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AGENDA CULTURAL
AÑO XIV
VERANO 2012
Quilmes- Argentina
Tel: 54-11-4253-7431
Dirección
Sonia Otamendi |
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La Agenda Cultural del Sur es una guía mensual en la que se consigna día a día, el hacer
cultural llevado a cabo por instituciones oficiales y privadas de la
zona sur y que cuenta además, con notas breves de escritores e
historiadores tanto locales como del resto del país, y de corresponsales
en el extranjero.
Con una tirada de tres mil ejemplares que se distribuyen en forma
gratuita en Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Ezpeleta y Berazategui,
está en la calle los días primero de cada mes.
Se ruega citar la fuente de los textos
que se reproduzcan.
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En todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras. Bertrand Russell
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HOMENAJE
El 1° de febrero de 1930, una mujer, resolvió que la vida y sus muchos nacimientos, confirman que la muerte, nunca mata.
Dicen que el pasado es un acto de creación. Sin embargo, la memoria como figuritas de papel para recortar y armar, redescubre y organiza.
La memoria, con pequeños resplandores amplía puntos de mira.
En el país de Nomeacuerdo
doy tres pasitos y me pierdo.
Un pasito para aquí,
no recuerdo si lo di.
Un pasito para allá,
¡hay que miedo que me da!
Un pasito para atrás,
y no doy ninguno más.
Porque ya, ya me olvidé
dónde puse el otro pie.
María Elena Walsh, auténtica juglar. Recita, canta y denuncia.
La rebeldía, el desencanto, su amor a la naturaleza y a los niños quedan reflejados en poemas, novelas, cuentos, canciones, ensayos y artículos periodísticos.
Dicen que el 10 de enero de 2011, María Elena Walsh, ha muerto.
Dicen, pero mienten.
Liliana Souza
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AUSTERIDAD a machamartillo
… ese ¡jamás! de los reyes, de los políticos y de los generales,
suele ser casi siempre el preludio de una capitulación.
Stefan ZWEIG, Fouché
En España, la palabra que domina todo lo que se espera de 2012 y 2013 es austeridad. A nadie sorprende ya. Salvo los ricos de siempre, los ciudadanos del rey abajo hemos venido ensayándola a lo largo del bienio precedente. Y qué decir de la obligada austeridad de los ‘sin trabajo’, escaparate del fracaso del sistema social vigente, hasta el punto de que tener empleo se califica de ‘situación privilegiada’, es decir, fuera de lo normal. Que lo es, sin duda, pero también resulta muy preocupante que lo sea.
El anterior gobierno, tras la estrepitosa derrota del 20N, se fue con sus trastos a militar en la oposición. Ese resultado ya estaba cantado desde el debate que entablaron doce días antes los dos aspirantes a la Presidencia del Estado. Cuando comenté el show [*] televisivo del evento, dije que me parecía una celebración sin sentido práctico. En corral ajeno, pocos días después, resumí lo que entendí como un discurso montado para desviar la atención hacia los inevitables recortes económicos que ‘la derecha’ impondría a los más débiles…, si ganaba. Fue una maniobra dialéctica lógica (aunque cínica): defenderse atacando para oscurecer la autoría del recorte real, ‘la congelación’ impuesta por ellos, ‘la izquierda’, a las clases pasivas. La austeridad aplicada manu militari a los jubilados también lo fue, por diversos procedimientos, a funcionarios en activo.
El candidato a la continuidad de su partido en el gobierno de la nación tenía que saber que el alivio de caja proporcionado por esos recortes era deletéreo; que lo iba a pagar con creces en la cosecha de votos. Y así fue, aunque pudo ser peor todavía. El candidato convenció incluso a viejas glorias para que saliesen a dar la cara. Una apuesta arriesgada: al hacerlos manifiestos co–responsables del resultado, sólo valía ganar para no deslucir brillos de antaño.
Cabe pensar, en cambio, que el riesgo estuviera consensuado, y la presumible derrota en las urnas vista como el mal menor. Administrar austeridad con la cuarta parte de la población en paro se anticipaba como una tarea que liquidaría en pocos meses a ‘medio gobierno’. Mala contingencia, muy mala, para un gabinete de estreno, pero todavía peor, prácticamente inaceptable, para ‘reinstalarse’ y cargar con un fracaso definitivo ‘a la griega’.
Si se barajó semejante hipótesis (la del riesgo consensuado), el candidato contrario no podía saberlo; incluso de haberlo sospechado tampoco podía desperdiciar la baza que su oponente le regalaba. De modo que se aseguró unos miles de votos de posibles indecisos prometiendo la descongelación. Nada más ganar, anunció que esa partida sería ‘la única’ que crecería de todo el presupuesto nacional; es decir, aplicó la lógica elemental de que las medidas de austeridad nunca deben de imponerse empezando por abajo…
Sin embargo, terminados los tres días de fanfarria, de tomas y adioses de posesión, la primera aplicación oficial austera que dicta el reluciente gobierno es congelar el salario mínimo. Y lo hace el 28 de diciembre, ¡¡los santos inocentes!! Un traspié que sólo se explica por el volquete de medidas que descarga el día 30, en el primer consejo de ministros, cuando pulveriza otra promesa: la de no elevar los impuestos. El nuevo presidente, en el mismísimo discurso de investidura, había asegurado que los impuestos no se iban a tocar. Pero, conocida ¡por fin! la magnitud real del déficit a subsanar, destapada la ocultación heredada (desleal, la llama un periódico), la promesa salta hecha pedazos.
Quienes gobernaron hasta ayer sabían lo que les esperaba si ‘repetían’. Ahora, los demagogos despotricarán contra la austeridad impuesta a machamartillo…, aunque sepan que no queda otra solución.
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[*] www.fazolantelespejo\lee_alandar\111108_debate.html
Fernando Anguita B.
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JÁNOS KORMOS
LA PARADOJA
Quiero presentarles a mi bisabuelo materno, János Kormos, un escritor húngaro, nacido en Budapest en 1880. Vivió en Inglaterra buena parte de su juventud. Nadie sabe ni cuándo ni por qué recaló en Buenos Aires. Tan pronto comience con el relato van a entender que me es imposible reseñar su vida en pocas palabras. Lamento esta forma brutal de amputar hechos y datos de la vida de un hombre, pero me consuela el saber que esta necesidad de resumir me deja la sensación de que la historia no concluye en el texto, me ubica ante sus mismas dudas y temores que llamaré, presuntuosamente tal vez, La paradoja de Kormos.
Su vida siempre fue un tema reservado dentro de mi familia. János no fue un ejemplo de virtud para un grupo humano perseguido por guerras y pestes, signado por trabajos agotadores y mal pagos. Hoy tal vez se comprendan mejor sus acciones, la sociedad ha evolucionado hacia condiciones que permiten rescatar de su vida algunos hechos censurados en el pasado.
Su singularidad reside en el hecho de que, reconocido como escritor, no se conoce ninguna obra publicada bajo su firma, o atribuida a él, aún cuando su fama es notoria y respetada en ciertos círculos. Quienes lo conocieron, en pensiones, fondas y bares de un Buenos Aires que estamos a punto de olvidar, afirman que en ese entonces continuaba escribiendo, en lengua inglesa, una novela, presumiblemente iniciada hacia 1920, que no se decidía a terminar. No se trataba de que no encontrara un final para la historia o las historias que narraba, sino que no encontraba un final para la novela, un mecanismo o forma adecuada para concluir una obra del género novela. Discutía, en su propia obra, convertida en metatexto, cómo debería ser ese final, si adviniese.
Macedonio Fernández, en el otro extremo de la indagación sobre el género, decía que “escribir se escribe al principio; después se hace estilo”. Macedonio y János Kormos, podrían ser entonces mojones que delimitan los límites y el secreto de la novela como creación artística.
En la familia se conservan aún unos recortes del diario La Nación, del 30 de junio de 1953, presumiblemente pertenecientes a János, donde se reseñan, a cuarenta años de su realización, las conferencias de Lugones dictadas desde la pasión que habían despertado los fastos del centenario. Parece que esas conferencias hicieron que a mi bisabuelo se declarara “hombre sin patria” a la usanza polaca.
Los testimonios recogidos dan cuenta de la estadía de János en el país aproximadamente hasta 1954, algunos afirman hasta 1957, siempre batallando por concluir una novela sin final. La búsqueda de Kormos prefigura los mecanismos de un cambio radical en la novela moderna. Una novela demorada en su comienzo, como quería Macedonio, y sin final, prolongándose en el tiempo más allá de sí misma y buscando, entre sus propios recursos, no la novela del futuro, sino el futuro de la novela.
