Verano 2010

AGENDA CULTURAL

AÑO XI
VERANO 2010
Quilmes- Argentina
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Sonia Otamendi

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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales en el extranjero.
Con una  tirada  de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui, está en la calle los días primero de cada mes.

Se ruega citar la fuente de los textos que se reproduzcan.

 

 

 

 

El Miércoles 14 de Enero murió Carlos Costantini, mi viejo y querido amigo, que fue colaborador de esta agenda.
Quiero decirle estos versos del poema de Machado que tantas veces leímos cuando la muerte era una cosa ajena y tan lejana. Sonia

"..._Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos...

Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero."

 

 

NOTAS 

JULIO PAZ
Claudio Pérez

HAITÍ
Fernando Anguita B.

DEUDA CON HAITÍ
Víctor Ramos

MEDIO MILLÓN DE ISLAS
Fernando Anguita B.

POR LA VÍA DEL DUOMO EN NÁPOLES
Liliana Guaragno

DESEADO
Jochy Herrera

1. NACIDO EL 4 DE JULIO
2. HAITÍ
Claudio Pérez

VIOLENCIA
Jéssica Priano

LA CUÁDRUPLE TRAICIÓN DEL CÓNSUL DE CHINA
Leda Schiavo

OBJETOS
Alicia Silva Rey


OTROS TEXTOS 

LOS PECADOS DE HAÍTI
Eduardo Galeano

LA LLUVIA Y LOS HONGOS
Mario Benedetti

HAY QUE SER REALMENTE IDIOTA PARA...
Julio Córtazar

CINE ESTRENO (VER EN ACTIVIDADES)

Julio Paz

Julio Paz falleció el 5 de febrero, en Milán. Ha construido una obra deslumbrante donde la composición, el color y el dibujo confluyen para alimentar un proyecto estético que lleva a uno de sus puntos más altos a la plástica latinoamericana de los últimos cincuenta años. Sensibilidad y rigor compositivo, seguramente proveniente del diseño gráfico, son puestos al servicio de una narración lírica e irónica donde resuenan la poesía, las grandes novelas, el comic, la pintura europea y americana y, siempre, el país, como un dolor de ausencia.

 

 

 

 

Argentina es un país que duele, escuché o leí hace unos días, y lo recordé hoy al escribir una nota sobre Julio. Claro que con el dolor se pueden hacer muchas cosas. Julio lo empleó para crear una obra necesaria a partir del padecimiento del exilio. Perseguido por la dictadura militar se refugió en Milán, en 1976, y nunca pudo volver a radicarse definitivamente entre nosotros. No pudo porque, además de doler, el nuestro es un país de una crueldad aterradora. Después de veintisiete años de democracia formal a ninguno de nuestros burócratas ilustrados se le ocurrió pensar en cómo estructurar un programa que repatriara a nuestros artistas, así como se hizo, en distintos gobiernos, con los científicos. No se hizo porque a los gobiernos les interesan, y sólo de vez en cuando, los artistas “populares” que le dan la serenata en el Salón Blanco, los que juegan la relación que tienen con la gente en la ruleta de los palcos oficiales. A veces los gobernantes bailotean con ellos, desafinan, se sacan fotos en las inauguraciones, se hacen pasar por otros, crean personajes sensibles y con bellos ideales. Y no se hizo, no se le ofrecieron los medios para volver, también porque la mayoría de los artistas, escritores e intelectuales estamos con la atención centrada en nuestra propia obra, chapaleando en el competitivo río de un mercado que arrojará algún día nuestros huesos en una playa desierta y nuestros cuadros y papeles vaya uno a saber dónde.
Julio gestó buena parte de su obra, en cambio, en la solidaridad de los exiliados, en el clima de una batalla que para gente como él todavía no terminó. Para él siempre existe una hermana capaz de rescatar a Gardel del desastre de Medellín; las equilibristas de los circos de carpa agujereada son Santas; los boxeadores son de semi fondo, muchachotes del interior dispuestos a que le llenen la cara de moretones con tal de salir retratados en El Gráfico; Novitá, la Madonnina con Luce, es una divinidad sensual y carnosa que salva a sus devotos del castigo de dormir en soledad.

 


Julio pinta, en Milán, Carteles luminosos para Cuba, incendia las piscinas, pregunta A qué Hora es el Fin del Mundo. Apasionado, casi febril, construye la Verdadera Entrada Triunfal de Vincent (Van Gogh) en Bernal, le otorga el 3er. premio en el concurso de manchas organizado por la Sociedad de Artistas Plásticos de Quilmes, escribe una carta de Vincent a Theo, enviada desde Bernal, el 15 de junio de 1889, lo retrata comiendo Pizza a la Rembrandt en la pizzería Bernal, de 9 de Julio y Belgrano, e interesa al periodista Félix Antúnez, de El Heraldo de Bernal, para que saque una nota sobre la estadía de Vincent en la ciudad.

 

Julio Paz - Exposición en el Palazzo Reale (Milán)


Extraña los afectos y pinta. Sueña con Chagall, Goya, Uccello, Gauguin y pinta. Lee a Onetti, dialoga con Cortázar, y pinta.  Construye una obra única dentro del arte latinoamericano, en la que el color y la composición revelan su talento. Una obra a la sombra de El Jardín de Má, una obra iluminada por El Majestuoso Faro de Quilmes. Disimula la picana eléctrica en una cafetera que rezuma café voltaico, quiere salvar a los niños de Bush, pinta a Cándido López pintando la Guerra del Paraguay, pinta a Frida Khalo en su mutación a ángel.
Su obra recibió en 1971 el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Grabado, y otros premios destacados, no sé, un montón.

 

La Caída - Julio Paz

 

 

En un Autoretrato del Joven Julio G. Paz, del 2007, escribió en la dedicatoria: “con más años, pero los mismos, los mismos ideales”. En la última visita que realizó a Quilmes, conversando sobre su regreso a Milán, nos dijo: Vuelvo a la solitudine. El 5 de febrero de 2010 se fue para allá nomás.
Nos deja su mirada, un asombro lúcido, en la obra que construyó. Lo extrañábamos cuando estaba lejos. Ahora estamos aprendiendo esta otra distancia.

Claudio L. Pérez

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HAITÍ

La función biológica de "madre", que los entusiastas acólitos del antropomorfismo endosaron a la Naturaleza, salta por los aires acompañando literalmente a sus efectos cuando éstos son consecuencia de ajustes geológicos, que no biológicos. Sin embargo, no hay que desestimar la afortunada concepción de Gaia, la que ha supuesto contemplar al planeta Tierra como un organismo "vivo" capaz de defenderse de nuestras agresiones. En esa interpretación se apoyan científicos de distinto fuste para recomendar acciones de conservación y prevención que, desafortunadamente, no siempre redundan en beneficio de la salud de Gaia sino en las arcas de las instituciones que pagan a los científicos.
Pero volviendo al principio, si algo han certificado (por enecentésima vez)  los terremotos, es que nuestra mal llamada madre ignora la mera existencia de sus advenedizos hijos. No puede ser de otro modo.
Por supuesto resulta rentable y siempre se venderán bien las literaturas de desastres. La principal razón de su éxito es que proporcionan al lector la justificación para reforzar los mecanismos de seguridad de su entorno ─dentro de las burbujas del confort─, sin tener que pararse a pensar que a mayor refuerzo de los mismos, corresponde mayor desatención a las necesidades de los "otros" ─los de fuera o afuera, los que habitan en los descampados de la miseria─.

