales de lectura (o de edición).  Lo más nutricio de una crítica de poesía, y  me parece que es éste el saber que promueve el texto de  Mazzoni y Celci, es  aquello que nos evita el mandato endogámico que conduce a decirnos mutuamente, mirándonos ciegamente a los ojos, “la poesía soy yo”.

4- Treinta años de poesía argentina por Jorge Fondebrider.
    Este autor centra su ensayo en las líneas que conceptúa como de mayor desarrollo y descendencia de la poesía argentina de las últimas décadas. En su análisis tiene en cuenta transformaciones políticas y/o de cambio de régimen. Y lo hace por medio de un  enfoque cronológico-documental –manifiestos, artículos, entrevistas con listas de autores en las notas al pie - que considera los distintos agrupamientos poéticos actuantes en cada década. Lo más interesante de este artículo, a mi modo de ver, es su reconocimiento del diálogo entre poetas de diferentes tradiciones. Diálogo dado en la lengua y entre las distintas escrituras  poéticas portadoras, a su vez, de modificación en los modos de leer poesía.

5- Escuchar decir nada (una vieja respuesta nunca enviada y después notas, notas de las notas y algo más) por Daniel Freidemberg. O cómo, en 19 páginas, un buen poeta intenta ser tan ecuánime en sus apreciaciones que resulta el recomenzador perpetuo de este ensayo que discute consigo mismo de principio a fin.

6- A la espera de estudios serios por Jorge Aulicino.
    No sabría qué decir al respecto. Prefiero quedar, como el autor concluye en su título, a la espera de estudios serios. Los suyos.

7- Poesía de pensamiento por Santiago Sylvester. Al circunscribir su análisis a lo que él  mismo llama “poesía de pensamiento”, Sylvester. traza un recorrido poético sobre una tendencia de escritura “que ha crecido como planta en la zona”, dice. Y que caracteriza de manera excesivamente amplia, me parece, como poesía que “trabaja sobre métodos de conocimiento que vienen desde la Grecia de Pericles, maneja categorías que disuelve en anécdotas y situaciones y, en general, se adivina en ella una cierta incerteza: tiende a la filosofía del lenguaje”. En este vago encuadre incluye poéticas tan diversas como las de Macedonio Fernández, Borges, Güiraldes, Juarroz, Gianuzzi, Raúl Gustavo Aguirre, Veiravé, Luis Tedesco, Mirta Rosemberg.

8-Posclásico, una aproximación por Javier Adúriz.
   Con un lenguaje de joyero experto, Adúriz engarza toda clase de artificios retóricos para demostrar la existencia de una poética y de unos autores adscriptos a ella. Es, como él mismo la define, una aproximación.

9- Extraña dama la poesía de la nueva centuria por Rodolfo Edwards.
    Exagerando en el título, Edwards - protagonista a su vez  de la movida poética de los 90-, describe sin sobrevaloraciones  el ímpetu que dio lugar a esa operativa grupal, habilidad de gestión y cimentación de una presencia que caracterizaron determinadas prácticas poético- culturales de los últimos años.

10- 30 años, anotaciones, reposiciones por Emiliano Bustos.
       En solitario dentro de este volumen, Bustos da fe de un despojamiento: la propagación, desde ciertos sectores de la política cultural, del vacío creado por la última dictadura militar. Y da cuenta de una certeza que comparto: la de que “tanta infancia poetizada” ha sido el producto “de padres (personales, políticos, sociales y hasta estéticos) ausentes, perdidos, derrotados”. Es que el campito que ha albergado tanta belleza y felicidad, tanta “patética de decorados insustanciales, perecederos” -  Prieto-Helder dixit-, la interminable habla juvenil, “la escena del racismo, del escepticismo, de la vejación, de la marginalidad “- siguen los apologistas Helder-Prieto en otro ensayo de esta compilación-, la vastísima puerilidad, están diciéndonos algo. Porque, dice a su vez Bustos, arte y parte de la poesía de los 90, “cuántos NN puede soportar una generación, cuánto secreto, cuánto vacío.”

11- La tradición de los marginales por Osvaldo Aguirre.
      En los contornos siempre imprecisos de unos márgenes, Osvaldo Aguirre sitúa  la poesía de Juan L. Ortiz, Hugo Padeletti, Aldo Oliva, Leónidas Escudero, Arnaldo  Calveyra, Bustriazo Ortiz entre otros.