János Kormos es uno de esos agujeros negros por los que transita la energía de lo mejor de la literatura universal. Si la literatura es un cosmos, un sistema integrado, la función de anomalías como la de Kormos es generar un espacio de circulación que atraviesa las épocas, las lenguas y los países y gesta el estallido y la materia que convierte a las palabras de otros escritores en las grandes obras de la literatura.
Dicen que solía emborracharse en El Venturito, un bar de Villa Crespo, en compañía de árabes, búlgaros y sefaradíes, y que se ponía pesado y pendenciero suscitando ese tema de la conclusión de una novela ante interlocutores más interesados en el juego, el fútbol, las mujeres y los sones alucinógenos de la balalaika.
János era hijo de un contrabandista danés y una bailarina rusa y, de acuerdo a la información de la que dispongo, vivió entre 1920 y 1945 en Bramdford, Inglaterra. No se conocen obras publicadas de Kormos, sin embargo manuscritos y copias mecanografiadas de algunos capítulos de su única novela inconclusa recibieron el elogio, en notas y correspondencia, de Leonora Cohen, William Golding, George Orwell y Robert Harris, por nombrar solamente autores ingleses.
Louis Batlie, un escritor inglés residente en Ipswich, cerca de Bramford, ha dicho: “Nos ha pasado con János Kormos como con la Gran Muralla China. Vista desde cerca, como yo la vi en 1958 en mi expedición a China, es sólo una pared de piedra levantada sin gran destreza, la chapucería de un constructor desprolijo; pero fotografiada desde el espacio, es la columna vertebral de una gran civilización”.
Orwell le escribió a Cyril Connolly sobre János desde un hospital de Barcelona donde recibía tratamiento médico por las heridas de bala que los legionarios de Franco le habían infligido cuando formaba parte de una de las milicias internacionales, durante la Guerra Civil Española. Comentaba a Connolly que no bien fuera eliminado el fascismo en España iba a dedicarse a convencer a János Kormos sobre la publicación de los primeros tomos de la novela que venía escribiendo desde hacía, en ese entonces, diecinueve años.
Aquí en Buenos Aires, en tugurios y bares de extramuros, Kormos repetía historias de sus visitas a los burdeles de Bramford, durante su juventud. Contaba que se había enamorado de una prostituta china, Tzut Zuy, a quien su patrón terminó matando cuando descubrió que estaba por fugarse con él. Las mujeres chinas fueron esclavizadas y explotadas en Gran Bretaña después de la primera guerra del opio, en 1842. Las traían de Shangai, uno de los cinco puertos que se abrieron al comercio cuando finalizó la guerra. Kormos, en sus peores borracheras, sacaba de un bolsillo de su eterno saco negro, un pañuelo de seda roja en el que envolvía uñas de unos cinco centímetros de largo que, decía, habían sido de Tzut Zuy. Lloraba sobre la mesa donde dejaba la botella, su copa, algunos papeles sueltos sobre los que tomaba notas permanentemente y esas uñas blancas sobre la seda roja.
El testimonio del legendario “Carrerita”, Pedro Leopoldo Carrera, el deportista más grande que legó Tres Arroyos al deporte argentino, quíntuple campeón mundial de billar y dueño del record de carambolas libres, que registró ante escribano público en el Café-Bar Colón, después de doce horas de no errar una tacada, da cuenta de una larga y lluviosa madrugada de julio de 1950, en la que habría jugado con Kormos en las mesas de La Academia.
Una veintena de mozos que lo atendieron en distintos antros de Villa Crespo recuerdan tanto las veces que tuvieron que reclamarle duramente copas que había bebido sin pagarlas, como sus generosas propinas cuando andaba con dinero. Distintos y ocasionales parroquianos de esos mismos boliches han narrado lo poco o mucho que sabían sobre la vida de Kormos. También estaban, es cierto, las notas y cartas de distintos escritores que aludían a su ciclópea tarea y a su entrega formidable a una novela ya mítica, sin título y sin que de la misma se haya rescatado aún una sola página.
Pero ¿Quién les cree a marineros, a jugadores de billar, a mozos y habitués de bares sin lustre ya desparecidos? ¿Quién les cree a los escritores?
No soy el único que está buscando evidencias que nos coloquen finalmente ante el trabajo y la gloria de un hombre. Bloomsbury, Pretince Hall, Sage Publications y Penguin Books, entre otras editoriales, están a la caza de ese material.
Kormos no podía terminar su novela porque en la misma interpelaba literariamente el hecho mismo del final, del final de una novela. Se lo preguntaba y repreguntaba y en esa interrogación transcurría la novela, no se sabe desde qué momento o en qué estadio de la escritura de la misma aparece esta problemática, pero la misma adquiere un peso tal que oculta el argumento de la obra, sus personajes, sus acciones. Sólo queda flotando en la oralidad que la rescata y en los pocos documentos escritos sobre ella, este tema del final, de cómo debe concluir una novela, de cuándo se termina. El misterio del que seguramente nos habla János Kormos en sus papeles es conocer cómo se sustenta un relato rumiando sobre un final que nunca llega porque se está buscando la forma, el esquema, el mecanismo, la química, del final.
Macedonio seguro, y Kormos tal vez, han especulado y ensayado más que otros sobre una obra construida por el lector. Una obra que lo interpela y lo incluye en la elaboración de la obra de arte, que lo convierte en artista, que apela a su sensibilidad y despierta su creatividad. Una obra, como dije, más allá del argumento y los personajes, más allá del autor. Sola, en proceso, gestándose mientras se lee, no mientras se escribe.
Entre los argentinos, han citado lo que Kormos estaba escribiendo Witold Gombrowicz, en una carta a Virgilio Piñera de 1947; Arturo Cuadrado y Dardo Cúneo. Todas son citas circunstanciales que aluden al extenso trabajo de Kormos y al tema que se volvió preponderante en la novela. La carta de Orwell, escrita hacia fines de 1938 asegura que Kormos llevaba ya diecinueve años escribiendo la novela, y los comentarios en Buenos Aires, afirman que entre 1950 y 1954 continuaba debatiendo el tema del final. O sea que entre esas dos fechas probadas transcurren treinta y cinco años de escritura. Treinta y cinco años comprobados para alguien que escribía más de lo que respiraba, en cuadernos escolares, en servilletas de bares, en manteles de papel de estraza, en rollos usados de teletipo que le acercaba al bar El Peregrino un sereno del correo, en cuadernillos de duplicados de facturas, en el dorso de expedientes judiciales…
Papeles que no me atrevo a llamar perdidos. Papeles omitidos, pertenecientes a un universo que, de tanto dilatarse, como la novela de Kormos, parece no tener fin.
Claudio L. Pérez
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LA PREHISTORIA DEL ARTE
La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams)
Werner Herzog, Francia/2010.

Las cuevas de Chauvet albergan en su interior una de las obras de arte más relevantes de la humanidad. Son cuevas angostas con una longitud de unos 400 metros, y sus paredes irregulares han atesorado durante más de 32.000 años un conjunto de pinturas rupestres que representan la abundante y variada fauna que habitaba Europa durante el Paleolítico. El ser humano no cesa de lamentar la falta de registros que testimonien la vida en la Prehistoria, antes de que la escritura como la entendemos hoy fuera inventada. Por ello, todo resto de representación es extremadamente valorado. Cuando dichas cuevas fueron descubiertas en 1994 las pinturas estaban en perfecto estado de conservación, y después de las experiencias de Altamira y Lascaux, donde la presencia de numerosos turistas deterioró las pinturas allí encontradas, el gobierno clausuró las cuevas de Chauvet a los curiosos. Sólo se permite la entrada a un limitado número de investigadores -durante un corto período del año y por unos pocos minutos-, quienes deben transitar por un angosto sendero elevado construido para proteger los rastros de animales –osamentas y huellas de patas de osos cavernarios- y el delicado suelo de la cueva.

Werner Herzog es el más inquieto, el más original del grupo de directores alemanes surgidos en los ´70, en el movimiento que se llamó Nuevo Cine Alemán. Su obra abarca una variedad de registros, desde la ficcionalización de mitos americanos y europeos, experiencias con hipnosis, a un variado rango de documentales: desde el inefable, inorgánico e inclasificable Fata morgana, pasando por los que se ocupan de seres marginales, como Grizzy Man o País del silencio y la oscuridad, o de lugares inexplorados como En la salvaje azul lejanía, Encuentros en el fin del mundo y éste, dedicado a las cuevas de Chauvet-Pont-d´Arc.