No pretendo "dar la vara" con los temblores de Haití. Analistas cualificados, sociólogos especialmente, ya lo harán. Tienen ante sí una ardua tarea, aunque no sean los destinatarios de la primera pregunta, la que podríamos llamar pregunta de cabecera y que probablemente ya habrá sido hecha... o por lo menos sugerida:
¿por qué las peticiones de ayuda a los más miserables de la tierra suenan tan débiles ─prácticamente ni se oyen─, durante los miles de días en que van muriéndose sin ruido?
Parece una pregunta retórica, pero no lo es porque contiene la que surge de la estremecedora actualidad:
¿de no haber temblado la tierra bajo los pies de los desgraciados haitianos, cuántos años más habríamos seguido dudando si creer o no que miles de ellos se "alimentaron" de tierra hasta perecer?

 

Una cosa ha quedado clara, aunque recitar el gastado «no hay mal que por bien no venga» me parece excesivo. Un sencillo silogismo será lo adecuado:

─ Varios países coordinados por la ONU asumen que la recuperación de Haití llevará diez años,
─ Es impensable que llamen "recuperación" a retornar al estado de indigencia anterior al terremoto
... por tanto,
─ Quienes sobrevivan, algo habrán ganado.

Sin embargo [cependant, however, jedoch...], esa "ganancia" se tornará ceniza si la abrumadora presencia noticiosa termina bruscamente; por ejemplo, en cuanto deje de vender publicidad colateral gratuita. Un seguimiento responsable, no sofocante ni costoso, de cómo se encaran las tareas de normalización y se emplean los medios recaudados para ello, debe dar satisfacción a los ciudadanos y a los contribuyentes que la han hecho posible. De otro modo, si la generosidad popular se cree burlada, más vale que el próximo temblor se produzca donde los damnificados puedan valerse sin ayuda económica del exterior... 

Había redactado las líneas precedentes cuando encontré en mi buzón un "mensaje", resucitado de un pasado no demasiado remoto pero suficiente para documentar la historia y la distancia. Enredado en el tráfago de ins & outs, he perdido la referencia que lo acompañaba. Creo que es copia del original (uruguayo) reproducido ahora en la prensa argentina. De ser así, no supondrá por tanto novedad alguna para los lectores de La Agenda. De todos modos, quien no disponga de tiempo para escarbar a ciegas en los periódicos puede acceder aquí al archivo pdf que lo reproduce íntegro.
La trayectoria literaria, combativa y polémica del autor, Eduardo Galeano, hace innecesaria cualquier presentación.

Fernando Anguita

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DEUDA HISTÓRICA

NUNCA ALCANZAREMOS A PAGAR NUESTRA DEUDA CON HAITÍ

Si la libertad no tiene precio, no alcanzaremos a pagar nunca nuestra deuda con Haití. El apoyo del país caribeño a la emancipación latinoamericana tuvo un costo altísimo para ella. Casi tan alto como el que ha pagado por su propia existencia. 
Un precio mucho mayor que el terremoto que hoy la estremece.
Haití fue castigada y hundida en la mayor pobreza, casi deliberadamente. Y fuimos cómplices.
Este año festejamos el Bicentenario de la independencia y es necesario saber que sin el apoyo decisivo de la República de Haití, dicha independencia no se hubiera logrado. O por lo menos no, en ese tiempo, ni en esa forma.
Cuando José de San Martín se encontraba ante el avance realista español y la conspiración porteña; cuando Simón Bolívar huye a Jamaica luego de ser derrotado en las costas venezolanas; cuando la monarquía del inescrupuloso Fernando VII con todo su arsenal y ejército de veteranos de las guerras napoleónicas arrasaba a sangre y fuego la América Latina, surge del Caribe la figura luminosa del presidente de Haití, Alexander Petión.
Haití fue el primer país independiente de las Américas en erradicar la esclavitud, y así se constituyó en la primera república democrática americana en establecer plenamente los derechos del hombre.
Luego de vencer  al ejercito de Napoleón, al de Inglaterra y al de España, el Haití de Alexander Petión se convirtió en refugio de muchos los patriotas latinoamericanos que debían asilarse, producto de sus ideas libertarias.  Recibieron cálido hospedaje entre otros, Francisco de Miranda, Simón Bolívar y hasta de nuestro Manuel Dorrego.
En 1815 el líder haitiano convoca a Bolívar, que se encontraba refugiado en Jamaica, deprimido y al borde del suicidio. Petión le ofrece al futuro libertador armas, barcos y soldados para retomar la lucha por la independencia americana.
El haitiano planteó a Bolívar -y así se lo hizo firmar- que a cambio de éste apoyo los revolucionarios sudamericanos debían decretar la abolición de la esclavitud en América. Bolívar asumió el compromiso y partió al continente con soldados seleccionados por el propio Petión. Ya triunfante, y antes del encuentro con San Martín dijo:
“Perdida Venezuela y la Nueva Granada, la isla de Haití me recibió con hospitalidad: el magnánimo Presidente Alexander Petión me prestó su protección y bajo sus auspicios formé una expedición de 300 hombres comparables en valor, patriotismo y virtud a los compañeros de Leonidas...”.
Solo la colonización cultural explica que desconozcamos ésta epopeya. Los guerreros haitianos regaron generosamente su sangre en toda América del Sur... solo por nuestra libertad.
Petión no solo le dio a nuestros emancipadores los pertrechos y los soldados, le dio algo mucho más importante: un fundamento político más amplio y abarcador para la independencia americana. Muchos de nuestros patriotas eran esclavistas; el propio Bolívar integraba la clase “mantuana” caraqueña. Finalmente Bolívar se referiría siempre a Alexander Petión como “el Autor de nuestra libertad”.
Desde ese instante España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos bloquearon a la República de Haití de toda relación internacional. El presidente norteamericano, Thomas Jefferson dijo que “Haití es un mal ejemplo”. Los dueños de esclavos no toleraban la existencia de un país independiente gobernado por hombres negros.
Finalmente Estados Unidos llegó a poner orden e intervino militarmente el país en 1915. Haití, el pionero de la emancipación americana y los derechos del hombre, se convirtió en la nación más pobre del planeta.
Hay que decirlo con bochorno: nuestros países no hicieron nada significativo por Haití: sólo observaron desde lejos como se consumaba un lento, silencioso genocidio.
En ese sentido, fue brutalmente franco un haitiano que dijo en estos días que el terremoto era, quizás, "lo mejor que nos podía pasar a los haitianos".
Quizás hayan hecho falta  el trueno y el temblor de la  tierra para despertarnos de la pasividad cómplice.
Quizás Haití reciba ahora, ante el drama que clama al cielo, algo de la ayuda que le mezquinamos durante años.
Llego el momento de actuar no solo por el pueblo haitiano, sino por nuestra dignidad.