12- Poesía argentina actual: del neo-barroco al objetivismo (y más allá) por Edgardo Dorby.
       Este trabajo estudia, de la producción poética occidental del siglo XX,  aquello que interesa a la genealogía a nivel local de la tendencia denominada objetivismo, desde los poetas coloquialistas de la década del 60, pasando por las oposiciones y relecturas del neobarroco –en un espectro que reúne poetas de amplia variedad estilística y temática- y  encontrando luego su continuidad en  lo que  denomina “la nueva poética objetivista argentina“. Pudiendo leerse, dice, el objetivismo de los 90 como “una corriente que, nacida con el romanticismo –aunque en cierto modo opuesta a su línea dominante-, atraviesa la poesía de los últimos dos siglos”. “Toda la poética objetivista –afirma Dorby- podría leerse como un intento de fundar un sistema de la poesía argentina que excluya por completo la figura de Jorge Luis Borges”. Y entre otras poéticas puestas en la penumbra o arrumbadas por los objetivistas de los 90, menciona a Enrique Molina, Olga Orozco, Oliverio Girando.
     Citando a D. G. Helder, nos informa que “el coeficiente artístico de los poetas tipo (Alejandro) Rubio no se medirá por su nivel cultural ni por el largo de sus raíces en la tradición, sino más bien por su aprehensión del Zeitgeist”. Reconociendo además como foro principal de la nueva poesía objetivista, la revista “Diario de poesía”.
    “No tiene que ver, concluye Dorby, con la posesión de mayor o menor número de lecturas, sino con la adhesión a una estética de lo bajo, de la violencia cotidiana, del rechazo de toda institución que se atribuya el poder de establecer escalafones de sublimidad poética. Como todas las estéticas, ésta produce excesos indigestos y prescindibles (…).
     El ensayo reúne abundantes notas y una bibliografía.

(1) Zeitgeist: originariamente una expresión del idioma alemán –“el espíritu del tiempo”-, alude muy sucintamente dicho, a la experiencia de un clima cultural dominante.