Herzog se introduce por el estrecho canal de acceso a las cuevas con su fotógrafo Peter Zeitling y allí, a pesar de las restricciones naturales y las impuestas, construye otro viaje hacia lo maravilloso. Sería absurdo describirlo, el film hay que verlo, pero baste mencionar que allí hay toda una representación de la vida animal del abundante bestiario que habitó Europa durante el Paleolítico, cuando estaba cubierta de glaciares, las temperaturas eran bajísimas y el ser humano habitaba en las cavernas: osos, leones sin melena, rinocerontes lanudos, caballos, hienas, mamuts, mariposas y otros insectos están dibujados con una técnica que parece actual. En gran parte realizados con carbón, los (¿las?) artistas han aprovechado las irregularidades de las superficies para sugerir el movimiento de las bestias. Entre tantos animales, una única figura humana: el pubis de una mujer figura asociado a un bisonte, en lo que se interpreta como la primera representación –prehistórica- del mito del Minotauro.
Porque Herzog no cesa de indagar sobre el alma de aquellos artistas rupestres: la posible función religiosa de esa cueva, cómo fue la vida de los artistas y sobre todo, cuáles habrán sido sus sueños. Para ello, entrevista a arqueólogos, paleontólogos y artistas relacionados con el estudio de esas cuevas. Sin embargo, poco es lo que los científicos pueden agregar a la elocuencia y el poder de las imágenes. En un momento, el guía propone callar, para escuchar el silencio de la caverna y percibir el sonido de los propios cuerpos. Herzog, siempre ávido, no lo soporta, e introduce una música que quiebra la magia de esa penumbra.
Como su colega y compatriota Wim Wenders en su documental Pina, Herzog utiliza la filmación en 3D para dar mayor realismo, sensualidad y espectacularidad al registro de esas superficies sinuosas, y logra el mayor efecto en las tomas en el exterior, en los meandros del río Ardèche, junto al acantilado que se desmoronó en parte hace miles de años, clausurando la entrada a esa cueva. Lo cual hace pensar en un tema no menor: cómo se habrán iluminado los artistas, pues la entrada original no aportaría la luz necesaria para iluminar el fondo de la caverna. Pero además de las pinturas y los restos de osamentas, la cueva alberga un fascinante bosque de estalagmitas, formadas a lo largo de los siglos, después de que la cueva fuera clausurada, y los cristales de esas formaciones espejean en medio de esa galería de arte.
El film tiene momentos de humor, algunos casi ridículos, como la demostración de caza de un arqueólogo, o la interpretación musical ¡del himno yanqui! con una flauta prehistórica de hueso, y otros inquietantes, como el ambicioso epílogo. Fiel a sí mismo, Herzog explora la magia oculta tras las imágenes.
Josefina Sartora
Publicado en www.claroscuros-imagenysonido.blogspot.com
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EN UN VERSO TODO
Dice un verso de Lorca: cómo me dice el agua/ cómo se deshace el sueño para siempre.
Es decir que en el verso se corporizó la verbalización de un hecho que pese a seguir siendo invisible, o que a pesar de su invariable invisibilidad, está deshaciéndose visualmente para siempre.
¿Importa cuál era el sueño? A mí no. Lo que me importa es la transmisión lírica que hizo Lorca de ese sueño. Esa sensación hasta táctil que da la imagen del verso.
Aparición de una circunstancia de lenguaje artístico cuyos afluentes son el misterio del idioma y sus movimientos poéticos que siempre tuvo Lorca dentro de sí, para cualquier momento. Palabra y sensibilidad al servicio de la inmensa dinámica de la vida instantánea del sentimiento.
Comunicación física, atmosférica de premundo con la poesía. La espera recibe un impacto de huida que el poeta no tiene por qué ni cómo explicarla.
Cómo me dice el agua/ cómo se deshace el sueño para siempre.
Mano, voz y ojos en el aquí y el ahora de unas palabras que van apareciendo en el papel, y que van llenando de sorpresa satisfactoria, no solo al poeta que lo escribe, sino a todos los que lo vayan a leer no importa cuándo.
Parafraseando a Brodski: “el poeta, es nada más y nada menos que el pasado de un futuro que no esperaba”.
Con este tipo de versos, Lorca demuestra haber sido uno de las más importantes sensibilidades que ha buscado ser nombrada por la situación verbal de un sentimiento inmodificable. Alivio de ser esa especie de espejo momentáneo de una necesidad o un hecho que habla cuando quiere, pero no en cualquiera, sino en quien lo respeta, y lo necesita, sin ninguna salvedad.
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La vida es una sombra que pasa sobre un río.
El verso pertenece a Fernando Pessoa, en traducción de Rodolfo Alonso.
Pienso que es un paisaje lírico envidiable, visual, rítmico, exacto, veraz.
Exactitudes de esas que sedan, y que se gestan solamente en poetas que se entregan sin reparos todo el tiempo, a cada instante, a la tradición de lo recibido.
Hay que sentir muy profundamente para escribir esto: La vida es una sombra que pasa sobre un río.
No hay lamento, desilusión, ostentación. Hay nada y todo. Eso sí, La verdad aparentemente lógica, vista y pasada como común y normal, pero que una vez armonizada en canto poético, devela su verdadera e intransferible dimensión.
Aquí la poesía es esa caricia de viento que arruga cariñosamente el medio de un río.
Estamos solos frente a ese silencio que se mueve, lo agradecemos con nuestro inconsciente, y después si es posible, lo recibimos desde nosotros mismos para nuestra expresión.
Está nuboso, hay sol fuerte, semitapado pero radiante, nuestra mirada sensible se pone reflexiva, y de repente La vida es una sombra que pasa sobre un río.
Gracias Pessoa. Gracias Poesía.
Néstor Tellechea
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LOBA
Estaba colgando una ropa, unos pañuelos que había dejado en remojo la noche anterior. El aire traía olor a pan quemado. Como cuando se inserta un pedazo de pan en un tenedor y se lo deja quemar a fuego fuerte, en la hornalla, y se dispone una a comerlo así, crujiente, pan del día anterior. Ah, y se veía la higuera detrás de la soga de tender. Esa higuera fuera de sí, enorme como una gruta, sembrado el suelo donde crecía de…restos de…objetos inútiles, una tuba semihundida en la tierra, sin origen.
Miraba el agua que se escurría entre las uñas de las manos que me temblaban, es un problema de familia el…la falta de pulso, el…temblor. Me distraje, vi que había desplegado las alas no en la hierba. Era como en un libro de estampas, de lepidópteros, de cuando yo era chica, con nombres en latín, era una Loba con marcas similares a ojos en las alas, en las que se confía. Pesaba un…parecía verano en el deseo de los cárabos, que pican las alas de las mariposas, secretos que de pronto es capaz de exhalar la materia…una materia cuyo cansancio se cobra… muertes… súbitas.
Abría las alas. Parecía haber logrado una…capacidad de existir…secundaria, impropia.
La ropa lavada había comenzado a fundirse en una masa contigua a la higuera, esa higuera descontrolada y… no sabría describirla, está tan lejos, sin…redención, y ella, la Loba, como una estampa había cedido debajo… de una ropa tendida.
Con mi mano derecha la toco. Acaba de nacer, Loba, pienso, está probando sus alas, húmedas, recién salidas. Me recuerda de pronto a… me acuerdo de ella… también había sido presa de un rapto…no debido. Invisible a la higuera, había extremado su… prematurez y… había, como te dije, preferido caer sobre el patio, al pie de unos pañuelos. Ahí. Y mi mano, la mano con que la levanté para cerciorarme, para convencerme, aún establece una conexión de… como de…entendimiento o cómplice entre la música de recital que llegaba de los altoparlantes y ella, caída tan cerca de mí antes de… haber logrado hundir sus… capullos sedosos en… las prímulas… su lengua de mariposa en… las hendijas de… la… oscuridad.
A María del Carmen Silva Rey.
Alicia Silva Rey
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MARIPOSAS
…y en los jardines las mariposas
vuelan y pasan, vienen y van.
poema infantil, Rafael Obligado
Un jardín. Un extenso jardín. Y allá al fondo, detrás de los eucaliptos, donde estaban el naranjo y el pomelo, las mariposas yendo y viniendo sobre el trébol.