Víctor Ramos
Presidente
SOS Discriminación Internacional
Blog:www.matemedios.blogspot.com

 

…"El terror se basa en la incomunicación, difunda esta información vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad"...Rodolfo Walsh

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medio millón de ISLAS...

... y se dice que todavía son más las que tienen existencia real y han sido cartografiadas con absoluta precisión. Las islas, en puridad, como tierras emergentes que "sobresalen" del nivel del mar que las rodea, no constituyen por sí mismas fenómenos distintos a los continentes, tierras emergidas también, si se quiere, pero que nadie califica de ese modo.

Anticipándose al programa «SEPTENIO»[1] que dedicará este año 2010 a las islas del mundo, la «Revista de Occidente» publicó en noviembre pasado un número extraordinario y monográfico con el sugestivo subtítulo "La exuberancia del límite". Sé muy bien que la Revista se puede adquirir en Buenos Aires, pero por si allí, o en otro lugar, eso fuera difícil, el problema está resuelto aquí, en Internet. Basta acceder a la página oficial de la «Fundación Ortega y Gasset»[2] o, en este caso, a la dirección concreta.[3] Sería ocioso, por tanto, glosar el resumen del número. Me limitaré a dejar constancia de las consideraciones a que me ha movido su lectura.

La separación de los artículos en dos bloques esenciales, como se ve en el sumario_índice, probablemente no será ni siquiera advertida por el lector. Diez artículos, presentación incluida, preceden a los siete que siguen bajo la etiqueta de CLÁSICOS. El criterio de ubicación de los autores en uno u otro grupo parece claro. La excepción es el desplazamiento de Umberto Eco "fuera" de los clásicos; pero eso se ha debido sin duda a que su artículo, el más breve de todos, no era separable del firmado por Tarcisio Lancioni ─profesor de Semiótica de la Universidad de Siena─, que da a conocer «El Islario de Benedetto Bordone», el segundo libro de esa naturaleza impreso en el mundo. Umberto Eco había dado noticia de Bordone en la prensa española, a finales de 2004; lo hizo a propósito del florecimiento de la industria de reproducción anastática. Este neotecnicismo (que supongo incorporado a la novísima edición de la Gramática Española) define la obtención de reproducciones facsimilares hasta un grado de perfección que las hace mejores ─se entiende que más legibles y restauradas sus lesiones─ que el propio original.

El artículo de Lancioni, el más extenso de la Revista, no oculta su admiración por el trabajo enciclopédico al que Bordone consagró su vida: "... quiere hablar casi de todo el mundo y contar cuanto le sea posible; para hacerlo debe trabajar día y noche [...] puede jactarse de un saber teórico [...] ha estudiado topografía y astronomía...". Al «Libro de tutte l'isole del mondo», impreso en Venecia en 1528, le siguieron tres reimpresiones con el título abreviado a «Isolario di Benedetto Bordone». En total se distanciaron 39 años. Esta noticia en español, ─traducida por Alfredo Taberna─, aunque se produzca a casi medio siglo de distancia, le hace justicia.

Un poeta, ensayista y catedrático de la Universidad de La Laguna, Andrés Sánchez Robayna, cumple el encargo expreso de presentar un sucinto compendio de "textos poéticos sobre las islas y la insularidad". Selecciona hasta diez, todos de autores del siglo XX, entre los que figuran Rilke, Saint-John Perse, Nemesio... e incluso Cendrars. Impresiona por su rotundidad la «Oda a Santorini» de Odiseas Elytis, traducida por Christian Carandell.

La mitología empapa e interpenetra más de un ensayo, como no podía ser de otro modo. Las "afortunadas" islas Canarias son la sustancia capital de la memoria mítica. El catedrático de Filología griega de la Universidad Complutense, Marcos Martinez Hernández, destila en veintiséis apretadas páginas los saberes desarrollados en sus numerosos libros. El repaso, aunque apresurado, transita desde las Islas de los Bienaventurados, con paradas esenciales en Hespérides, Atlántida, Purpurarias..., hasta San Borondón (o San Brandán): los mitos son explorados hasta sus orígenes, y quedan liberados de las exageraciones y disfraces que, por su misma naturaleza, se recargaron en el imaginario colectivo.

Decir que el ensayo de Valeria Burgo, semióloga, profesora..., Comisaria de Arte en Venecia, ha sido el que me causó mayor impresión no hace de menos ni, por supuesto, infravalora a ningún otro. Su título, «Los habitantes de la isla», ya despierta ecos sugerentes, y el subtítulo, «La cosmología diagramática de Charles Avery», termina de abrir la puerta de la curiosidad; ésta no se verá defraudada en un solo párrafo, antes al contrario, se verá reforzada por fotografías de las que me he permitido incluir aquí una imagen reducida de la más inquietante.[4]
Era esperable, y se produce, la referencia a Borges: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» (1941), texto al que Avery debe mucho..., lo mismo que la aseveración casi final, no es casual que la ciudad principal de la isla se llame Onomatopoeia, ni que en las antípodas del Axioma de Descartes, se delinee, impenetrable, el Axioma de Wittgenstein.
The Islanders, la work in progress multimedia del escocés Avery, ha tenido hasta hoy distintas actualizaciones en diversos formatos; no parece que haya cruzado el canal de La Mancha y menos aún el océano Atlántico. Convendrá estar atentos para cuando lo haga.

En este punto voy a producir lo que se puede llamar un "cierre falso". La razón para hacerlo está en que las consideraciones que faltan, sin entrar siquiera en los artículos firmados por autores clásicos, no son de menor enjundia que las expuestas, y he parado en mientes sobre un viejo dicho: "demasiada excelencia puede llegar a cansar". Por tanto la economía, el cine y las series televisivas secundarán la nostalgia mediterránea, para producir un "cierre firme" en la primera ocasión que este año de las islas señale oportuna.
Entretanto, el presunto lector potencial puede especular sobre quién es el autor del siguiente párrafo:

"Este tropel de gente joven, elástica y sonrosada ─fauna de gran film─ nos arrastra en su alegría navegante y nos hace marchar con ellos. Desde que salimos de Jersey nos acompaña también una gaviota".

Elíjalo entre uno de estos cinco "clásicos": Deleuze, Greimas, Ortega, Sloterdijk o Todorov... pero no excluya la sorpresa. 

... ... ...