Alicia Silva Rey

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TIA LILA

Pobre tía Lila con su vestido blanco, tan alta, tan soltera. Un vestido en el que trabajaron las mejores costureras de las sierras para plisarlo y darle esa forma de campana ondulante que tenía todas las tardes tía Lila cuando nos llamaba desde la galería. Chicos, dejen ya esa pelota por favor, y a lavarse las manos, a frotarse las rodillas, y limpiarse la nariz que vamos a rezar. Un vestido que de tan plisado que era ella podía levantarlo o moverlo para cualquier lado sin que se le vieran las rodillas; nunca se acababan los pliegues, ni siquiera cuando tomaba las puntillas del ruedo y lo alzaba hasta la altura de los hombros para ser un pavo real, o juntando las manos sobre la cabeza, cerrándose allá arriba la campana para ser escarapela. O puro remolino si bailaba, el vestido se abría girando como el remolino donde se ahogó el tío Jacinto. Y qué manera de tener encajes y bordados; hilos de todos los colores formando dos grandes mariposas en el pecho, repetidas en las mangas cerradas en los puños con tiritas amarillas, todo encerrando a tía Lila en una gran blancura.
Chicos, hoy nos vamos a Cosquín a visitar al tío Emilio. A portarse bien, no llevar las hondas, no matar palomitas de la virgen ni entrampar jilgueros. Portarse bien con el tío Emilio que es tan bueno y les dará leche de cabra, pan con chicharrón y miel de sus panales. Mucho cuidado queriditos, a ser juiciosos y prudentes en la casa del tío Emilio tan bueno tan hermoso.
Nada de cazar pájaros y clavarles agujas en los ojos, miren que Dios puede castigarlos por eso y dejarlos ciegos para siempre. Aprendan del tío Emilio que es tan bueno porque nunca mató pájaros ni les pinchó los ojos con espinas. Por eso lo mejor es portarse bien y juntar berro y peperina, chañar y piquillín para el tío Emilio, sin olvidarse por supuesto de pedirle la bendición. ¿Y no podemos llevar la pelota? No, eso no, dice tía Lila, porque entonces juegan y gritan demasiado, los gritos ponen nervioso al tío Emilio y además espantan a sus abejas.
Que Dios los bendiga, mis queridos, dice tío Emilio tocándonos la cabeza. Y ahora vengan a ver mis flores, mis panales, mis cabritos, mis melones, mis jaulas con Siete Colores, mis canteros de margaritas y coronas de novia. No, gracias, tío Emilio, queremos ir un rato a la canchita. Bueno hijos, vayan con Dios pero no se junten con los negros, no se peleen ni se insulten. No, nunca, tío Emilio, porque Dios está en todas partes y nos está mirando siempre y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Desde la cancha hacemos señas a los negritos del rancherío, que vienen como moscas. ¿Che, no tienen pelota ustedes? Podríamos jugar un partidito. Qué van a tener pelota ellos. Pero hacen señas con los ojos para que miremos el suelo, y ahí vemos un montón de sapos que han salido del arroyo a buscar bichos, déle saltar por la canchita.
Lo lindo de esto es que la pelota ayuda, se gambetea sola. Linda pelota saltarina para los buenos tiros de boleo. Lo malo es cuando hay que cambiar de sapo. A veces te cortan en pleno avance diciendo che, esa pelota ya no vale, ¿no ves cómo está la pobre?, ahora la pelota es ésta. Entonces discutimos mucho, griterío, chicos, qué están haciendo en la canchita por amor de Dios, llega la voz de tía Lila.
Carozo y Titilo han formado dos bandos. Yo en el arco de Carozo, el Beto en el otro. Y hay cuatro negritos para cada equipo. Y un montón de sapos, que en cierto modo también son jugadores, alternadamente; ellos, cuando no son pelota, van saltando por la canchita como si jugaran; uno que sube y otro que baja, saltando siempre, desde el arroyo hasta la casa de tío Emilio, justamente hasta sus canteros de coronas de novias, todo es un latir de sapos. En eso hay un pase alto de Titilo. Un negrito viene a la carrera con intenciones de cabecear, pero justo a tiempo recuerda la calidad de la pelota, y entonces la para con el pecho, no la deja llegar al suelo, juega bárbaro el negrito; la frena en la rodilla, la bailotea con la izquierda y tira con la derecha a media altura y muy violento. Yo estoy bien colocado y embolso sin problemas. Pero ahí nomás la suelto, la tiro para atrás por encima del palo, está helada esa pelota, córner gritan varios. Automáticamente voy a buscarla cuando llega la voz de Titilo diciendo que la deje, ya no sirve.
Y allá desde el córner con las patas abiertas viene girando el otro sapo, la panza le blanquea cuando pasa frente al arco, peligro para mí, he salido a destiempo, cuando Carozo salva la situación sacando de voleo, un tiro bárbaro que toma de sorpresa al otro arquero, que ni ve la pelota cuando pasa alta junto al poste casi en el ángulo y se estrella no sé dónde y ya estamos uno a cero, nos abrazamos con el Carozo y los negritos nuestros.
Chicos, no se ensucien, dice tía Lila debajo de la magnolia. Y dentro de un rato vengan que vamos a rezar todos juntos por el tío Jacinto que está muerto, pobrecito.
Nosotros no queremos rezar ni que nos cuenten otra vez la historia del tío Jacinto. Ya nos hemos olvidado de él. Sabemos que tenía bigotes y usaba sombrero aludo porque así está en el cuadro, en la pared.