Las recuerdo amarillas, blancas, alguna vez esas grandes, negras y amarillas a las que llamábamos mariposa del limonero, pero sobre todo a las anaranjadas.
Esta fue la imagen del jardín de mi infancia -donde pasaba la mayor parte del día y cuando llegaba verano, veía llegar la noche- que me trajo la lectura del título de la nota de Jochy Herrera.
Sin duda un texto movilizador, ya que mi infatigable asesora, Alicia Silva Rey, me envió innumerables textos sobre mariposas y Néstor Tellechea me recordó el magnífico cuento de Silvina Ocampo.
Como si las mariposas hubieran realizado la travesía desde el frío Norte para instalarse en el verano de la Agenda del Sur.
A ellas, a las mariposas

Sonia Otamendi
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DEL CORAZÓN,
Y CIERTOS COMPORTAMIENTOS DE LAS MARIPOSAS
(A las crisálidas que nunca pudieron volar)
Al revisar algunas concepciones de la biología de los insectos puede descubrirse cuánto hay en común entre las conductas humanas y el comportamiento de las mariposas: hablo aquí de su compartida capacidad de engaño (el polimorfismo mimético); del sobrevivir a expensas de lo mejor del prójimo (la libación); del aparearse en base a la atracción química (el cortejo inducido por las feromonas de la mariposa macho); de controlar su pareja a través de los celos (por la costumbre de “taponar” los genitales tras la cópula); y sobre todo, de la habilidad de las mariposas monarcas proteger su corazón consumiendo glicósidos cardiotónicos, archiconocidos fármacos estimuladores de las fibras musculares del corazón.
Es inevitable que otoño tras otoño me detenga a cavilar sobre estas aladas ilusiones a propósito del instintivo ciclo migratorio que las induce a trasladarse más allá de su habitat veraniego, llegada la muerte de cada octubre. Los doctos entomólogos nos enseñan que dentro de la taxonomía de los insectos hay más de 160 mil especies de lepidócteros (artrópodos del género al que pertenecen las mariposas) junto a otras tantas docenas de familias donde las más intrigantes son sin duda, las Danaus Plexippus Linneo –las monarcas– las más bellas entre las mariposas prehispánicas aparecidas en la vegetación del eoceno hace 48 millones de años.
Se sabe que las mariposas han sido símbolos conformadores del imaginario humano desde remotísimos tiempos y como tal, los aztecas las nombraron Quetzalpapalotl –mariposas sagradas– angelitos de niños fallecidos que regresaban a la tierra; por igual, los mazahua las reconocían “hijas del sol”, y en la cultura teotihuacana llegaron a adquirir el rol de imagen divina, del movimiento, el fuego, la guerra y de los dioses del camino. Como metáfora poética invadieron la pintura y la literatura occidental durante las etapas subsecuentes al medioevo hasta arribar a la modernidad donde se convirtieron en objetos de colección y en piezas decorativas para quienes siempre consideraron la cercanía a la naturaleza un acto de posesión.
EL ARTE DEL ENGAÑO
La curiosidad humana ha llevado a la ciencia contemporánea más allá de la interpretación simbólica y cultural de los fenómenos y memorias colectivas, y con las mariposas acontece algo similar porque hoy día los biólogos conocen en detalle cada una de sus propiedades, movimientos y hábitos. Cosas que han dejado de ser enigmas ya que todo se analiza genética en mano: el origen del color de sus alas y los sofisticados trucos de supervivencia; las diferentes etapas evolutivas que las rigen; las amenazas ambientales y hasta la manera cómo se alimentan. El ensayista mexicano Alfonso Reyes dice que “la ciencia, rastreando el impulso de la vida y siempre en busca de sus secretos, según los va sorprendiendo va matando la vida. Porque lo que tiene secreto vive de su secreto...”
Es decir, ya no hay misterio ni metáforas ocultas tras la alas de una mariposa, los supergenes, los alelos y las proteínas parecerían explicarlo todo.
He mencionado cómo el mimetismo de las mariposas facilita su supervivencia al permitirles defenderse contra las agresiones de los depredadores cumpliéndose de tal forma uno los principios darwinianos de la selección natural de las especies. Pero resulta aún más intrigante observar cómo en otras ocasiones, tal mimetismo se asemeja a la cripsis, al camuflaje. A la circunstancia donde el ser vivo ya no está revestido de colores a fin de imitar a otros habitantes de su entorno, sino que más bien intenta reflejar al entorno mismo: parecerse a una piedra, a una hoja, a la corteza de un tronco o a la rama de un árbol.
HACIA EL REINO DEL SOL
Una monarca es capaz de viajar 120 kilómetros de levante a poniente; puede (sobre) vivir doce veces más tiempo que cualquier mariposa –y llegar a la nuevemesina edad de un embarazo– trasladándose sin apuro desde los confines de los nórdicos cielos de neón hasta ese fértil Sur, el que siempre existe, doce mil millas más tarde. Habitante del ánfora del cuerpo durante el esplendor helénico, “alma de muertos” para los aztecas que la creían transporte del espíritu de sus fenecidos y sacrificados, ellas representaban el paso ulterior para los que se entregaban en sacrificio a los “sacerdotes cardiovasculares”; hombres capaces de abrir el pecho a fin de arrebatar el corazón a pura sangre. Eran así las monarcas-esperanza, el sueño-deseo símbolo de la entrada al reino del sol de aquellos deshauciados niños y jóvenes cuyos ventrículos, aún latientes, eran ofrendados a la dictadura de temerarios dioses comecorazones. Oruga, crisálida y mariposa (el ser en el universo, la tumba y la resurrección), la monarca fue también una suerte de brújula que apuntaba hacia la idea de divinidad que conformó el ethos de la temprana mitología cristiana.
Es por lo tanto de toda justeza detenerse a conocer las curiosidades biológicas de un alado acostumbrado a comportarse tal cual uno de sus más inteligentes agresores –el homo sapiens– y que desde una tempranísima edad ha sido capaz de aferrase a un árbol como sostén de su existir: a la planta Asclepia curassavica. El arbusto cuyas hojas son cuna de los huevos y guarida de la oruga y la crisálida que por tres semanas intercambiarán glicósidos cardiotónicos –veneno y alimento–, escudo y arma contra el enemigo. Trátese éste de un pájaro, de otro insecto o alguna renegada miembro de su propia especie.
VUELO EN POS DE LA VIDA
A fin de no sucumbir resultado de la fatiga de sus fibras musculares, al corazón insuficiente de la modernidad lo asisten medicamentos y tecnologías de toda índole en la que aparenta ser una franca carrera contra la muerte: marcapasos, desfibriladores, bombas mecánicas, píldoras vasodilatadoras y diuréticas, prolongan la vida de millones de almas. Lo mismo hace un fármaco centenario utilizado por los ingeniosos médicos egipcios e ingleses desde los tiempos remotos: la Digitalis purpúrea, componente de esa Asclepia curassavica protectora de las monarcas capaz de aliviar el cansancio del corazón humano.
Mientras la naturaleza aprovecha el poder la Digital a fin de fortalecer las mariposas, paradójicamente la utiliza como veneno y repelente gracias a su ácido olor. En una suerte de danza maldita, estos químicos no sólo protegen, sino que son fuente de resistencia. Son el soma que les permite emprender vuelo más allá de su vecindario en pos de la vida, del color y del sol que el frío les niega cada fin de año. Vuelo, que como el amor que un destinatario deja ir en nombre de una necesaria supervivencia, va y vuelve, escapa y retorna, leimotif del perenne saltar del corazón. Como el aleteo de una mariposa condenada a la eternidad por un poema que advierte su no-regreso: “Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero /desde que sé que no vendrás más nunca...” (Silvio Rodríguez). Vuelos donde mimetismos, libaciones, celos y cortejos fueron cosas que aprendimos de las mariposas.
Jochy Herrera
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LEPIDÓPTEROS
Íntima, recoleta,
la tarde es un tapiz de seda
azul
desplegado al oeste del día.
Por sus bordes destella
una silueta
de miel.
Madura enero.
Lila o malva, el mensaje
de la primera estrella
se licua en mi mar.
Ocre,
de la mirada al pie,
casi marrón de seca,
anticipo el otoño,
exhalo
mariposas
bordadas
en aquel vestidito de terciopelo.
Ana Franza, 1985.
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LA MARIPOSA NOCTURNA.