El ejemplar de la Revista termina con la usual sección de LIBROS. Rogelio Alonso dedica una amplia referencia al texto de Helena Béjar, «La dejación de España. Nacionalismo, desencanto y pertenencia». De ésta se deduce lo que ya anticipa el ajustado y preciso título del libro. Las circunstancias políticas actuales hacen que para los españoles su lectura sea más que recomendable. El interés que pueda suscitar en un lector argentino será lógicamente menor. 

CODA
Por accidente crucé la lectura de la Revista con un documento de la Biblioteca Digital Mundial, BDM,[5] que pareció haber sido conjurado por aquélla.
El documento se titula «Gráfico de las Islas Galápagos: Medido en el buque mercante Rattler y dibujado por el Capitán James Colnett de la Armada Real en 1793, 1794; grabado por T. Foot», y explica sucintamente que el capitán realizó un largo viaje por el Pacífico, del cual publicó una crónica en 1798 [...] a fin de ampliar la zona de pesca de ballenas espermaceti, y otros objetos de comercio.
El mapa lo publicó en 1798 el cartógrafo londinense Aarón Arrowsmith y es la primera carta de navegación precisa de las islas.
El lector encontrará la razón de esta coda nada más averigüe la autoría del párrafo que le he propuesto antes.

 

[1] promovido por el Gobierno de Canarias
[2] Fundación
[3] RdeO nº342
[4] la fotografía de la Revista está en blanco y negro; la reproducción aquí es la que aparece en la National Gallery of Scotland reducida al 75%. El texto al pie informa de sus dimensiones [103,5 x 139 cm], fecha y tipo [2009, lápiz y gouache sobre papel] y al "sin título" añade (Duculi).
[5] BDM

 

Fernando Anguita B.


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POR LA VIA DEL DUOMO EN NÁPOLES

De Roma fuimos en tren a Nápoles. Allí nos albergó una argentina. Se había casado con un italiano del que estaba separada desde hacía unos años. Vivía en un ‘palazzo’ que daba a la Bahía, y para mantenerlo tenía dos habitaciones libres que alquilaba a algún huésped, turista o viajante.  Nosotras habíamos conseguido una  gracias a ciertos amigos de Hebe que se contactaban con ella desde Buenos Aires.
Nuestra habitación era amplia -como todas las dependencias del piso-, y contaba con las tres camas que necesitábamos. Desde los ventanales de la sala  todas las mañanas muy temprano observaba los amaneceres  sobre el agua de la bahía, con el sol cambiando sus tonos y los del Vesubio.
Habíamos visitado ya varios lugares  cuando decidimos ir al Duomo. No era muy tarde  pero llegamos a las cinco y sus puertas estaban cerradas. Entonces seguimos paseando por la calle de la catedral.
Justo en la esquina donde la Via de Anticaglia corta la Via del Duomo, había, abajo, un negocio con maniquíes vestidos con trajes de novia blancos, puros, vaporosos. Arriba, en el mismo edificio desde el balcón, mujeres mirando para la calle, pintarrajeadas, tetonas, muy rellenas las putas.
Me dio gracia ese contraste grotesco y colorido. Tomé la cámara, pero Susana me dijo que no convenía, que podríamos tener problemas. “La gente de la camorra”, agregó, al mismo tiempo que yo veía a un hombre oscuro que me clavaba los ojos. No saqué fotografías.
Seguimos por la misma calle. En los altos las ropas colgadas de ventana a ventana, cruzaban por el aire la calle estrecha. Dimos la vuelta, nos esperaba una cuadra de negocios de ropa. Al final se abría abigarrada una plaza colmada de puestos y de gente comprando. Y allí nos internamos, rozándonos con los que estaban cerca, los que iban y venían. Queríamos ver alguna campera, tapado o algún abrigo que nos gustara y no nos saliera muy caro.
En eso estábamos cuando de pronto, sin mediación alguna, y sin que pudiera entender qué estaba sucediendo, sentí una mano que quebraba algo sobre mi cabeza mientras la fregaba, ya  húmeda y viscosa, a la altura de la coronilla. Al instante  cayeron pequeñas esquirlas de cáscara de huevo, y la yema y la clara chorreaban sin terminar de caer por mi cara y  cabellos.
Un segundo y vi, apenas, al jovencito que ya rompía y friccionaba otro huevo, y otro más, sobre el mismo y triste lugar de mi cuerpo. El chico se sonreía concentrado en su quehacer, aunque yo sacudiera la cabeza para alejarla de su mano.
En ese lugar atiborrado casi no podíamos dar un paso sin chocarnos con la gente. Le gritaba al chico para que se detuviera, y Hebe también, porque también ella fue atacada y tampoco atinaba a entender qué pasaba. Era una agresión sin sentido y ambas –más tarde lo supe- sufríamos perplejas un oscuro terror.
Nadie nos miraba siquiera.  Susana había querido ayudarnos en vano: era una voz más, gritaba fuerte, pero se confundía con el bochinche de la feria.
Empezamos a salir muy lentamente de entre esa multitud, llegamos hasta el borde de la plaza -donde ya no había puestos-. Cruzamos a otra esquina, en diagonal. Apuradas.
Desde atrás nos seguía- como una imagen de película- la típica barra de chicos malos. Organizados por su altura a partir de sus hombros. Caminaban formando un conjunto triangular, en cámara lenta hacia nosotras. Contra lo esperado fue Susana quien comenzó a llamar con la potencia total de su voz gruesa: ¡Policía, policía!
Enseguida, como en las películas, se detuvo un patrullero,  y de inmediato la barra de chicos había desaparecido como por arte de magia.
El conductor del patrullero nos preguntó qué nos pasaba. Le contestamos casi a trío en un italiano de primeras letras, que nos habían atacado, que nos habían escrachado huevos sobre la cabeza, y Hebe y yo señalábamos nuestros cabellos, pegajosos, con ese olor que empezaba a ser tan desagradable.
El policía con las manos quietas al volante no nos entendía a pesar de nuestros esfuerzos y ya detrás del patrullero había una cola de coches que no podía avanzar. Hasta que del primer auto varado, salió la voz estentórea de un hombre que había, sin duda, escuchado el diálogo fallido o descifrado nuestros gestos, y que ansioso de que de una vez por todas se moviera el patrullero para seguir viaje, gritó a todo pulmón: ¡I carnevale! ¡I carnevale!
Entonces el policía entendió. Y nosotras también.
Nos indicó las calles que debíamos tomar para el regreso: para que no nos persiguiera la barra de pibes ni nos tiraran más huevos.
Sí, era carnaval. Era febrero e invierno en Italia. Y no  festejan con agua, sino con huevos.
Al día siguiente volví sola a eso de las diez de la mañana. Susana y Hebe no quisieron acompañarme, prefirieron evitar el temor que les hubiera causado tal vez acercarse a la zona del Duomo. Pero a esa hora la gente tranquila y poca iba o venía por las veredas hacia el trabajo o las compras cotidianas. No había putas en los balcones, ni nadie que hiciera recordar a la camorra napolitana. Y entré a la única catedral que no está frente a una plaza, sino en una calle: la Via del Duomo di Napoli.