Es que el remolino lo hundió y lo devolvió tres veces a la superficie, dice siempre tía Lila como si no lo supiéramos, mostrándonos tres dedos blancos, y nadie fue capaz de alcanzarle un palo, una tablita al pobrecito, y la tercera vez no volvió a salir más.
Se ahogó por boludo, decimos siempre con Titilo. Nosotros nos bañamos siempre en los remolinos, es mejor que en aguas mansas. Uno se deja llevar girando para abajo un par de metros, y en el fondo el remolino es un puntito que no tiene fuerza, acaba en cero. Todo lo que hay que hacer es apoyar un pie en el fondo y con el envión salir hacia el costado, y ya se está afuera de la atracción del giro.
Después nadar hasta la superficie, tomar resuello y otra vez adentro. Como un tobogán, pero más divertido. El remolino no existe en el fondo del río, todo el mundo lo sabe menos el tío Jacinto, claro. Y los que estaban ahí mirándolo ahogarse se lo decían; haga un envión cuando esté abajo, señor Jacinto, tenga en cuenta que el remolino lo llevará de abajo hacia arriba tres veces solamente. Se lo decían con palabras y también con señas por si era sordo, pero él nada.
En vez de hacer lo que le decían, él también hacía señas con los dedos, y nadie lo entendía por supuesto. Los otros le decían tres, tres dedos le mostraban para que lo mirase, y él también mostraba, cada vez que salía, tres dedos, siete dedos, nueve dedos. Tres veces, le decían los otros, pero él nada, haciéndo su testamento, tres vacas, siete ovejas, nueve canarios, todo eso se lo dejo a mi querido hermano Emilio. Los bigotes y el sombrero chorreando. Tres veces te perdona el remolino. Pero él nada. Y claro, a la tercera vez el remolino se lo llevó al carajo. Entonces que se joda, decimos siempre con Titilo.
Qué hacés, imbécil, me grita Carozo cuando me dejo meter el gol, cuando no veo el sapo que pasa como un refucilo entre mis piernas, todo por acordarme del tío Jacinto. Menos mal que es gol anulado, porque un pedazo de la pelota entró en el arco pero hubo otro que pasó por fuera junto al poste. Ahora la pelota es ésta, dice un negrito que se corta solo para el otro arco, y cuando va a tirar sale Titilo, taponazo, se la quitan y a cambiar de sapo.
Titilo busca el empate como loco y como sabe que yo no sé atajar pelotas altas se remuerde en un tiro muy elevado que pasa por encima del travesaño; salto todo lo que puedo, viendo que el sapo va derechito a lo del tío Emilio, alcanzo a rozar la pelota con las uñas pero no hay caso, se me va, girando como un remolino con la panza para arriba allá lejos se estrella contra la jaula del Siete Colores de mi tío Emilio. Y enseguida la voz de tía Lila, tan buena, tan creída, la voz que dice por amor del Señor mis chiquilines, dejen tranquilo ese sapito y vengan a rezar. Ella hablando de un sapo y nosotros ya hemos usado como veinte.
Paren, penal, gritaron varios. Del penal del empate me acuerdo muy bien. Discutían a ver quién lo pateaba. Era un sapo grande, gordísimo, que no se quedaba quieto frente al arco mientras discutíamos. Lo ponían en su sitio, sobre un montoncito de tierra, y él enseguida agarraba para el lado del arroyo. Al final lo pateó Titilo, como siempre. Volvieron a poner la pelota en su sitio. Titilo lo miró, tomó carrera y se remordió en un tiro a media altura que no pude atajar desgraciadamente, mientras oía el grito de tía Lila como yéndose del mundo, cayendo en remolinos, mientras veíamos que su vestido blanco cambiaba rápidamente de color, mientras oíamos su grito más bien suave, como si fueran señas de gritos, más bien lánguidos, como si en vez de gritar estuviese diciendo qué han hecho mis queridos, no se olviden que Dios y el tío Jacinto los están mirando desde el cielo.
Gol, golazo, gritan Titilo y sus negritos, que se abrazan con el Beto. Yo me retuerzo de bronca en el suelo, muerdo el pasto. Dejarme meter el gol y además mancharle el vestido a tía Lila. Ahora ella va a pensar que no la queremos. El vestido tan blanco, tan bordado, tan puntillas, entre las dos mariposas ha reventado al sapo, a la altura del canesú alforzado del vestido de tía Lila pavo real y escarapela.
Es molestísimo rezar cuando se suda a mares. Sudando es imposible concentrarse en el retrato del tío Jacinto, alumbrado con velas. Rezamos mirando de vez en cuando a tía Lila, que llora en enaguas lavando el vestido en una palangana. Nunca sabremos si llora por su vestido o por el tío Jacinto. Titilo reza mirando el retrato del difunto, pero los ojos le relumbran de alegría. Yo rezo tratando de disimular la bronca que tengo todavía. Un poquito más y lo atajaba, le agarraba una pata, qué sé yo, lo echaba al córner. Si me estiraba un poco ganábamos uno a cero.
El tío Emilio, que reza con nosotros como si contara melones o cabritos. La tía Lila, que al siguiente verano habíamos olvidado como al tío Jacinto porque después no volvimos a la sierra. La tía Lila creyendo en tantas cosas buenas. La tía Lila que dicen que nunca pudo sacar del todo las manchas de sangre que hicimos en su vestido blanco. La tía Lila, sin saber que nosotros seguiríamos matando sapos.