(…) Una fibra, muy delgada pero muy pura, de la enorme energía del mundo había sido introducida en ese cuerpo débil y diminuto. Tan a menudo como ella cruzaba el panel podía yo imaginar que se hacía visible un hilo de la luz vital. Era apenas o solamente vida. Sin embargo, por ser una forma tan pequeña y tan sencilla de la energía que se iba introduciendo por la ventana abierta y forzando su curso por tantos corredores estrechos e intrincados de mi cerebro y del de otros seres humanos, algo había en ella de maravilloso y a la vez patético. Como si alguien hubiera tomado un abalorio de pura vida para dotarlo, del modo más ligero posible, de vello y plumas, poniéndolo a danzar y a zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida. Así expuesto, era imposible olvidar la maravilla de todo aquello. Se es proclive a olvidarse de la vida, viéndola encorvada y dominada y aderezada y oprimida de modo tal que ha de moverse con la mayor circunspección y dignidad.
(…) Al cabo de un tiempo, al parecer cansada de sus danzas, se posó en el borde de la ventana, al sol. Habiendo terminado el curioso espectáculo, me fui olvidando de ella. Luego, cuando levanté la vista, atrajo mi mirada. Intentaba reanudar su baile, pero parecía tan rígida o tan torpe que sólo pudo aletear hasta la base del panel. Y en el intento de cruzarlo de un vuelo, fracasó. (…) Al cabo de tal vez siete intentos, resbaló del borde de madera y cayó, con un revoloteo de alas, de espaldas en el antepecho de la ventana. El desamparo de su actitud me alertó. De pronto me vino la idea de que estaba en dificultades, de que ya no podía levantarse, de que sus patas luchaban en vano. Pero cuando acerqué el lápiz pensando en ayudarla a enderezarse, comprendí que ese fracaso y esa torpeza eran el acercamiento de la muerte. Abandoné el lápiz. Las patas se agitaron una vez más. Miré como buscando al enemigo contra el cual la mariposa luchaba. Miré hacia el exterior. ¿Qué había ocurrido allí? Presumiblemente era mediodía y toda labor había cesado en los campos. Calma y silencio reemplazaban a la animación anterior. Los pájaros se habían alejado, para alimentarse en los arroyos. Los caballos estaban inmóviles. Sin embargo y pese a todo allí fuera estaba el poder, masivo, indiferente, impersonal, sin prestar atención a nada en lo particular. Por alguna razón opuesto a la pequeña mariposa color paja. Era inútil intentar algo. No quedaba sino observar los esfuerzos extraordinarios hechos por aquellas patas diminutas contra un destino cercano que podía, de proponérselo, sumergir una ciudad entera y no sólo una ciudad sino masas de seres humanos. Nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna contra la muerte. No obstante, tras una pausa de agotamiento, las patas volvieron a estremecerse. Esta protesta última era soberbia; y tan frenética, que la polilla consiguió al fin enderezarse. Desde luego, nuestras simpatías estaban todas con la vida. Además, no habiendo nadie que se preocupara o se interesara, este esfuerzo gigantesco por parte de una mariposa insignificante y en contra de un poder de tal magnitud, para conservar lo que nadie más valoraba o deseaba, conmovía de un modo extraño. Levanté el lápiz una vez más, incluso sabiéndolo inútil. Pero según lo hacía, asomaron las señales inequívocas de la muerte. El cuerpo se relajó para en un instante quedar rígido. La lucha había terminado. Aquella criatura pequeña e insignificante conocía ya la muerte. Al mirar esa mariposa muerta, me llenó de asombro este diminuto triunfo marginal de una fuerza tan grande en contra de un antagonista así de menor. Tal y como su existencia había sido extraña unos minutos antes, extraña era en este momento su muerte. La mariposa nocturna, habiéndose enderezado, yacía ahora en un sosiego de lo más discreto y resignado. Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.
Virginia Woolf.
(Fragmento).
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VIRGINIA WOOLF
Hace veinte años que nos conocimos. ¿Qué representaba ella para mí en aquella época? La cosa más valiosa de Londres. Para ella, ¿Qué habré sido? Un fantasma sonriente, como lo era mi propio país. Su imaginación gustaba de esos juegos [...] La idea fantasmagórica que tenía de la Argentina me divertía muchísimo y nos hemos reído juntas de ella. A mi llegada a Buenos Aires, recorrí tiendas para buscar las más delirantes mariposas [...] Cuando Virginia recibió el paquete me lo agradeció con una carta a su imagen y semejanza: "Dos señoras misteriosas [mis mensajeras lo eran muy poco] llegaron al "hall" en momentos que me despedía de una amiga [...]: colocaron en mis manos un gran paquete, murmuraron una musical pero ininteligible advertencia acerca de que tenían que entregármelo en mano propia, y desaparecieron. Puse por lo menos diez minutos en darme cuenta de que se trataba de su regalo: mariposas sudamericanas. Nada hubiese podido ser más fantásticamente inadecuado [se refiere al momento en que las recibió]. Era una tarde desapacible de octubre, y la calle estaba levantada. Una hilera de lucecitas rojas marcaba la zanja... ¡y esas mariposas! Y venía gente a comer"...
Victoria Ocampo.
de (Diarios, Ocampo. 1954, 94- 96).
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LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS
”¿Qué tal, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas.”
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.
“La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa.”
Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Qué maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de almíbar.
Manuel Rivas
(Fragmento).
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MARIPOSAS
En el medio de nuestros platos de sopa
había pintada una mariposa azul
y cada mañana jugábamos a quién llegaba primero a la mariposa.
Entonces la abuela decía: “No coman a la pobre mariposa”.
Eso nos hacía reír.
Ella siempre lo decía y siempre nos hacía reír.
Parecía un pequeño chiste tan dulce.
Yo estaba segura de que una hermosa mañana
las mariposas saldrían volando de nuestros platos
soltando la risa más diminuta del mundo
y se posarían en el gorro de la abuela.
Katherine Mansfield.
Té de Manzanilla & Otros Poemas. Selección, traducción y prólogo: Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich. Bajo la luna, Buenos Aires, Argentina, 2006.
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MARIPOSA DEL AIRE
Mariposa del aire,
qué hermosa eres,
mariposa del aire
dorada y verde.
Mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!...
No te quieres parar,
pararte no quieres.
Mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!...
¡Quédate ahí!
Mariposa, ¿estás ahí?
Federico García Lorca
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LA RED
Mi amiga Keng-Su me decía:
—En la ventana del hotel brillaba esa luz diáfana que a veces y de un modo fugaz anticipa, en diciembre, el mes de marzo. Sientes como yo la presencia del mar: se extiende, penetra en todos los objetos, en los follajes, en los troncos de los árboles de todos los jardines, en nuestros rostros y en nuestras cabelleras.
Esta sonoridad, esta frescura que solo hay en las grutas, hace dos meses entró en mi luminosa habitación, trayendo en sus pliegues azules y verdes algo más que el aire y que el espectáculo diario de las plantas y del firmamento.
Trajo una mariposa amarilla con nervaduras anaranjadas y negras. La mariposa se posó en la flor de un vaso: reflejada en el espejo agregaba pétalos a la flor sobre la cual abría y cerraba las alas. Me acerqué tratando de no proyectar una sombra sobre ella: los lepidópteros temen las sombras. Huyó de la sombra de mi mano para posarse en el marco del espejo.
Me acerque de nuevo y pude apresar sus alas entre mis dedos delicados. Pensé: "Tendría que soltarla. No es una flor, no puedo colocarla en un florero, no puedo darle agua, no puedo conservarla entre las hojas de un libro, como un pensamiento".
Pensé: "No es un pájaro, no puedo encerrarla en una jaula de mimbre con una pequeña bañera y un tarrito enlozado, con alpiste". —Sobre la mesa —prosiguió—, entre mis peinetas y mis horquillas, había un alfiler de oro con una turquesa. Lo tomé y atravesé con dificultad el cuerpo resistente de la mariposa —ahora cuando recuerdo aquel momento me estremezco como si hubiera oído una pequeña voz quejándose en el cuerpo oscuro del insecto. Luego clavé el alfiler con su presa en la tapa de una caja de jabones donde guardo la lima, la tijera y el barniz con que pinto mis uñas.
La mariposa abría y cerraba las alas como siguiendo el ritmo de mi respiración. En mis dedos quedó un polvillo irisado y suave. La dejé en mi habitación ensayando su inmóvil vuelo de agonía.