Liliana Guaragno

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DESEADO
 

Pero la dilatación de las carnes, la una contra la otra y la una por la otra,
es el verdadero objeto del deseo.

J. P. Sartre

“El deseo mueve el mundo. Está presente en el bebé que llora porque tiene hambre, en la niña que se afana por resolver un problema de matemáticas, en la mujer que corre al encuentro de su amante y más tarde decide tener hijos, y en la anciana, que encorvada sobre su andador, recorre a paso de tortuga el pasillo del asilo para recoger su correo. Desterremos el deseo de la faz de la tierra y tendremos un mundo de seres congelados, carentes de razones para vivir y para morir”. Esta sentencia aparece en el ensayo Sobre el deseo del filósofo estadounidense William B. Irvine; un texto contentivo de meditaciones en torno a la que Freud catalogó como la más poderosa energía del ser humano.
Confieso que el libro me desfraudó, no sólo por su premisa fundamental, “esforzarnos por disfrutar éste sueño -lo que tenemos-, en lugar de ignorarlo para perseguir algún otro”, sino más que nada porque a pesar de la advertencia de Irvine contra ello, sus páginas parecerían convertirse en un “manual para manejar el deseo”, en particular, los “no deseados”. El autor nos encomienda a seguir los pasos de los satisfechos, aquellos que según el Oxford English Dictionary, adaptan sus deseos a lo que tienen (aunque sea menos de lo que hubieran podido desear), consejos que a mi parecer frenan el ímpetu de quien busca a veces desesperadamente, el roce de una piel, la esquiva mirada de una muchacha o cualquier otra obsesión que como hechizo, nos toque las puertas de la pasión.
Debo admitir sin embargo, que en Sobre el deseo (Paidós, 2008) encontramos también observaciones interesantes que podrían facilitar la comprensión de la naturaleza de este sentimiento, de nuestras fuerzas internas, tormentos y otras “debilidades”: Cómo muchos anhelos se explican a partir de un “sistema biológico de incentivos” adquirido mediante el proceso de selección natural, es decir, evolutivo; cómo este programa de incentivos no fue diseñado para animarnos a tener una vida feliz y significativa, y aún más, cómo el precio, no el valor que tienen las cosas, ha destruido esa indómita y hermosa capacidad humana de perseguir la locura de los sueños, incluyendo nuestros más intensos deseos.
        Desde Aristóteles y Platón hasta Santo Tomás y Spinoza, el deseo ha sido objeto de intriga, debate y múltiples interpretaciones que en conjunto han conformado una suerte de fenomenología: Ha sido visto como asunto en franco contraste con la razón, como perteneciente a la naturaleza del alma, como “simplemente el apetito acompañado por la conciencia de sí mismo” y como Samudaya, el causante del sufrimiento que paraliza el progreso espiritual, según el pensamiento budista. Para las neurociencias el asunto luce más sencillo ya que de acuerdo con esta disciplina médica, el deseo es simplemente el resultado del comportamiento de células localizadas en los núcleos accumbens y ventromedial del hipotálamo y el cuerpo estriado cerebral.
Jean Paul Sartre, por otra parte, fue el pensador que logró establecer la conexión del deseo con su objeto, la solución del problema filosófico fenomenológico de Spinoza, a juicio del ensayista Sebastián Salgado. Sartre nos advirtió contra la consideración de los deseos como “pequeñas entidades psíquicas que habitan la conciencia”; porque a su manera de ver, ellos son la conciencia misma en su estructura original proyectiva y trascendente. Y va más allá: En El ser y la nada conecta los conceptos deseo y cuerpo al enunciar que “el deseo es deseo de un cuerpo por otro cuerpo. En realidad es un apetito hacia el cuerpo ajeno”. Estas conclusiones por lo tanto, facilitaron a la filosofía la comprensión del encuentro del sí -el sujeto mismo- con el otro, objeto del sujeto: el deseado.
        La escritora argentina Leda Schiavo, amiga entrañable y mejor poeta, ha motivado estas disquisiciones tras compartir un Espumante Torrontés comercializado como Deseado (Medalla de oro en el Concours Mundial Bruxelles 2007). Sin pecar de enólogo, observo que la ficha técnica de este vino lo define como de composición Varietal -uva única-, cosechado en marzo, fermentado con levaduras seleccionadas a 14° C durante quince días, primeramente a cielo abierto y después cerrado herméticamente, e ideal como aperitivo. Me intrigan aún más las Notas de Cata que lo describen: “Deseado presenta a la vista color amarillo verdoso, a la nariz es frutal, con aromas a flores y cítricos y en boca, es dulce y frutado”.
¿No estarán acaso estas Notas describiendo el paradigma del deseado? ¿Él, quien consciente de su atractivo, parte en pos del objeto -un otro- para entregar a sus sentidos el placer del amarillo, el sabor frutal y la flor ansiada en cualquier boca ajena?

 

Jochy Herrera, escritor dominicano. Autor de Extrasístoles (y otros accidentes). Es miembro de la Mesa Directiva de contratiempo.
       

       
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NACIDO EL 4 DE JULIOPhineas Taylor Barnum