Daniel Moyano

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MARCEL PROUST Y SU MEMORIA INVOLUNTARIA

Y mi persona de hoy no es más que una cantera abandonada
que cree que todo lo que contiene es igual y monótono…
el amor es perecedero y la felicidad imposible.
Marcel Proust

A diario padecía de crisis asmáticas, su homosexualidad era un asunto clandestino, mientras escribía extrañaba a su madre y antes de morir se encerró para iniciar una travesía En Busca del Tiempo Perdido: su obra cumbre. En siete majestuosos tomos recuperó el tiempo perdido, que en el futuro significaba los días vividos. A la muerte de su madre se va el pequeño Marcel, la vida se vuelve más complicada, pero queda el Proust que se inspiró en su enfermedad cotidiana, que tomó como musa a Francisca de Combray, que charlaba por varias horas con su criada Celeste para que cuando llegará la noche se sentará a escribir en un recinto protegido de la urbanidad por una muralla de corcho.
Marcel Proust fue el literato que se encerró en un juego diletante con el afán de dar a conocer que todos existimos y actuamos fuera de la realidad, que nos separamos de ella al ir encontrando nuevas rutinas convencionales, la sustituimos para morir sin haber conocido esa realidad, la cual simplemente es nuestra vida: “(estoy) abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico (que está) por venir”. Es cómo trascurren los días, extrañando a alguien, soñando el futuro, celando a la persona amada o estando triste porque ha desaparecido el amor. Su postura filosófica defiende a 'la memoria involuntaria' y argumenta que la tarea del artista es desenterrar de la memoria inconsciente esa eterna realidad que la sociedad no nos deja ver. La conciencia de Proust busca verdades eternas que den claridad a la relación de los sentidos con la experiencia, porque la memoria enterrada surge ante un acontecimiento cotidiano: es cuando la rutina se vuelve una belleza a través del arte.
La novela, para Proust, es la reconstrucción de una vida por medio de la memoria involuntaria que devuelve del pasado su presencia física, sensible y con el sexto sentido intacto: el sentido del recuerdo. El tiempo es un choque constante entre los momentos del pasado y del presente porque son de una realidad igual. El tiempo es destructor y positivo que se ensambla por la acción de la memoria intuitiva. Proust en su literatura enriquece su vida con los momentos pasados y presentes: el único interés es presentar al mundo exterior la alquimia del yo.
La modernidad son las preguntas condenadas a permanecer sin respuestas, el amor no es más que una enfermedad y la transformación de la realidad, y su percepción subjetiva, es por medio de la memoria. En las siete novelas que componen la obra En Busca del Tiempo Perdido da una fotografía de todo eso, de la realidad (la sociedad) que le tocó vivir: la vida mundana, costumbres parisinas y provincianas, los días de la burguesía y la aristocracia, la mujer y el hombre ociosos. Todo con la descripción de sensaciones insignificantes de ráfagas secas y fragmentarias de una memoria involuntaria.
En Busca del Tiempo Perdido fue la gran obra de Proust, en un primer momento rechazada por André Gide para ser publicada. En ella se revoluciona el arte de narrar bajo el análisis social y psicológico del contexto, además se apropia de todos los géneros para construir una novela. El estilo de Proust es una prosa morosa, detallada, con períodos extremadamente largos y laberínticos que dan al lector la noción completa de lo que se describe. Fue una obra escrita en paredes de corcho dejando el borrador completo para que las últimas tres partes fueran conocidas años más tarde cuando el tiempo perdido, el mundo real en el que vivió este literato francés, se convirtió en el tiempo recobrado, el mundo supratemporal al cual se le da vida a través de los recuerdos.