A la noche, cuando volví, la mariposa había volado llevándose el alfiler. La busqué en el jardín de la plaza, situada frente al hotel, sobre las favoritas y las retamas, sobre las flores de los tilos, sobre el césped; sobre un montón de hojas caídas. La busqué vanamente.
En mis sueños sentí remordimientos. Me decía: ¿Por qué no la encerré adentro de una caja? ¿Por qué no la cubrí con un vaso de vidrio? ¿Por qué no la perforé con un alfiler mis grueso y pesado?"
Keng-Su permaneció un instante silenciosa.
Estábamos sentadas sobre la arena, debajo de la carpa. Escuchábamos el rumor de las olas tranquilas.
Eran las siete de la tarde y hacía un inusitado calor.
—Durante muchos días no vine a la playa — continuó Keng—Su anudando su cabellera negra—; tenía que terminar de bordar una tapicería para Miss Eldington, la dueña del hotel. Sabes cómo es de exigente. Además yo necesitaba dinero para pagar los gastos.
Durante muchos días sucedieron cosas insólitas en mi habitación. Tal vez las he soñado.
Mi biblioteca se compone de cuatro o cinco libros que siempre llevo a veranear conmigo. La lectura no es uno de mis entretenimientos favoritos, pero siempre mi madre me aconsejaba, para que mis sueños fueran agradables, la lectura de estos libros: El libro de Mencius, La Fiesta de [as Linternas, Hoei—Lan Ki (Historia del círculo de tiza) y El Libro de las Recompensas y de las Penas.
Varias veces encontré el último de estos libros abierto sobre mi mesa, con algunos párrafos marcados con pequeños puntitos que parecían hechos con un alfiler. Después yo repetía, involuntariamente, de memoria estos párrafos. No puedo olvidarlos.
—Keng-Su, repítelos, por favor. No conozco esos libros y me gustaría oír esas palabras de tus labios. Keng—Su palideció levemente y jugando con la arena me dijo:
—No tengo inconveniente. A cada día correspondía un párrafo. Bastaba que saliera un momento de mi habitación para que me esperara el libro abierto y la frase marcada con los inexplicables puntitos. La primera frase que leí i fue la siguiente:
"Si deseamos sinceramente acumular virtudes y atesorar méritos tenemos que amar no sólo a los hombres, sino a los animales, pájaros, peces, insectos, y en general a todos los seres diferentes de los hombres, que vuelan, corren y se mueven."
Al otro día leí: "Por pequeños que seamos, nos anima el mismo principio de vida: todos estamos arraigados en la existencia y del mismo modo tememos la muerte."
Guardé el libro dentro del armario, pero al otro día lo encontré sobre mi cama, con este párrafo marcado: "Caminando, de pie, sentada o acostada, si ves un insecto pereciendo, trata de liberarlo y de conservarle la vida. iSi lo matas con tus propias manos, que destino te esperará!... "
Escondí el libro en el cajón de la cómoda, que cerré con llave; al otro día estaba sobre la cómoda, con la siguiente leyenda subrayada:
"Song-Kiao, que vivió bajo la dinastía de los Song, un día construyó un puente con pequeñas cañas para que unas hormigas cruzaran un arroyo, y obtuvo el primer grado de Tchoang-Youen (primer doctor entre los doctores). Keng-Su, ¿qué obtendrás por tu oscuro crimen?... "
A las dos de la mañana, el día de mi cumpleaños, creí volverme loca al leer:
"Aquel que recibe un castigo injusto conserva un resentimiento en su alma."
Busqué en la enciclopedia de una librería (conozco al dueño, un hombre bondadoso, y me permitió consultar varios libros) el tiempo que viven los insectos lepidópteros después de la última metamorfosis; pero como existen cien mil especies diferentes es difícil conocer la duración de la vida de los individuos de cada especie; algunos, en estado de imago, viven dos
o tres días; pero ¿pertenecía mi mariposa a esta especie tan efímera?
Los párrafos seguían apareciendo en el libro, misteriosamente subrayados con puntitos: "Algunos hombres caen en la desdicha; otros obtienen la dicha. No existe un camino determinado que los conduzca a una u otra parte. Depende todo del hombre, que tiene el poder de atraer el bien o el mal, con su conducta. Si el hombre obra rectamente obtiene la felicidad; si obra perversamente recibe la desdicha. Son rigurosas las medidas de la dicha y de la aflicción, y proporcionadas a las virtudes y a la gravedad de los crímenes."
Cuando mis manos bordaban, mis pensamientos urdían las tramas horribles de un mundo de mariposas.
Tan obcecada estaba, que estas marcas de mis labores, que llevo en la yema de los dedos, me parecían pinchazos de la mariposa.
Durante las comidas intentaba conversaciones sobre insectos, con los compañeros de mesa. Nadie se interesaba en estas cuestiones, salvo una señora que me dijo: "A veces me pregunto cuánto vivirán las mariposas. ¡Parecen tan frágiles! Y he oído decir que cruzan (en grandes bandadas) el océano, atravesando distancias prodigiosas. El año pasado había una verdadera plaga en estas playas".
A veces tenía que deshacer una rama entera de mi labor: insensiblemente había bordado con lanas amarillas, en lugar de hojas o de pequeños dragones, formas de alas.
En la parte superior de la tapicería tuve que bordar tres mariposas. ¿Por que hacerlas me repugnaba tanto, ya que involuntariamente, a cada instante, bordaba sus alas?
En esos días, como sentía cansada la vista, consulté a un médico. En la sala de espera me entretuve con esas revistas viejas que hay en todos los consultorios. En una de ellas vi una lámina cubierta de mariposas. Sobre la imagen de una mariposa me pareció descubrir los puntitos del alfiler; no podría asegurar que esto fuera justificado, pues el papel tenía manchas y no tuve tiempo de examinarlo con atención.
A las once de la noche caminé hasta el espigón proyectando un viaje a las montañas. Hacia frío y el agua me contemplaba con crueldad.
Antes de regresar al hotel me detuve debajo de los árboles de la plaza, para respirar el olor de las flores. Buscando siempre la mariposa, arranqué una hoja y vi en la verde superficie una serie de agujeritos: pertenecían, sin duda, a un hormiguero.
Pero en aquel momento pensé que mi visión del mundo se estaba transformando y que muy pronto mi piel, el agua, el aire, la tierra y hasta el cielo se cubrirían de esos puntitos, y entonces —fue cómo el relámpago de una esperanza— pensé que no tendría motivos de inquietud, ya que una sola mariposa, con un alfiler, a menos de ser inmortal, no sería capaz — de tanta actividad.
Mi tapicería estaba casi concluida y las personas que la vieron me felicitaron.
Hice nuevas incursiones en el jardín de la plaza, hasta que descubrí, entre un montón de hojas, la mariposa. Era la misma, sin duda. Parecía una flor mustia. Envejecidas las alas, no brillaban. Ese cuerpo, horadado, torcido, había sufrido. La miré sin compasión. Hay en el mundo tantas mariposas muertas. Me sentí aliviada. Busqué en vano el alfiler de oro con la turquesa. Mi padre me lo había regalado. En el mundo no hallaría otro alfiler como ése. Tenía el prestigio que solo tienen los recuerdos de familia.
Pero una vez más en el libro tuve que ver un párrafo marcado:
"Hay personas que inmediatamente son castigadas o recompensadas; hay otras cuyas recompensas y castigos tardan tanto en llegar que no las alcanzan sino en los hijos o en los nietos. Por eso hemos visto morir a jóvenes cuyas culpas no parecían merecer un castigo tan severo, pero esas culpas se agravaban con los crímenes que habían cometido sus antepasados."
Luego leí una frase interrumpida: "Como la sombra sigue los cuerpos... " Con qué impaciencia había esperado esa mañana, y que indiferente resultó después de tantos días de sufrimiento: pasé la aguja con la última lana por la tapicería (esa lana era del color oscuro que daña mi vista).
Me saqué los anteojos y salí del trabajo como de un túnel. La alegría de terminar un bordado se parece a la inocencia. Logré olvidarme de la mariposa —continuó Keng—Su ajustando en sus cabellos una tira de papel amarillo—. El mar, como un espejo, con sus volados blancos de espuma, me besaba los pies.
Yo he nacido en América y me gustan los mares. Al penetrar en las ondas vi algunas mariposas muertas que ensuciaban la orilla. Salté para no tocarlas con mis pies desnudos.