Si bien hay quienes lo dan por nacido el 5 de julio de 1810, una buena parte de la información consultada coincide en que nació el 4 de julio del año citado. Prestigiosos periodistas de medios independientes de los Estados Unidos han polemizado sobre esta incongruencia en la fecha del natalicio de Barnum. Los más radicales aseguran que una agencia estatal logró alterar documentos y registros públicos para que el nacimiento de uno de los impostores  y estafadores más grandes de todos los tiempos no coincidiera con la fecha de la independencia de los EE.UU.  Siendo muy joven aún, su primera estafa, con billetes de lotería, lo arrojó a la cárcel. En 1835, recién puesto en libertad, compra a Joice Heath, una anciana esclava negra de 161 años de edad que afirmaba haber sido la niñera de George Washington, y la exhibe ante el público como La curiosidad más asombrosa del mundo.
Innumerables estafas, engaños y mentiras, como era de esperar, le abrieron el camino hacia el Congreso de EE.UU. para el cual fue elegido representante por Connecticut, cargo que ejerció durante más de 20 años. Para reseñar al menos sus patrañas más conocidas, comenzaré mencionando a La Sirena de Fidji, un monstruoso montaje de salmón, en la parte inferior, y mono, en la superior, realizado por unos artistas japoneses, que alquiló primero (a 12,50 U$S la semana), y adquirió después, y que presentó sin el menor pudor como a una verdadera sirena embalsamada obteniendo un colosal éxito de público y monetario. En distintos momentos organizó espectáculos ambulantes donde exhibía anomalías y monstruosidades: Tom Thumb, el general enano, un niño de 4 años que padecía enanismo hipofisario y al que le enseño algunas canciones y trucos; La Giganta Ana Swan; Zip el microcéfalo; Josefina Clofullia, La Mujer Barbuda; Los Siameses Chang y Eng Bunker; Stephen Bilgraski El Chico con Cara de León, etc. A partir de 1871 diversifica sus inversiones fundando y adquiriendo circos (Lamento que una disciplina artística y un espectáculo tan noble como el circo esté asociado al nombre de Barnum, pero la verdad histórica es irrefutable). Creó el Barnum & Bailey Circus, sobre los restos del circo Bailey, y luego anexó al negocio el Ringlig Brothers Circus fundando el Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus. A uno de ellos incorporó como atracción de fondo a Jumbo, el elefante más grande del mundo, que dio a Walt Disney la idea para filmar Dumbo.
Pero, más allá de esta breve reseña que creo el lector debía conocer, veamos ahora la nefasta relación de Phineas Taylor Barnum con el tema de los autómatas. En 1841 Barnum compra el Scudder's American Museum de Nueva York, en la esquina de Brodway y Ann Street, que pasa a llamarse Barnum's American Museum, donde comienza a exponer las rarezas que he mencionado. El emprendimiento radicado en Nueva York expele sobre la ciudad una nube de estafas y engaños, vinculados a la venta de lociones rejuvenecedoras y tónicos sexuales falsos, que lo obligan a partir hacia Europa. Allí es recibido como una celebridad e invitado por la reina Victoria al Palacio de Buckingham donde en 1844 monta un espectáculo llamado Asombros y Maravillas que luego es financiado por la corona para que recorra toda Europa. Es en esta gira europea en la que Barnum toma contacto directo con los autómatas. Los juzga tan monstruosos (“espectaculares”) como a sus freaks, pero más económicos para mantener, y comienza a adquirirlos por docenas y a enviarlos a su museo. El negocio prospera gracias al oscuro pacto que logra establecer con el público que acude por millares a sus exhibiciones y espectáculos. Como en cierta manera de hacer política se establece una relación superficial con los hechos y  Barnum consigue que lo falso sea valorado en tanto brille y obnubile la conciencia después de la agotadora semana de trabajo. Pero, tampoco creamos que sólo se trataba de diseminar un discurso. Sostener la rentabilidad del negocio exigía algo más que palabras. El Barnum's American Museum, se incendió en tres ocasiones y en las tres oportunidades se sospechó del propio Barnum como autor de los incendios.
Lo cierto es que según los archivos e inventarios del museo docenas de androides y autómatas, maravillosas piezas creadas por artesanos, artistas, magos y relojeros, se convirtieron en cenizas dejando extensas zonas de las historias de los mismos tiznadas por el hollín de la avaricia, ilegibles.

Claudio L. Pérez

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HAITÍ

una flor crece donde estuvo preso y murió Toussaint Louverture
por la abertura de esa muerte una flor
crece en el castillo de Joux donde estuvo preso
y murió el haitiano más negro que se conoce
negro Toussaint el general libertario

¿acaso comía como todos vivía como todos moría
                       como todos Toussaint Louverture? 
comía como todos vivía como todos moría como todos
sólo que una flor le crecerá por un agujero
después que haya morido tal vez sin arreglar
todas las cuentas que tenía que arreglar
con la vida la muerte

ah Toussaint Louverture ah general
ah dedo que lo señaló para ir adelante
ah dedo carnal y mortal que apretaba los gatillos y fusilaba sombras
ah dedo que dejó en el porvenir
ah negro haitiano que paseaba
todas las madrugadas por el castillo de Joux

una sombra se lo comió
el tiempo se lo devoró
el mar ya no lo moja pero de Toussaint Louverture
mejor dicho de la muerte de Toussaint Louverture
crece una flor roja
crece una flor imperdonable negra bella
como un haitiano
como el haitiano Toussaint Louverture
el haitiano más negro que se conoce
el más joven el más adelante que se conoce
ah negro ah general
ah triste el bárbaro el impago

                        
                                       Juan Gelman

 

Este no es el mejor poema de Juan Gelman, al menos no está entre los que elegiría para una antología de su poesía, pero a muchos de nosotros, hasta este poema, Haití, la tan sufrida, nos resultaba desconocida.
A partir de este poema supimos que Haití, hasta la revuelta de los negros encabezada por Louverture en 1791, había sido colonia española y francesa luego y que su economía se había basado en la provisión de esclavos para las potencias coloniales. En 1794 la Convención de la gobernante Revolución Francesa abolió la esclavitud y Louverture se alió al gobierno revolucionario. En 1801 hizo conocer su intención de establecer en Haití una república negra. Al año fue hecho prisionero por el gobierno de Napoleón Bonaparte. Murió en el castillo de Joux en 1803.

El atraso de la isla, que hoy se refleja en la incapacidad de poder administrar la crisis humanitaria surgida por el enorme terremoto que la asoló, es producto de su pasado colonial y de la intervención norteamericana (1915-1934) que aún después de que sus tropas abandonaron el territorio continuó ejerciendo el control real de la economía y la política haitianas. Francois Duvalier, con el apoyo explícito de EE. UU. hasta 1961, instauró una dictadura sangrienta a través del grupo paramilitar de los tontons macoutes. La dictadura de los Duvalier (padre e hijo) terminó en 1986 y le siguieron diversos gobiernos débiles y golpes de estado militares que se continuaron, incluyendo una nueva intervención de EE.UU. hasta los primeros años de la década del '90.

Hace poco les copié un mensaje sobre el tema del bicentenario. Ahora busqué los datos históricos que me confirmaron que también Haití peleaba por su independencia alrededor del 1800 y como otros países de América aún está en proceso de lograrla plenamente.

Obviamente no creo que todas las catástrofes naturales tienen que ver con la economía y el desarrollo (algunas, como el calentamiento global y sus efectos, sí) pero es cierto que es más difícil atender sus consecuencias en países menos desarrollados.