Geovani De la Rosa Peña

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CAMPO NUESTRO

En lo alto de esas cumbres agobiantes
hallaremos laderas y peñascos,
donde yacen metales, momias de alga,
peces cristalizados;
pero jamás la extensa certidumbre
de que antes de humillarnos para siempre,
has preferido, campo, el ascetismo
de negarte a ti mismo.
Fuiste viva presencia o fiel memoria
desde mi más remota prehistoria.
Mucho antes de intimar con los palotes
mi amistad te abrazaba en cada poste.
Chapaleando en el cielo de tus charcos
me rocé con tus ranas y tus astros.
Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas... la fatiga.
Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
hasta encontrarlo dentro de uno mismo.
Siempre volvemos, campo, de tus tardes
con un lucero humeante...
entre los labios.
Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
pero en vez de tu escueta reciedumbre
pasaba ante la borda un campo equívoco
de andares voluptuosos y evasivos.
Me llamaste, otra vez, con voz de madre
Y en tu silencio sólo halló una vaca
junto a un charco de luna arrodillada;
arrodillada, campo, ante tu nada.
Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
te me vas, despacio, para adentro...
al trote corto, campo, al trotecito.
Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.
Entra y descansa, campo. Desensilla.
Deja de ser eterna lejanía.
Cuanto más te repito y te repito
quisiera repetirte al infinito.
Nunca permitas, campo, que se agote
nuestra sed de horizonte y de galope.
Templa mis nervios, campo ilimitado,
al recio diapasón del alambrado.
Aquí mi soledad. Esta mi mano.
Dondequiera que vayas te acompaño.
Si no hubieras andado siempre solo
¿todavía tendrías voz de toro?
Tu soledad, tu soledad... ¡la mía!
Un sorbo tras el otro, noche y día,
como si fuera, campo, mate amargo.
A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre-nuestro.

Oliverio Girondo

Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires.  Estudió en París y en Inglaterra. Escribió y publicó desde muy joven. Participó en las revistas que señalaron la llegada del ultraísmo (la primera vanguardia que se desarrolló en Argentina), como Proa, Prisma y Martín Fierro. Girondo fue uno de los animadores principales de ese movimiento. A partir de 1950 comenzó también a pintar con una orientación surrealista, aunque nunca expuso sus cuadros. Ejerció influencia sobre poetas de las generaciones posteriores, entre ellos el surrealista Enrique Molina, con quien tradujo Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud.  Murió el 24 de enero de 1967.

 



                                                          
Diario de un día
Un grupo de artistas de Quilmes ( Sonia Otamedi, Hilda Paz, Claudio L. Pérez, Alicia Silva Rey y Néstor Tellechea) hemos creado el Diario de un día, publicación en papel (de distribución gratuita) y virtualwww.dud-diariodeundia.blogspot.com) de aparición y temática aleatoria.Nuestro Nº 0 fue pensado y editado como un ejercicio de memoria y reflexión sobre el tema de los desaparecidos
y los Derechos Humanos. Hemos seleccionado textos de Osvaldo Bayer, Daniel Moyano, Claudio Martyniuk, Antonio Di Benedetto, Rodolfo Walsh, Armando Tejada Gómez y Miguel Angel Bustos, que publicamos junto a notas y obras plásticas nuestras y de colaboradores. Se imprimieron 500 ejemplares en papel (formato tabloide). 350 ejemplares fueron distribuidos en la marcha del 24/03/2009. El resto se puede obtener en librerías e instituciones de Quilmes.
La propuesta es que visiten el blog y nos hagan llegar sus comentarios sobre la publicación a
diariodeundia@gmail.comClick para entrarhttp://dud-diariodeundia.blogspot.com/

 

 

ESTE MIERCOLES ENTREGAN EL PREMIO “PREGONERO”
A LIBRERÍA RAMOS

 

El próximo miércoles (2 de setiembre) en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (Av. de Mayo 575, 1er piso) se entregarán los premios Pregonero, que instituyen anualmente la Cámara Argentina del Libro y la Fundación El Libro (entidad ésta organizadora de la tradicional Feria del Libro de Buenos Aires).

Este año, en el rubro librerías, el premio recayó sobre “Ideas”, el sector de la reconocida empresa quilmeña Librería Ramos dedicado exclusivamente a la promoción y comercialización de libros para niños y jóvenes.

Precisamente el premio Pregonero es un reconocimiento a los difusores de la literatura infantil y juvenil argentina que se entrega de manera ininterrumpida desde el año 1990, siendo ésta la segunda oportunidad que lo alcanza nuestro distrito, ya que hace algunos años la distinción recayó sobre la Biblioteca Mariano Moreno.

El jurado estuvo integrado por Ema Wolf y Carlos Silveyra (escritores), Graciela Perrone (directora de la Biblioteca Nacional de Maestros) y Oscar González (Presidente de la Feria del Libro).