Soy buena nadadora. Me has visto nadar algunas veces, pero las olas entorpecían mis movimientos. Soy nadadora de agua dulce y no me gusta nadar con la cabeza dentro del agua. Tengo siempre la tentación de alejarme de la costa, de perderme debajo del cóncavo cielo.
—¿No tienes miedo? A doscientos metros de la costa ya me asusta la idea de encontrar delfines que podrían escoltarme hasta la muerte —le dije.
Keng-Su desaprobó mis temores. Sus oblicuos ojos brillaban.
—Me deslicé perezosamente —continuó—. Creo que sonreí al ver el cielo tan profundo y al sentir mi cuerpo transparente e impersonal como el agua. Me parecía que me despojaba de los días pasados como de una larga pesadilla, como de una vestidura sucia, como de una enfermedad horrible de la piel. Suavemente recobraba la salud. La felicidad me penetraba, me anonadaba.
Pero un momento después una sombra diminuta sobre el mar me perturbó: era como la sombra de un pétalo o de una hoja doble; no era la sombra de un pez. Alcé los ojos. Vi la mariposa: las llamas de sus alas luminosas oscurecían el color del cielo. Con el alfiler fijo en el cuerpo —como un órgano artificial pero definitivamente adherido—, me seguía. Se elevaba y bajaba, rozaba apenas el agua delante de mí, como buscando un apoyo en flores invisibles. Traté de capturarla. Su velocidad vertiginosa y el sol me deslumbraban. Me seguía, vacilante y rápida; al principio parecía que la brisa la llevaba sin su consentimiento; luego creí ver en ella más resolución y más seguridad.
¿Qué buscaba? Algo que no era el agua, algo que no era el aire, algo que no era una sombra. (Me dirás que esto es una locura; a veces he desechado la idea que ahora te confieso.) Buscaba mis ojos, el centro de mis ojos, para clavar en ellos su alfiler. El terror se apoderó de mis ojos indefensos como si no me pertenecieran, como si ya no pudiera defenderlos de ese ataque omnipotente. Trataba de hundir la cara en el agua. Apenas podía respirar. El insecto me asediaba por todos lados. Sentía que ese alfiler, ese recuerdo de familia que se había transformado en el arma adversa, horrible, me pinchaba la cabeza. Afortunadamente, yo estaba cerca de la orilla.
Cubrí mis ojos con una mano y nadé durante cinco minutos que me parecieron cinco años, hasta la costa. El bullicio de los bañistas seguramente ahuyentó a la mariposa. Cuando abrí los ojos, había desaparecido. Casi me desmayé en la arena. Este papel, donde pinté yo misma un dios con tinta colorada, me preserva ahora de todo mal.
Keng-Su me enseñó el papel amarillo, que había colocado tan cuidadosamente entre los dientes de su peineta, sobre su cabellera.
—Me rodearon unos bañistas y me preguntaron que me sucedía. Les dije: "He visto un fantasma". Un señor muy amable me dijo: "Es la primera vez que un hecho así ocurre en esta playa", y agregó: "Pero no es peligroso. Usted es una gran nadadora. No se aflija".
Durante una semana entera pensé en ese fantasma. Podría dibujártelo, si me dieras un papel y un lápiz. No se trata de una mariposa común; se trata de un pequeño monstruo. A veces, al mirarme al espejo, veía sus ojos sobrepuestos a los míos. He visto hombres con caras de animales y me han inspirado cierta repugnancia; un animal con cara humana me produce terror.
Imagínate una boca desdeñosa, de labios finos, rizados; unos ojos penetrantes, duros y negros; una frente abultada y resuelta, cubierta de pelusa.
Imagínate una cara diminuta y mezquina —como una noche oscura—, con cuatro alas amarillas, dos antenas y un alfiler de oro; una cara que al desmembrarse conservaría en cada una de sus partes la totalidad de su expresión y de su poder. Imagínate ese monstruo, de apariencia frágil, volando, inexorable (por su misma pequeñez e inestabilidad); llegando siempre —tal como yo lo imagino— de la avenida de las tumbas de los Ming.
—Habrás contribuido a formar una nueva especie de mariposas, Keng-Su: una mariposa temible, maravillosa. Tu nombre figurará en los libros —le dije mientras nos desvestíamos para bañarnos.
Consulté mi reloj.
—Son ]as ocho de la noche. Entremos en el mar. Las mariposas no vuelan de noche.
Nos acercábamos a la orilla. Keng—Su puso un dedo sobre los labios, para que nos calláramos, y señaló el cielo. La arena estaba tibia. Tomadas de la mano, entramos en el mar lentamente para admirar mejor los reflejos del cielo en las olas. Estuvimos un rato con el agua hasta la cintura, refrescando nuestros rostros. Después comenzamos a nadar, con temor y con deleite. El agua nos llevaba en sus reflejos dorados, como a peces felices, sin que hiciéramos el menor esfuerzo.
¿Crees en los fantasmas? Keng-Su me contestaba:
—En una noche como ésta... Tendría que ser un fantasma para creer en fantasmas. El silencio agrandaba los minutos. El mar parecía un río enorme. En los acantilados se oía el canto de los grillos, y llegaban ráfagas de olores vegetales y de removidas tierras húmedas.
Iluminados por la luna, los ojos de Keng-Su se abrieron desmesuradamente, como los ojos de un animal. Me habló en inglés:
—Ahí está. Es ella.
Vi nítidamente la luna amarilla recortada en el cielo nacarado. Lloraba en la voz de Keng-Su una súplica. Creo que el agua desfigura las voces, suele comunicarles una sonoridad de llanto; pero esta vez Keng-Su lloraba, y no podré olvidar su llanto mientras exista mi memoria. Me repitió en inglés:
—Ahí está. Mírala cómo se acerca buscando mis ojos.
En la dorada claridad de la luna, Keng-Su hundía la cabeza en el agua y se alejaba de la costa.
Luchaba contra un enemigo para mí invisible. Yo oía el horrible chapoteo del agua y el sonido confuso de unas palabras entrecortadas.
Traté de nadar, de seguirla. La llamé desesperadamente. No podía alcanzarla. Nadé hacia la orilla a pedir socorro. Busqué inútilmente al guardavidas, al bañero. Oí el ruido del mar; vi una vez más el reflejo imperturbable de la luna. Me desmayé en la arena.
Después debajo de la carpa encontré la tira de papel amarillo, con el ídolo pintado.
Cuando pienso en Keng-Su, me parece que la conocí en un sueño.
Silvina Ocampo
de Autobiografía de Irene, 1948
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MARIPOSA
Quisiera
hacer un verso que tuviera
ritmo de Primavera;
que fuera
como una fina mariposa rara,
como una mariposa que volara
sobre tu vida, y cándida y ligera
revolara
sobre tu cuerpo cálido de cálida palmera
y al fin su vuelo absurdo reposara
--tal como en una roca azul de la pradera--
sobre la linda rosa de tu cara...
Quisiera
hacer un verso que tuviera
toda la fragancia de la Primavera
y que cual una mariposa rara
revolara
sobre tu vida, sobre tu cuerpo, sobre tu cara.
Nicolás Guillén
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UNA CONFUSION TAOISTA
Harold Bloom ha escrito que, leyendo Hamlet, de uno u otro modo todos somos aquel príncipe atormentado y vacilante. O don Quijote cuando, escapándole al tedio, nos perdemos con el hidalgo manchego por aquellos páramos de Dios. Tiene razón Bloom, la lectura es una felicidad que nos permite mudar de piel para jugar a ser los otros sin dejar por eso de ser nosotros mismos (aún cuando sé de uno que buscó hasta el delirio un aleph en el sótano de su casa, y en la campaña he oído decir que tal facón o tal lazo pertenecieron a Moreira o a Vega, cuando no al mismísimo Fierro).
Yo mismo, sin ir más lejos, soñé anoche que era Chuang-Tzu, aquel célebre filósofo que, según es fama, vuelta a vuelta soñaba que era una mariposa y al despertar dudaba entre ser Chuang-Tzu o ser la mariposa. Así las cosas, esta mañana, como no les resultará difícil imaginar, mi preocupación era mayor aún que la del infortunado chino, pues yo dudaba entre ser Chuang-Tzu, ser la mariposa o ser Morelli otro día más. Puesto que se me hacía tarde, examiné de una ojeada las tres posibilidades y descarté de plano continuar siendo yo mismo (tarea que, para serles franco, ya me tenía bastante harto). Debía escoger ahora entre las otras opciones, de modo que evalué que ser una mariposa es especialmente bello y romántico y hasta tierno según se lo mire, pero las pobres duran en este mundo lo que un suspiro, así que me decidí por ser Chuang-Tzu.