Claudio L. Pérez

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VIOLENCIA

Hacía dos días que estaba tirada en la cama, sin moverse. Apenas se levantaba para hacer sus necesidades y tomar algo de agua (del bidet, la canilla del lavatorio no servía más).
El estar en posición horizontal le aliviaba los dolores de los golpes, pero la hacía pensar. Recordó, durante unos minutos, todos los episodios de violencia a los que había sido sometida, repasando hasta el menor indicio el más mínimo detalle, incluyendo hasta el menor atisbo de maltrato, que en otra oportunidad, había sido tomado a la ligera.
Sintió una congoja que le hizo fabricar una lágrima. Se la secó con la manga de la camisa sucia y se sentó en el borde de la cama, como si una fuerza externa le dominara el cuerpo.
Vaciló un instante, clavando la mirada en algún punto del piso de cemento, enriquecido por las irregularidades. La gran mancha de humedad que comenzaba bajo sus pies, le hizo perder por un instante le curso de sus  ideas.
Luego, como si despertara de un estado hipnótico, se incorporó, se calzó las topper rotas y se dirigió decididamente hacia la cocina.
El revólver estaba ahí, como siempre, sobre la mesa, con su envestidura de poder y terror.
Al verlo, sintió miedo. Cerró y abrió los ojos. En ese segundo, su mente trajo una sola imagen de su suplicio, y bastó para concentrar las pocas fuerzas de su cuerpo en el brazo y la mano que tomó el arma.
Fue hasta el baño. Se había cruzado con él, que llevaba una toalla en el brazo y un jabón recién comprado, cuando salía de tomar líquido y orinar. Abrió la puerta. El vapor del agua la hizo parpadear un instante. Cuando acomodó la vista, distinguió un bulto, un tanto desfigurado por el viole de la cortina.
Apuntó, contuvo unos segundos la respiración y disparó.
Inmediatamente después  del impacto, que la hizo recular, sintió un golpe.
El sonido del agua cayendo directamente al piso, la hizo volver a la realidad. Con una rápida mirada, comprendió la situación.
Corrió la cortina. Observó que el agua tenía un color bermellón y que el bulto estaba inmóvil. La confusión ganó su interior.
Al levantar la vista, advirtió que su madre había entrado al lugar y se tomaba la cabeza con ambas manos. Con un súbito ímpetu, la sacó de un brazo, la abofeteó con desesperación y comenzó a gritar y a llorar sin lágrimas.
Ella, perturbada, dejó el arma sobre la mesa. Salió a la calle. Se sentó en el cordón de la vereda. Contempló, impasible, cómo la gente empezaba a agolparse frente a la casa, curioseando y formulando hipótesis comprensivas.
De pronto, una manito húmeda en su hombro la sacó de sus pensamientos.
-Laly, ¿y mamá?
-Está adentro.
-¿Y papá? ¿Qué pasó?
-Papá, se murió.

Jéssica Priano

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LA CUÁDRUPLE TRAICIÓN DEL CÓNSUL DE CHINA

Hacía mucho tiempo que tenía que invitar al cónsul de China a comer. Su mujer me lo había insinuado de infinitas y corteses maneras a lo largo de aquellas sesiones en las que se desesperaba por aprender el sistema verbal español. Xan era increíble: tras su sonrisa misteriosa se escondía un insaciable deseo de aprehenderlo todo: el imperfecto, el subjuntivo, las etimologías, las iglesas románicas, las maneras de mesa y de vida occidental. Era eso, me pareció al principio, lo que la movía a venir a mi casa y a querer intimar conmigo.
Desde hace varios años vivo con un pajarito. Me lo regaló un amante culposo, como para dejarme algo antes de desaparecer completamente. Algunos son así, quieren irse pero dejan algo: un perfume, una carta, un rasguño, un embarazo. Lo del pajarito fue una novedad en mi vida. Aparte de las reminiscencias clásicas y de las fáciles metáforas que suscitaba, Pichi demostró estar siempre a la altura de las circunstancias. Fue fácil quererlo en esos días en que la nieve se enloquecía detrás de la ventana y el hielo sobre los escalones y sobre la vereda convertían en peligrosa excursión polar el tránsito hasta el almacén de la esquina. Fue hermoso compartir el espacio cálido del living con ese montoncito de plumas verdes, rosadas, azules; con ese pedacito de vida tropical palpitando en el gélido invierno de Chicago. Quizás sea redundante aclarar que Pichi es un pajarito excepcional: casi se domesticó a sí mismo para demostrarme que podía comer de mi plato, subirse a mi hombro, dormir sobre mi cabeza, y contestar siempre, siempre, siempre que me dirigía a él. Le gusta Mozart, el ruido del molinillo de café, las manzanas asadas. Los momentos en que su felicidad es inocultable son aquellos en los que paso la aspiradora, escribo a máquina, leo a Platón o lavo los platos. A esto último se agrega la felicidad del agua: un relámpago verde, un desbarajuste cósmico anuncian que Pichi decide bañarse. Después tengo que subir la calefacción a tope, no sea que se resfríe.
Sin mayores altibajos transcurrió un año de nuestras vidas. Llegó otro diciembre, que, para qué disimularlo, es el más difícil siempre. A los congestionamientos de tráfico, a las remanidas frases de estúpida bienaventuranza, a la estólida y vacuna felicidad familiar de los demás hay que agregar la nieve, el hielo, la blanca soledad interior y exterior. A todo eso, el año pasado, se sumó una nueva desazón: Pichi ya no era el compañero siempre solidario, siempre dispuesto al juego, a las ceremonias secretas, a los diálogos profundos. Pichi comenzó a distanciarse, a no querer salir de la jaula, a no dejarse cambiar el agua, a ignorarme completamente. Una mañana, al levantarme sin emoción y sin esperanza, casi se me paraliza el corazón al ver que el pajarito se comía un huevo que acababa de poner. Creo que me fue más difícil aceptar el cambio de sexo de Pichi que cualquier otra dificultad de mi vida. Yo, que había puesto tanta confianza en él, tuve que superar esta traición, la traición definitiva: Pichi era hembra.
Ese mismo día, cuando el cónsul pasó como siempre a buscar a su mujer, miré por primera vez sus manos: unos dedos largos, aristocráticos, perfectos. Era alto y tenía una voz cálida, que seducía sin proponérselo. Me intrigó el secreto que se ocultaba tras esa fachada tan prolija, tan perfectamente lograda, tan capaz de suscitar inferencias excitantes. Volvimos a encontrarnos con motivo del Festival Internacional de Cine y llegamos a un entendimiento tras la tercera copa de cava catalán que ofrecía su colega español.
Unos pocos encuentros furtivos me mostraron sus infinitas posibilidades, su manejo de todos los registros posibles del erotismo. Xan, con esa malsana fascinación que despierta la sospecha, se empeñó en que los invitara a cenar. Tuve que hacerlo: su empecinamiento oriental no era de fácil disuasión.
Otra vez llegó diciembre, otra vez las vacaciones de invierno, otra vez el celo de Pichi, que volvía a estar desconfiada, agresiva, entregada a su precaria y falsa maternidad. La noche señalada sonó el timbre. Lo primero que hizo el cónsul al entrar en el living fue abrir la jaula de Pichi y ésta, ante mi asombro, saltó plácidamente a la mesa baja que está delante del sofá. Él se sentó y comenzó un silbido lento, pegajoso, prolongado, un silbido en el que se repetía con crueldad una única nota hipnotizante.
Pichi comenzó a mirarlo de costado, ladeando la cabeza, y a abrir y cerrar las alas. Xan me clavó los ojos y yo me puse tan nerviosa que me disculpé precipitadamente para ir a la cocina.
No podía dejar de escuchar el increíble y penetrante silbido. Me imaginé que lo hacía una culebra desenrollándose lentamente para engullir a mi pobre pajarita. Volví, aterrorizada, para asistir, estupefacta, a la danza de Pichi. Pichi abriendo las alas perezosa, compulsivamente. Pichi lánguida, enervada, electrificada. Pichi adelantando su cuello virgen, reposando su barriguita sobre la mesa, girando rápidamente sobre una pata, temblando enajenada.
Desplegó una ala, como en una película lenta, lentísima, continuando siempre el dibujo del silbido interminable. Permaneció inmóvil, deteniendo mi respiración durante un tiempo que no sabría precisar, para comenzar otro muy lento movimiento con el ala izquierda. Con las alas extendidas y el pecho inclinado, las plumas de la cola, de hermosísimos colores, se erizaron de repente. Pichi Isadora se entregaba convulsa. Tenía la clave de un movimiento misterioso que sugería miedo, pasión, agonía, quebranto. Pichi Salomé desplegaba velos multicolores y se entregaba desvergonzadamente, pidiendo nuestras cabezas.
Recuerdo que la cena fue rápida, que todos queríamos terminar y desaparecer. Al día siguiente Xan no vino a clase, pero ni siquiera me di cuenta, porque tuve que asistir, entre irritada y fraternal, al largo acontecimiento que significaron los dos huevitos que puso Pichi, uno a la tarde, el segundo ya entrada la noche. Yo estaba inmóvil, tirada a lo largo en el suelo, con la cabeza contra la jaula, ayudándola con la mirada y pensando con indignación en que el cónsul la había dejado preñada.
Dos días después, a las dos de la tarde, llamó por teléfono Xan para decirme que tenía que verme urgentemente cerca de su casa. Nos citamos en el Hilton. Llegó nerviosa, agitada, con rastros de llanto. Me dijo que habían recibido orden de abandonar el país esa misma noche, que no podía explicarme, que algún día quizás, que su marido estaba abrumado y no podía despedirse, que tratara de comprender. Ella sabía de nuestra relación pero no le importaba, era una más en la larga serie de traiciones a las que estaba acostumbrada. No le dije que también nos había traicionado a las dos con Pichi, ni hablé de los secretos de estado. Tampoco le dije que no me interesaba entender en absoluto porque la verdad está siempre más acá o más allá, que la única realidad asequible sobre este mundo son y serán desde ahora para mí las equívocas posturas de mi pajarita en celo. Nos despedimos afectuosamente, deseándonos feliz año nuevo.

Leda Schiavo

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OBJETOS

Cactus

Aristas, bordes afilados. Lenguas combas. Esferas repujadas en su centro. Conos dirigidos. Versiones denodadas de una misma materia. Vertiginosidad de raíces ligeras en canales terrestres: agotamiento, asombro de rizomas: condensación de otros modos   del cactus.  Manchas más claras en los bordes, salpicaduras que en la base de las hojas blanquea. Pesados reservorios de carne verde cubierta por encajes de espinas. La intemperie es la masa del cactus, su compacta clausura.
Babas aéreas, vasos líquidos derramados por la piel sumergida. Nervios, ganglios porosos que desgranan pestilencias, desfiguran. El contacto de esa médula con la noche da a entender purulencias curvas, urdimbres donde cuecen tramas que evocan manchas, lunares.

Ventana

Atravesada de mundo, lleno que empuja el horizonte más acá de los ojos, cámara que divide en planos la unidad de lo visto: marco.
Prisión, fondo de anillo, círculo de deseo. Batientes que licuan el sonido en sus goznes. Archipiélago que los vidrios reúnen en un punto de vista. Excrecencias de lo mirado. Chorreaduras de materia perdida o calcinada al alcance del ojo desprovisto. Ver por ventanas: descontar las partes de un objeto o dividirlo en miríadas de luz, como Seurat.
Cerrada: no.

Caballo

No verlo ahí caballo sino presencia de otra raza. No comentar caballo en los trazos de su esfumadura de hierro, el garbo de una salida hacia fuera del cuerpo desencadenado. Alardes de la forma y rasgos bifrontes en lo intempestivo: un lunar como un cuerno como un sello en la frente y la duplicidad de su talle aéreo cuando corre y no toca el piso que lo afronta caballo. Correspondencia del ser con la palabra. Un ave que pudiera no existir en el vuelo. Manía de posarse íntegro y desasido como si retornara de un entierro, el propio, y la flor de sus huesos repicando sobre el plumaje de la cabeza pintada.
                                     
Alicia Silva Rey

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LOS PECADOS DE HAITÍ

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.
EL VOTO Y EL VETO

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron
permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo
Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe
respuesta, o le contestan ordenándole: Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.
LA COARTADA DEMOGRÁFICA
A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:
Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.
Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania:
tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.
En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado…. de artistas.
En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

LA TRADICIÓN RACISTA
Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934.. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión,
William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.
Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar
sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que
Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.
En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de
Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro
“puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.
LA HUMILLACIÓN IMPERDONABLE
En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas deNapoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.
La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.
EL DELITO DE LA DIGNIDAD

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.
Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modode perdón por haber cometido el delito de la dignidad.
La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

Fuente: Brecha, Montevideo, 26 de julio de 1996.

Eduardo Galeano

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LA LLUVIA Y LOS HONGOS

 
 
¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era éste nuestro convenio de hace cuatro horas. ¿Recordás lo que dijimos? No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconocé que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero, vos y yo mirándonos, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba entre ambos la corriente milagrosa, vos y yo inscribiéndonos tácitamente en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación tan sórdida como ésta, para repetir, como siempre con fundadas esperanzas, la búsqueda del amor.
Después de todo, ¿qué crees que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiamos un poco. Ahora me da lástima verte así, tan indefensa, tan iluminada. ¿Querés apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos. Además, ya no llueve. A lo mejor, tenés razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Querés que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es más bien tediosa. ¿O querés que empiece por la zona de amistad? Ya sé, estarás pensando: cuántas ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decís a menudo diosmío), no cultivan la virginidad ni tienen los pies fríos ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a qué atenemos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separamos con la misma sorna, con la misma envidia contenida. Sí, estarás pensando eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mí no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Sólo tres. El primero se quedó con un sobre que contenía mi sueldo y nunca más supe de él. Con el segundo me tomé a golpes, y las cicatrices respectivas (ésta del pómulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quitó una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, cómo explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto. todo cuanto hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia más dificil: la de las actitudes. Frente al problema más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resultó intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un día no pude más y la golpeé. Tuve que hacerlo. La golpeé, la humillé, la obligué a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenía que verla alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya sé que es difícil de comprender, no precisa que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te digo que la obligué? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado. Pero al día siguiente ella adoptó de nuevo la única actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia de la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió el gas. La maté, claro. ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único, ¿te das cuenta? Y ahora, por favor, hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.

Mario Benedetti
Del libro “Esta mañana”

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HAY QUE SER REALMENTE IDIOTA PARA...
 
Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo. Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforescente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

 

Julio Cortázar
De La vuelta al día en ochenta mundos