Hasta allí todo bien, pero ¿sabrá decirme alguien qué puede hacer de aquí hasta la noche un chino nacido tan lejos de este sitio y encima hace más de veinte siglos, que no sabe una sola palabra en español, que aborrece las aglomeraciones, detesta las frivolidades y como si eso fuera poco ya no tiene ganas de soportar la primavera, esta sobrevaluada estación del año en la cual —como todos sabemos— florecen como los hongos las filosofías orientales, el yoga, las sufridas mariposas y tantos malos, espantosos poetas?
Miguel Angel Morelli
En: Agenda del Sur, Noviembre 2004 — Nº 59
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VISITAS
Sobre: Una confusión taoísta, de Miguel Ángel Morelli
Hemos recibido visitas ilustres. Vincent Van Gogh, Witold Gombrowicz y, ahora, en una mañana demorada, Chuang-Tzu, el Maestro Zhuang, el que soñó que era una mariposa y no supo al despertar si era Tzu o la mariposa.
Dicen que apareció ese día, vestido con sus ricas y vistosas sedas, casi calvo y con la coleta recogida sobre la cabeza, en la Avenida Mitre, entre Alsina y Videla. La luz de las primeras horas del día hacía brillar sus alas de mariposa o los pliegues de su ropa, no me atrevería a afirmar una cosa o la otra. Asombrado miraba a un lado y otro de la calle vacía sin comprender las leyes de ese extraño jardín de rocas con grandes monumentos y pocas flores dispuestas a brindarle alimento.
En la brisa, que traía aún el aire fresco de la noche y algunos trazos plateados, percibió, como lo haría un insecto, la arboleda cercana, allí, en la esquina. Una sensación placentera dibujó la sonrisa en sus labios y pensó que la mañana resultaba propicia aún en la confusión, en esa vigilia que no terminaba de sacudirlo y sumergirlo en el día y en su nombre.
Alguien cayó en la red sutil de su asombro y prefirió cruzarse de vereda. No sabremos nunca si fue para no perturbar su andar reposado o para evitar un encuentro que hubiera luego merecido otro relato.
Lo cierto es que Chuang-Tzu, o Chuang-Tse, o Zhuangzi, no sintió nada especial, le resultó completamente razonable que cada cual eligiera su camino y continuó acercándose a un peligro que no sabía, casi embelesado por el aroma de resinas y perfumes que se volvían certeros como flechas.
Parado en la esquina de la plaza quiso volar al encuentro de todos los tonos de verde y, sobre todo, hacia las flores que le resultaban desconocidas y hacia las que se dirigió presuroso y desmedido.
Al cruzar la calle un auto azul lo acosó a bocinazos sin que él escuchara otra cosa que no fuera el ruido del agua en la fuente.
Apenas sus pasos se adentraron por el sendero de la plaza sintió un golpe en el hombro, otros en la espalda, algunos en la cabeza. Cientos de golondrinas se dedicaban a hostigarlo brutalmente atraídas por el bocado delicioso que prometían sus ropajes coloridos como alas de mariposa.
Zhuangzi corrió despavorido por la calle Rivadavia abajo, rápido, casi volando, con las golondrinas piando agresivamente por detrás y lanzándose sobre esa presa imprevista que huía a las zancadas.
Todo era ahora el desorden del sueño, aunque podría pensarse también en la anarquía del despertar.
Unos niños se burlaron desde lejos porque su carrera era torpe y parecía a punto de caer a cada paso.
Al llegar jadeando a la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días decidió entregarse a sus enemigas, abandonarse a un cansancio de siglos y morir allí mismo, en esta tierra extraña que había tensado sus músculos hasta la extenuación. Como el miedo es más fuerte que el hambre no había tomado conciencia de que los pájaros habían caído en la resignación y yacían como cometas, atados a las fuerzas de la migración, bien alto, en la esquina del museo, un par de cuadras más acá de su desfallecimiento.
Alguien que bajaba por la barranca en bicicleta, le gritó palabras que no pudo comprender y que solo sirvieron para advertirle que el peligro había pasado.
Solo, sin entenderse, sin saberse, se dijo que su camino estaba marcado y, una vez repuesto, decidió seguir por esa calle hasta el fin de sus días, de su sueño.
Caminó y caminó y su ser comenzaba a advenirle cuando vio a lo lejos el agua marrón y brillante bajo el sol de la primavera. No sentía sino el perfume de las flores en los jardines y de todas desconocía su nombre y de todas desconfiaba. Poco a poco salía de un sueño reiterado hasta el cansancio y volvía a ser Zhuangzi, preocupado por el ordenamiento de las cosas. Ve unos huesos tirados en una esquina y se apena por ellos y luego piensa en la muerte y piensa en su pena.
En la costa se recuesta a la sombra de un enorme eucaliptus y medita y descubre en su pasado a alguien que se llamó Burton Watson y cuyo nombre no le dijo nada.
El sol del mediodía ha pasado por el mundo y el sueño comienza a cercarlo sigilosamente. Antes de caer en sus redes como una mariposa, se ve a sí mismo en un poblado extraño y ajeno, muchos años después de su muerte, en una reunión de poetas(1) que leen en un idioma desconocido pero cuya música lo arroba. No entiende lo que dicen pero trata de imitar en voz baja su sonido:
“a esta hora y en algún rincón del mundo
alguien que lleva mi nombre me estará pensando”(2)
Claudio L. Pérez
(1) No eran espantosos.
(2) De a esta hora y en algún lugar del mundo, Miguel Ángel Morelli, en Piedra blanca sobre piedra negra, Galerna, Buenos Aires, 1980.
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ODA A LA MARIPOSA
A la de Muzo, aquella
mariposa
colombiana,
hoguera azul, que al aire
agregó metal vivo
y a la otra
de las lejanas islas,
Morpho, Monarca, Luna,
plateadas como peces,
dobles como tijeras,
alas abrasadoras,
presencias amarillas,
azufradas en las minas del cielo,
eléctricas, efímeras
que el viento lleva en lo alto de la frente
y deja como lluvias o pañuelos
caer entre las flores!
Oh celestes
espolvoreadas con humo de oro,
de pronto
elevan
un ojo de diamante negro
sobre la luz del ala
a una calavera anunciatoria
de la fugacidad, de las tinieblas.
Aquélla
que recuerdo
llega de las más lejanas zonas,
formada por la espuma,
nacida
en la claridad de la esmeralda,
lanzada al corto cielo
de la rápida aurora
y en ella
tú, mariposa, fuiste
centro
vivo,
volante agua marina,
monja verde.
Pero un día
sobre el camino
volaba otro camino.
Eran las mariposas de la pampa.
Galopábamos desde
Venado Tuerto
hacia las alturas
de la caliente Córdoba.
Y contra los caballos
galopaban
las mariposas,
millones de alas blancas y amarillas,
oscureciendo el aire, palpitando
como una red que nos amenazaba.
Era espesa
la pared
temblorosa
de polen y papel, de estambre y luna,
de alas y alas y alas,
y contra
la voladora masa
apenas avanzaban
nuestras cabalgaduras.
Quemaba el día con un rayo rojo
apuntado al camino
y contra el río aéreo,
contra la inundación
de mariposas
cruzábamos las pampas argentinas.
Ya habían devorado
la alfalfa de las vacas,
y a lo largo del ancho territorio
eran sólo esqueleto
las verdes plantaciones:
hambre para el vacuno
iba en el río de las mariposas.
Fumígalas, incéndialas!
dije al paisano Aráoz,
barre el cielo
con una escoba grande,
reunamos
siete millones de alas,
incendiemos
el cauce de malignas
mariposas,
carbonízalas, dije,
que la pompa del aire
ceniza de oro sea,
que vuelvan, humo al cielo,
y gusano a la tierra.
Mariposa, serás,
tembloroso
milagro de las flores,
pero
hasta aquí llegaste:
no atacarás al hombre y a su herencia,
al campesino y a sus animales,
no te conviene
ese papel de tigre
y así como celebro
tu radiante
hermosura,
contra
la multiplicación devoradora
yo llevaré el incendio, sin tristeza,
yo llevaré la chispa del castigo
a la montaña de las mariposas.
Pablo Neruda |